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El baile del reloj

Genero: Aventura

 Sinopsis del libro 

Vida de una mujer como tú.

La ganadora de los premios Pulitzer, National Book Critics Circle y Pen/Faulkner regresa con una novela íntima y conmovedora.

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Pocos pero significativos son los momentos que han marcado la vida de Willa Drake: la desaparición de su madre a los once años, casarse a los veintiuno y el accidente que la dejó viuda a los cuarenta. Cuando recibe una inesperada llamada,

Willa decide abandonar todo e ir en la ayuda de la exnovia de su hijo, quien ha sido gravemente herida. La espontánea decisión de cuidar de esta mujer, de su hija de nueve años y de su perro la llevarán a explorar un territorio desconocido: el de elegir su propio camino.

Una novela cautivadora llena de esperanza y transformación: Anne Tyler en plena forma.


Ficha técnica del  libro

  • Título: El baile del reloj
    Genero: Aventura

    Tamaño: 1.27MB
    Nº de páginas: 321
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive

  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro de El baile del reloj – Anne Tyleren pdf o epub Gratis

El taxi se detuvo delante de una casa como todas las demás.
—¿Aquí? —preguntó el taxista.
—Supongo que sí —dijo Willa. En una columna del porche se leían los
números tres, uno y cuatro, colocados en vertical.
Peter pagó la carrera y el chófer se apeó para sacar el equipaje del taxi. La
maleta de Willa era del tamaño máximo que se permitía como equipaje de
mano —le gustaba vestir bien cuando viajaba—, y mientras la arrastraba hacia
la casa por el camino de la entrada le pareció penosamente grande. Parecía
una refugiada, pensó, que llegaba al umbral de un desconocido con cuanto
poseía en el mundo. Anochecía ya, pero la luz del porche no estaba encendida,
y después de que Peter tocara el timbre, Willa sintió cierta ansiedad hasta oír
los pasos dentro.
Callie resultó ser justo como Willa había imaginado: una rubia sumamente
voluminosa de poco más de cincuenta años, embutida en unos ajustados
pantalones elásticos de los que emergían unos delicados piececitos calzados
con bailarinas.
—¡Por fin! —dijo agradecida, alzando hacia el cielo un rostro sonrosado,
dulce y redondo—. ¡Lo ha conseguido!
Quería decir que llevaba demasiado tiempo defendiendo el fuerte, por
supuesto, pero Willa prefirió creer que se alegraba de verlos, sin más.
—Me alegro de estar aquí —dijo, entrando en la casa.

Un perro, más bien pequeño, blanco y leonado, apareció detrás de las
pantorrillas de Callie, sus ridículas y desmedidas orejas sobresalían, sí, como
las alas de un avión, y no dejaba de mover la cola. Y al fondo Willa vio
también a una niña expectante, de unos ocho o nueve años, con una media
melena color caramelo. De rostro mofletudo, la barriga con forma de barrilete
le tensaba la camiseta, y tenía las piernas tan regordetas que las perneras del
pantalón corto se le subían hasta los muslos. Para ser sinceros, Willa se había
imaginado a una niña un poquito más delgada y más linda, pero se apresuró a
desechar aquella idea sintiéndose culpable. Seguro que una abuela de verdad
no habría permitido que le pasara una idea así por la cabeza.
—Hola, Cheryl —saludó.
—Hola.
—Soy Willa.
—Lo sé.
—Y este es Peter, mi marido.
—Hola —repitió Cheryl.
—¿Qué tal? —dijo Peter.
Su maleta era más pequeña y la llevaba colgada del hombro con una correa.
Parecía menos implorante que Willa: más bien un turista convencional que
casualmente pasara por allí.

—Oiga, me siento muy estúpida —dijo Callie—. Telefoneé anoche a Denise
para que supiera que usted venía y dijo: «¿Quién?». Dijo: «¡Cómo se te ha
ocurrido!». Dijo: «¡Dios mío, no puedo creer que hayas hecho eso! La madre
de Sean no es nada de Cheryl». Bueno, ¿cómo quería que yo lo supiera, no?
Quiero decir que yo lo único que sé es que la madre de Sean está en su lista de
teléfonos.
—Claro, por supuesto —dijo Willa, conciliadora.
—Denise me pidió que la llamara de inmediato para decirle que no viniera,
pero, hágase cargo, entonces era ya muy tarde y además…
Callie no había querido renunciar a su única posibilidad de rescate, eso
quería decir.
—¡Yo estaba hecha polvo! —añadió, confirmando la hipótesis—. Y ya
había perdido un día de trabajo, tal como iban las cosas. ¡Hoy ha sido mi
segundo día de baja por enfermedad! Además, supuse que si usted no quería
venir, lo habría dicho, ¿a que sí?
—Por supuesto que sí —repuso Willa—. Estamos encantados de haber
venido. ¿Qué tal está Denise?
—Bueno, dice que todavía le duele un montón. Solo he hablado con ella por
teléfono, pero nuestro vecino Ben ha llevado hoy a Cheryl a verla, y asegura
que está saliendo adelante muy bien, si se tiene en cuenta lo que le ha pasado.
—¿Cómo es que le dispararon? —preguntó Peter.
—Ay, ¡eso ha sido de lo más extraño, ya lo creo! Cheryl, ve a recoger tus
cosas —dijo Callie.

Cheryl, que había estado observando a Willa y a Peter con una mirada
serena pero evaluadora, se dio la vuelta a regañadientes para subir la escalera
que tenía detrás. El perro también se giró y la siguió.
—Es una niña bastante buena, creo —murmuró Callie en voz muy baja—,
pero no deja de ser una niña, ¿me entienden? ¡Santo Dios, estoy agotada!
Bueno, el caso es que —continuó, cambiando a un volumen normal— el
martes a última hora, casi todos los vecinos de la manzana habíamos salido
afuera porque se oía un ruido increíble al otro lado de la calle.

Un ruido de
máquina que repiqueteaba, tan fuerte que podría reventarle los tímpanos a
cualquiera. Primero no sabíamos qué era, pero al salir vimos un camión
enorme, viejo y oxidado, con un rótulo pintado en la portezuela: «Limpieza a
presión – Más potencia». ¿Sabían que hay gente que limpia a presión? Unos de
la acera de enfrente tienen una especie de terraza cubierta añadida por ellos,
la cosa más estúpida que se ha visto jamás; una terraza tan grande como el
resto de la casa, aunque parece que no la utilizan nunca, y estaban limpiándola
a presión a las seis de la tarde. ¡Bueno! Ya se imaginan que empezamos todos
a decirnos: «Uy, uy, uy, ¿no te gustaría tener una terraza que necesitase un
baño?». Luego, de repente, se oyó un ruido aún más fuerte, como el petardeo
de un camión, y Denise se sentó en el suelo. Pero dejándose caer, como si le
hubieran pegado un tiro. Y empezamos a reírnos. «Esta Denise es todo un
personaje», decíamos. Hasta que vimos que le sangraba la pantorrilla y
dijimos: «¡Un momento! ¡Le han disparado! ¡Te digo que le han pegado un
tiro!». Y entonces apareció Cheryl corriendo y gritando: «¡Mamá!». Y Denise
con cara de «¿Cómo? Espera un momento: ¿qué ha pasado?». Estábamos todos
cortadísimos.


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