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Diario de un ladrón de oxígeno

 Sinopsis del libro 

Imagina que existiera un libro en el que Holden Caufield fuera alcohólico y Lolita, ayudante de fotografía. Que se conocieran en una ciudad espectacular, pongamos que en la Gran Manzana. Él queda cegado de amor. Ella, de ambición. Diario de un ladrón de oxígeno es una novela a tumba abierta que te hará reír y te partirá el corazón. Pero sobre todo es un recuento minucioso de las cosas que nos hacemos unos a otros y de las que permitimos que nos hagan.

Tras ser varios años un secreto a voces entre la gente conectada de Nueva York, en forma de volumen autoeditado y vendido bajo mano en las esquinas del Soho y Williamsburg, el Diario de un ladrón de oxígeno explotó en 2016 y empezó su particular guerra mundial. Ahora llega en tu idioma.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Diario de un ladrón de oxígeno
    Autores: Anónimo
    Nº de páginas:532
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Gratis Diario de un ladrón de oxígeno – Anónimo

Atracción: procura sonrojarte. No es fácil (me ayudaba acariciar
pensamientos de lo que iba a hacer más tarde). Y un sonrojo por lo general
provocaba otro sonrojo a cambio. Es decir, si yo lograba sonrojarme, era más
que probable que ella también se sonrojara. Comprensión: fruncir la frente y
asentir con suavidad. Hechizado: ladear la cabeza y ofrecer una sonrisa de
disculpa. Adoptaba esas máscaras prefabricadas en el momento adecuado. Era
fácil. Era divertido. Los tíos lo hacían constantemente para pillar cacho. Yo lo
hacía para vengarme. Ser Cruel con las Mujeres. Esa era mi misión. Más o
menos por entonces descubrí el significado de la palabra «misógino».
Recuerdo haberme tronchado al caer en la cuenta de que casi llevaba el
prefijo «miss».

Lo único que sé es que me sentía mejor cuando veía a otra persona sufrir.
Pero, naturalmente, a menudo disimulaban cuánto daño les había hecho. Sí, era
un reto en sí mismo ayudarles a exteriorizar sus sentimientos, pero también era
frustrante de la leche haberse tomado tantas molestias y luego no poder
disfrutar de una restitución dramática. Por eso empezó a ser necesario
condensarlo todo en un momento efusivo.
Sophie era del sur de Londres. Se encargaba del vestuario de Angus Brady
en la comedia ¿No te alegras de verme? La conocí en una fiesta de la Escuela
de Bellas Artes de Camberwell en la que me había colado. Después de ella
vino aquella diseñadora —cuyo nombre sinceramente no logro recordar— a la
que sin duda hice mucho daño, porque no volvió a llamarme. Es curioso,
porque aunque no volví a verla ni le oí decir una sola palabra más, supe que lo
había pasado mal.
¿Cómo lo sé?
Lo sé.

Estuvo Jenny. Fue la que me tiró la cerveza a la cara. Me entusiasmó haber
sido quien le provocara tanta ira.
Luego vino Emily. Pero en realidad ella no cuenta porque era tan buena
como yo, si no mejor, en esto, sea lo que sea. Me enamoré de ella, más o
menos. Laura apareció en torno a aquella época. Era una expublicista de un
grupo musical con un culo soberbio que había sobrevivido a una hija de corta
edad. Una mañana desperté y allí estaba su hija de ocho años viendo cómo
intentaba desenredarme de los tentáculos pecosos de su comatosa madre. Y
luego, después de que me hubiera hecho sentir tan culpable que la llevé al
colegio, me quedé con la sensación de que madre e hija se aprovechaban todo
lo posible de los hombres que pasaban por sus vidas. Como los americanos
nativos y el búfalo, los esquimales y la foca, la madre en paro y yo.
Y la que dio pie a todo el asunto.

Penelope Arlington. Había estado saliendo con ella cuatro años y medio.
Mucho tiempo. Se había portado bien conmigo. Mejor que cualquier otra chica
con la que hubiera estado. Cuando le hablaba, volvía la cabeza hacia mí y
parecía abandonarse al significado de mis palabras. Eso me gustaba. Fue solo
mucho después cuando averigüé que era horrible en la cama. Por entonces
pensé que era una descocada. No lo era. Pero es a la que más lamento haber
hecho daño. ¿Por qué? Porque no se lo merecía. Tampoco es que se lo
merecieran las otras, pero ella no me habría dejado si no la hubiese
destrozado. Y necesitaba que me dejara porque estaba empezando a
molestarme para beber.


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