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Agatha y el chico de los tatuajes

Genero: Ciencias

 Sinopsis del libro 

Cuando Agatha descubre que el chico malo ha vuelto al pueblo, sabe que debe mantenerse alejada de él porque Daniel Kurt es todo lo que ella no ve con buenos ojos. Sin embargo, el destino no juega a su favor, y los dos terminan encerrados en la pequeña biblioteca durante una noche de tormenta. Sin cobertura ni nada mejor que hacer, Agatha y Daniel comienzan a conocerse. Y ella no puede evitar la creciente curiosidad… ¿Qué hace rodeado de libros? ¿Son ciertos los rumores que dicen sobre él? ¿Y por qué empieza a sentirse alterada ante su presencia y esos tatuajes que recubren sus brazos cuando es el último hombre en el que se fijaría?


Ficha técnica del  libro

  • Título: Agatha y el chico de los tatuajes
    Autores: Olivia Kiss
    Serie: II de Familia Reed
    Tamaño: 1.58MB
    Nº de páginas: 129
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro de Agatha y el chico de los tatuajes – Olivia Kiss
en pdf o epub Gratis

Él arrugó la frente, comprendiendo la situación.
—¡Y claro que lo hago, joder! —respondió—. Es solo que no tenemos
que ir más rápido, quiero decir… Yo… Maldita sea —resopló y después se
desvió por un camino oscuro y paró el coche en medio de la cuneta de una
carretera totalmente desierta.
Tardó un poco en mirarme, como si se pensase qué decir.
—La cuestión es… —Hizo una pausa—. Que me gustas.
—¿Entonces? —pregunté sin saber qué significaba eso.
—Pues, joder, que no tenemos que hacer nada que no quieras.
—Pero es que quiero —recalqué.
Daniel apretó la mandíbula y el deseo cruzó sus ojos.
—Por mucho que digas lo contrario… sé que no tienes experiencia…
Me pensé la respuesta. Podría haber intentado seguir insistiendo en que
se equivocaba, pero ¿a quién quería engañar? A esas alturas me parecía una
tontería. Me llevé un mechón de cabello tras la oreja antes de decidir qué
decir. Al final, fui sincera.
—Seamos claros —comencé—, yo me iré dentro de unas semanas y
tienes razón: no tengo una gran experiencia con los chicos. —Ninguna, en
realidad—. Pero por eso mismo creo que es la situación perfecta. Podríamos
divertirnos hasta entonces. No soy la típica chica que espera terminar con un
anillo en el dedo, sinceramente, y tú no tienes aspecto de ser el típico chico
que desea tener una relación o responsabilidades…
—Agatha, déjalo ya —dijo en voz baja, pero vi que su coraza se estaba
rompiendo, porque me miró como si estuviese conteniéndose para no
abalanzarse sobre mí y besarme.
—Me gustaría llegar a la universidad sabiendo algo más que mera
anatomía sobre los órganos sexuales —solté a bocajarro, provocando que él
sonriese alzando las cejas.
—Anatomía… —repitió alucinado.
—Estaría bien adquirir algo de práctica.
—Dios mío. Joder. —Sacudió la cabeza.
—Y, siendo sinceros, me gustas más de lo que esperaba. De hecho, no
esperaba que me gustases nada, pero supongo que a veces la vida te
sorprende… —Las palabras se me empezaron a aturullar conforme la sonrisa
de Daniel se fue haciendo más amplia, pese a que seguía vislumbrando en él
cierto reparo, como si algo lo frenase.
—Así que te gusto… —Se inclinó hacia mí.
—Un poco. Bastante, sí.
Me pasé la lengua por los labios sin ser consciente del gesto, pero él me
miró mientras lo hacía y después me besó con fuerza, haciéndome estremecer.
Nos buscamos con desesperación.
De repente, aquel beso no tenía nada de dulce ni de suave, sino todo lo
contrario. Nuestras manos se palpaban con ansiedad, intentando reconocer el
cuerpo del otro. Tiré un poco de su camiseta para acariciar el borde de su
piel, la que quedaba sobre el cinturón del pantalón. Daniel gimió con fuerza y
me sobresalté al notar su mano en mi pecho, acariciándome por encima de la
camiseta. Casi no podía respirar. Si las sensaciones eran así estando vestidos,
¿cómo sería con menos ropa? Empecé a temblar solo de pensarlo.
—Vamos atrás —le pedí.
—¿Estás segura?
—Sí —jadeé.
Nos dejamos caer en el asiento trasero, que era mucho más amplio y
cómodo. Apenas se veía nada, porque no había luces en esa carretera
secundaria y solo se escuchaba el ruido de nuestras respiraciones alteradas.
Nos quitamos algo de ropa. Una camiseta por aquí, unos pantalones por allá.
No sé qué quedó y qué terminó bajo los asientos, pero sí que él me despojó de
las prendas suficientes como para conseguir colar una mano entre mis piernas,
aun llevando las braguitas puestas; apartó la ropa interior hacia un lado y
luego me acarició justo en el lugar exacto que me hizo gritar con los ojos en
blanco.
El sexo no podía ser tan increíble…
Me lo repetí algunas veces más mientras él movía los dedos con destreza
y yo me sujetaba a sus hombros, abrazándolo contra mi cuerpo, sorprendida
por aquellas sensaciones que eran como lava fundiéndose por todo mi cuerpo.
—Relájate —me susurró al oído—. Déjate ir.
—Quiero tocarte —conseguí decir entre gemidos.
Daniel no dijo nada, pero tampoco opuso resistencia cuando palpé su
dura erección con la mano, acariciándolo por encima de la ropa interior que él
aún no se había quitado. Me excitó tocarlo. Cuando volvió a rozarme con el
pulgar, no pude resistirlo más y me dejé ir soltando un grito de asombro y de
placer. Daniel me besó cuando paré de temblar y luego se alejó y empezó a
subirse los pantalones vaqueros.
Lo miré con una mezcla de confusión y calma tras lo ocurrido.
—¿No deberías… deberías… ya sabes… acabar tú también?
—Creo que podré apañarme con eso. No te preocupes.
—No es que me preocupe por ti —repliqué contrariada—. Es que quería
darte lo mismo que tú me has dado. ¿Por qué parar ahora? —pregunté.
—Porque es tarde y estamos en mitad de una carretera por la que podría
pasar un coche curioso en cualquier momento, y porque no hace falta que lo
aprendas todo en un solo día, ¿no crees, pequeña listilla? —Se inclinó hacia
mí y me besó, tranquilizándome.
—Vale. Entonces, ¿cuándo?
Puede que notase mi ansiedad, porque se echó a reír. Pero es que de
repente tenía la sensación de que llevaba años perdiéndome algo tan
interesante como aquello y justo lo descubría en el momento más inoportuno:
cuando debería estar más centrada que nunca.
—Eres totalmente transparente, ¿lo sabías?
—¿Y eso es bueno o malo?
—Para mí, bueno.
Lo dijo con total sinceridad.

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