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Ante todo, mucho karma

Genero: Historia

 Sinopsis del libro 

Si creías que después de volver con Aarón, Sara, nuestra Sara, iba a alcanzar la paz y la serenidad, es que no la conoces… ni a ella, ni al p… karma.

Al comienzo de esta novela, Sara se encuentra justo al principio de su cuento de hadas: un trabajo apasionante, un esposo apasionado y un hijo de anuncio. Pero a pesar de esta mano ganadora, ¿es feliz? Pregunta retórica donde las haya: si no tiene motivos para torturarse, Sara los buscará hasta debajo de las piedras, y los encontrará, ¡vaya si los encontrará!

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Ante todo, mucho karma (Spanish Edition)
    Autores: Laura Norton
    Tamaño: 2.14MB
    Nº de páginas: 573
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Empiezo a estar harto de tanta
inseguridad. Estoy contigo, te quiero a
ti. Tu hermana me cae bien, pero jamás
de los jamases volvería a tener nada con
ella. ¿Te queda claro?
Moví la cabeza asintiendo.
—Y no sé por qué coño te estoy
dando explicaciones cuando has sido tú
quien le ha estado metiendo mano a su
ex.
—Y dale.
—Es que es obvio que tú sí sientes
algo por él. ¿Si no por qué le has
montado ese pollo a tu hermana?
—¿Y ahora quién es el inseguro? ¿En
serio crees que Roberto y yo…? —traté
de mostrarme indignadísima—. ¿Que yo
aun siento algo por…? Por favor. Por
favor. Por favor. Serás ridículo. Si se
fue a China, si me dejó allí, si… Hay
que ser muy… muy… para pensar que
yo y él… Ridículo.
Aarón me miró como si estuviera
viendo un caso perdido. Porque no se
estaba creyendo nada de mi actuación.
—Va a ser mejor que me vaya, sí.
¿Me llevo al niño?
—El niño se queda, que lo estoy
cambiando.
—No lo estás cambiando.

—Sí lo estoy cambiando —dije
mientras me ponía a desnudarlo de
manera torpe.
Guille reaccionó llorando.
—Deja que lo haga yo, anda.
Aarón trató de ponerse con el pañal,
pero no le dejé. Estábamos forcejeando
por cambiarle el pañal al niño. Inaudito.
—Sé cambiar un pañal, perdona —
protesté toda digna.
—Ya, pero no voy a dejar que mi hijo
sufra por culpa de que su madre se haya
puesto histérica.

—¿Histérica yo? ¿Histérica yo?
Con tanto vaivén, el pobre Guille dio
con su cabeza en el lavabo y un objeto
salió expulsado con fuerza de debajo de
su cabeza. Aarón rescató el objeto del
suelo. Era una cuchilla de afeitar
desechable. ¿Se había golpeado su
cabecita contra una cuchilla? Guille
empezó a llorar con todas sus fuerzas.
Nos miramos impotentes. Aarón palpó
su cabeza y…

—Está sangrando.
—¿Cómo va a estar sangrando?
Me enseñó sus dedos. Había sangre,
sí. Poca, pero había. Aarón se apoyó en
el lavabo, mareado, le impresionaba la
sangre. Yo actúe a toda velocidad.
Comprobé que la herida era apenas un
rasguño.

—No ha sido nada…
—¿Nada? Está sangrando. Tu hijo. Mi
hijo. Nuestro hijo.
—Que sí, que sí…

—Por tu culpa, si no te pusieras
histérica, si no lo sacaras todo de
quicio.
Él me atacaba, mareado pero me
atacaba, mientras yo abría como una
loca los armarios para buscar agua
oxigenada, betadine, tiritas, gasas, lo
que fuera. Empecé a tirarlo todo, sin
ninguna consideración, como si fuera la
policía y estuviera haciendo el registro
de la casa de un vendedor de droga.
—Si pensaras las cosas, si…
—¡Calla, así no ayudas!
—Pobrecito, pobrecito —se
lamentaba Aarón—.

Si es que antes de
que hubiera niño podía ser hasta
gracioso que te comportaras así, pero
ahora hay una vida que depende de
nosotros. Y hay que pensar las cosas, y
hay que… Ahora somos padres.
—¿Y crees que no lo sé? ¿Crees que
no lo sé? Si no somos otra cosa. Padres.
Putos padres. Y venga padres. Que
parece que llevamos un cartel luminoso
encima, que nos impidiera ser otra cosa
más que padres.
Por fin encontré las tiritas y el agua
oxigenada. Me acerqué a Guille para
curarlo, pero Aarón intervino.
—Trae.
Me quitó el agua oxigenada y las
tiritas de la mano. Seguía mareado, pero
quería hacerlo él.
—Aarón, por favor, sé cómo ponerle
una tirita a mi hijo.
—Déjame que lo dude.
Aarón hacía esfuerzos por aguantar su
mareo mientras echaba un poco de agua
oxigenada sobre la cabeza de Guille. El
niño estaba peligrando con tanto mareo.
Si apenas podía cogerlo.
—Pero si te estás mareando. Lo hago
yo.

—No. Quita. Habrá que llevarlo al
hospital.
—No seas exagerado, por favor.
—No estoy exagerando nada. Se ha
dado un golpe en la cabeza.
—Sí, pero no se ha caído de un quinto
piso. Los niños tienen el cráneo muy
duro.
—Tú qué sabrás.

—¿Qué pasa? ¿Que aquí el único que
lo hace bien con el niño eres tú? ¿Que
aquí el superhéroe eres tú? Qué hartita
estoy, de verdad, pero muy hartita.
—¿Tú? ¿Tú estás harta? ¿Tú? Mira,
mejor me llevo al niño de aquí. Antes de
que diga algo que no quiero decir o
antes de que le pase algo al pobrecito.
—¿Pero qué le va a pasar? ¿Qué le va
a pasar? ¿Qué estás insinuando? ¿No soy
buena madre? ¿Es eso? ¿Me lo estás
recriminando?
—Vámonos, Guille.
—Eso, vete. Huye, que eso lo haces
muy bien. Y de paso ya les cuentas a
todos que tú eres un padrazo y yo un
cero a la izquierda como madre. Y una
histérica que mete mano a sus ex. Porque
eso es en lo que me he convertido, ¿no?
—Tú te lo dices todo.
—¿Sí? Pues mejor no digo en lo que
te has convertido tú. En un
sobreprotector, en un asexuado, en un…
¡cambiapañales!
Noté su desprecio.


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