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Culpable. Parte ¼: Julia – B. L. Rámiz

Genero: Historia

 Sinopsis del libro 

La familia Smith decidió mudarse al campo cerca de Añora, después de plantearse salir de los Estados Unidos para buscar en Europa una vida más amable con el medio ambiente.
En Añora, pequeña localidad situada al norte de Córdoba, en España, llevaban una vida tranquila consumiendo, casi exclusivamente, los productos que ellos mismos cultivaban.
De vez en cuando, los miembros de la familia Smith asistían a diferentes actividades relacionadas con el medio ambiente. Cuando varias de estas actividades se solapaban, debían hacerlas por separado para poder intercambiar después la información.

Aquel fin de semana, le tocó a la señora Smith quedarse en casa para cuidar del huerto, entre otras cosas. Los demás se fueron a diferentes puntos de España.
Julia iría a Málaga. Lo hizo con Carlos, su novio desde que iban al colegio. Todo comenzó con un desconcertante, a la vez que inquietante y terrorífico suceso, pero Julia se entera por su novio en el tren de camino a Málaga.
Cuando quisieron darse cuenta, estaban inmersos en un extraño viaje de vuelta a Añora a través de Sierra Morena. En ese viaje les suceden cosas que cambiarán sus vidas para siempre.
Lo que no podían saber es que esos sucesos habían cambiado ya la vida de todas las personas del mundo.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Venganza natural Culpable Julia
    Autores: B. L. Rámiz
    Tamaño: 1.12MB
    Nº de páginas: 358
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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El mastín hizo algunos ruidos, eran gruñidos lastimeros y los hacía
mientras miraba al hombre que estaban terminando de comerse los gusanos.
—¿Era tu dueño? —preguntó Julia mirando al perro y con varias
lágrimas resbalando por sus mejillas. El mastín volvió a gruñir.
Todos salieron del cortijo para ver cómo se encontraba Isabel, la cual
había decidido salir a tomar el aire después de haber expulsado gran cantidad
de pota. Estaba descompuesta, aunque, a decir verdad, todos lo estaban.
—¡Ahí tenéis la respuesta! ¡El perro solo quería mostrarnos a su dueño
muerto! ¡Joder! ¡Qué puto asco! —Isabel estaba bastante enfadada, pero no
se encontraba lo suficientemente bien como para gritar más alto.
—Puede que al final de todo tuvieras razón, puede que solo se trate de
accidentes —dijo Julia antes de que el mastín saliera del cortijo, pusiera unos
prismáticos a sus pies y diera un ladrido antes de volver a tirar de su camiseta
—. O puede que no.
Julia cogió los prismáticos y siguió al mastín, el cual entró de nuevo en
el cortijo. Todos la siguieron, incluso Isabel, la cual se había subido el cuello
de su camiseta para taparse la nariz.

Una vez dentro, el perro subió por aquella maltrecha y sucia escalera de
caracol. Todos lo siguieron. Pocos segundos después llegaban a lo alto de la
torre que habían visto antes. Estaban un poco apretados allí arriba, pues no
estaba pensada para cuatro personas y un perro enorme; como mucho podrían
estar allí dos personas sin rozarse.
Miraron en todas direcciones y entonces Carlos señaló hacia un lugar
concreto. Todos pudieron apreciar la autopista a lo lejos.
—¡Joder! —Julia se había llevado los prismáticos a los ojos, pero
enseguida se los pasó a Carlos.
Todos fueron soltando diferentes improperios al utilizar los binoculares,
todos menos Isabel, la cual fue la última en poder utilizarlos. Movía la cabeza
de un lado a otro mientras los sujetaba con la mano derecha. Unos segundos
después se los quitó y miró al perro, este le devolvió la mirada. La miró
fijamente a los ojos.

—Vosotros teníais razón, algo raro está pasando —consiguió decir la
psicóloga mientras seguía escudriñando el marrón de los ojos del perro.
Desde la torre, si es que a aquello se le podía llamar así, a través de los
prismáticos vieron el enorme colapso que había en la autopista, por la que
unas horas antes habían pasado ellos con el coche de policía. El trafico era
normal entonces, pero ahora cientos de coches se agolpaban unos detrás de
otros. Algunos incluso rodaban por los arcenes y cunetas. También había
camiones intercalados entre los coches, así como coches patrulla y
ambulancias. Todos parecían venir de Córdoba, o al menos desde esa
dirección. Todos los carriles, en ambas direcciones, estaban ocupados por
vehículos que parecían querer huir de aquella ciudad.
—He cambiado de opinión, ya no quiero ir a Córdoba —dijo Isabel.
Todos la miraron—. ¿Qué? ¡No voy a ir a una ciudad de la que todo el
mundo quiere salir!
—Tenemos que ir a mi pueblo, pero parece que tendremos que ir
caminando o buscar a alguien que nos lleve —dijo Carlos.
—Pero ¿quién querría llevarnos? Tenemos que ir hacia Córdoba para
llegar a Añora, y parece que nadie quiere ir hacia allí —dijo Julia.

—Y, aunque alguien quisiera, no podría; la carretera está atascada.
Supongo que no nos queda más remedio que ir campo a través —reflexionó
Pedro.—
A ver si me entero, ¿estáis proponiendo que vayamos andando por
medio del campo a un lugar que se encontrará a cien kilómetros o más sin
agua ni comida y sin ningún mapa ni nada? —Isabel se quedó mirando a los
otros tres, pero no le respondían, solo la miraban—. ¡Vosotros estáis mal de
la puta cabeza!
—¡Por lo menos tratamos de buscar soluciones! ¡Tú solo estás
quejándote de todo! —le espetó Julia.
—¡Es que es de locos! ¿Cómo vamos a caminar tantos kilómetros con
este calor? ¡Mira la frente de tu novio! ¡Está más roja que el culo de un
mandril! —Isabel no estaba dispuesta a acceder a aquella locura, pero, en el
fondo, sabía que si decidían hacer aquello tendría que seguirlos.
—Es verdad, hace mucho calor —dijo Pedro—. Tendremos que
caminar de noche.
—¡Esto mejora por momentos! —exclamó Isabel—. ¿Cómo vamos a
caminar de noche por…? —Pero, una vez más, el mastín interrumpió a la
psicóloga con un ladrido, este ya no estaba en la torre—. ¿Dónde está?
—No me he dado cuenta, ha debido de bajar mientras discutíamos —
dijo Julia mientras se disponía a descender.


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