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Cómo salvar a un barón de sí mismo – Eleanor Rigby

 Sinopsis del libro 

Primera entrega de la trilogía ambientada en la época de la regencia «Las conspiradoras del cortejo» de Eleanor Rigby.

No importa cuánto corras; el amor siempre te acaba encontrando…

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Para Derek Delancey, el matrimonio concertado con la prima de su amigo no es más que un medio para un fin: demostrarle a la reina que su lealtad pertenece a Inglaterra y así encontrar su lugar en el mundo. Para Joyce Flanagan, la joven irlandesa que viaja a nuevas orillas para supuestamente complacer su deseo, ese matrimonio significa una excusa temporal para ejecutar sus misteriosos planes. No obstante, la institución cobra nuevos carices para ambos cuando al mirarse a los ojos todo salta por los aires.

Lo último que Joyce necesitaba era enamorarse de la única persona a la que debería defraudar para cumplir sus firmes propósitos, y lo que Derek estaba evitando era caer de nuevo en las garras del sentimiento que le ha decepcionado desde sus primeras incursiones.

Ninguno de los dos parece dispuesto a ceder a sus debilidades, pero cuando los malentendidos terminen por enredarse y el deseo los acorrale en brazos del otro, solo quedará ver quién es más fuerte para sincerarse antes. Lamentablemente, el precio de esa verdad es muy alto, y puede que cuando toque pagarlo sea demasiado tarde.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Cómo salvar a un barón de sí mismo
    Autores: Eleanor Rigby
    Serie: I de Las Conspiradoras del Cortejo
    Tamaño: 1.52MB
    Nº de páginas: 480
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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No tenía nada a lo que ceñirse ahora: no tenía que ser la esposa ideal, ni la
hija perfecta, ni la amante apocada… Tenía que ser ella misma, porque ninguna
de las dos le estaba imponiendo un papel. Eso significaba cercanía, confianza,
y también que tenía que recuperar algo que no sabía si seguía existiendo. Su
esencia.
Por suerte, su tristeza era tan real que no le costaría hablar de ella.
—No, la verdad es que nunca he hablado con nadie sobre esto, y… creo que
tampoco servirá decirlo en voz alta. Me han enseñado que si un problema es
irresoluble, lo mejor es dejarlo correr —dijo, teniendo muy presente que ella
era la primera que se esforzaba por conseguir lo impensable—. Y Derek…
—Derek no parece fácil de resolver, no —cabeceó Jess—. He hablado con
él una vez en mi vida y terminé con dolor de cabeza.
—Pues ya tuvo que ser terrible, porque la que suele dar dolores de cabeza
eres tú —rio la duquesa—. Joyce, repito: aunque algo parezca imposible, yo
lo puedo arreglar. Arreglé mi matrimonio, ¿no voy a arreglar el tuyo? ¡Ja!
—Escúchala —sugirió Jezabel—. Sabe mucho sobre hombres. Parece que
quien conoce a los italianos, ya lo conoce todo sobre todas las cosas.
—La que tengo que escuchar soy yo. ¿Qué ocurre? Espera, no me lo digas…
Derek se comporta contigo con fría cortesía, soltando de vez en cuando uno de
esos «cariño» escalofriantes que suenan más a insulto disimulado o burla
desdeñosa que a un apodo desde el aprecio. No te presta especial atención
física, te sugiere tajantemente con una navaja escondida en la voz que no te
metas en sus asuntos y no tienes ni pajolera idea de en qué diablos piensa
cuando se te queda mirando. —La expresión de Joyce tuvo que ser
suficientemente sugerente, porque Viviana compuso una mueca que venía a
significar «lo sabía, lo sé todo»—.

¿Te gustaría añadir algo?
Se planteó fugazmente contarle todo lo referente a su título y al error
monumental de declararle la guerra abierta a Lawler, pero desistió casi al
instante. Prioridades en regla, y por mucho que le molestase, su relación con
Derek parecía más importante que la amenaza de un tesorero.
—No, ese es un excelente resumen.
—Si consigues convertir a Carlisle en una persona normal vas a pasar de
bruja a diosa —dijo Jezabel—. Te rendiré pleitesía como los antiguos
hombres, bailando alrededor de una hoguera en tu honor. Culto pagano, se
llama…
Joyce no guardaba las mismas esperanzas de Jess. No dudaba de las
posibilidades de Viviana Radcliff, pero no porque le pareciese inteligente y
retorcida o una magnífica instructora —lo que sin duda era—, sino porque
poseía esa magia en la mirada que podría someter al creador del amor.
Sospechaba que sería capaz de doblegar a Carlisle con un concienzudo
pestañeo, pero porque la seducción era vital en ella y parafraseando a su
marido, las prefería voluptuosas y exóticas.
En cambio, otras nunca conseguirían una sonrisa sincera por la marcada
carencia de sus atributos… Y ni siquiera sustituyendo esas faltas por los trucos
indecorosos de las fulanas podría lograr lo que la brujería característica del
monstruo de la seducción obtendría en un suspiro. Si había una posibilidad,
era de Viviana.

La envidiaba tanto… No sabía por qué, pero tenía esa corazonada de que
podría haber sido mucho más para Carlisle de lo que ella jamás sería. Viviana
se habría convertido en el sol de sus días y la luna de sus momentos poéticos
si no hubiera elegido a su primo. Nadie se lo había dicho. Nadie lo había
insinuado. Pero Joyce seguía guardando ese recelo.
—Te diré lo que vamos a hacer… Lo que vas a hacer —recalcó la italiana,
aclarándose la voz—. Carlisle es una persona muy difícil, pero sigue siendo
un hombre con instintos primarios, reclamos posesivos y naturaleza protectora.
No es que esto último sea el distintivo de un caballero, porque hay muchos
más hombres egoístas de lo que parece a simple vista, pero Derek en concreto
es… cómo decirlo… Un gentilhombre de los que ya no quedan.
—Es, por un lado, la representación del amante del amor cortés e idílico que
se plasmaba en las poesías de la Europa medieval. Es distante en teoría, pero
se hace evidente en su profundidad y su secretismo que esconde algo con celo,
y eso solo puede ser idolatría o pasión. Y por otro lado… —prosiguió Jezabel,
muy motivada con su exposición—. Representa a la perfección la sprezzatura,
el talante del dandi italiano. No tiene nada de Petrarca o poeta romántico. Es
educadamente distante, nada le afecta. Tal y como menciona en La civiltà del
Renascimento, tiene la desenvoltura y seguridad del caballero cortesano, que
consiste en disimular un sentimiento o actitud con estudiado ejercicio y
gracia…
—¿Has acabado ya, Lady Ilustrada? Porque creo que Joyce sabe muy bien lo
que es; no necesita ponerle una definición italiana que encima no tiene
traducción —cortó Viviana—.

Como iba diciendo, es difícil seguirle la pista,
pero no puede ser imposible. Si yo fuera tú me aferraría a la vieja confiable,
es decir: celos. Celos y provocaciones. Provocaciones y celos. Jamás
conseguí enfadar a Carlisle, pero eso es porque nunca le he importado y
tampoco lo intenté con todas mis ganas. Seguro que tú puedes lograrlo, y
tendrá más impacto que si yo lo hiciera porque no pareces la típica que arma
bronca por cualquier cosa.


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