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El club de las cincuenta palabras

Genero: Juvenil

 Sinopsis del libro 

El club de las cincuenta palabras es un grupo de mujeres extranjeras que se reúnen en el sótano de una casa en un pueblo del Levante español, a orillas del Mediterráneo. Los vecinos creen que son brujas porque hablan en inglés y leen libros en otros idiomas y de autores desconocidos en la España de los años 50. David, hijo de Alice, la anfitriona, presencia estas reuniones mientras juega con un tren de madera. Cada cumpleaños su madre le regala un nuevo vagón de color diferente.

Un día en el sótano se produce un extraño fenómeno: una inundación de agua salada. Nadie entiende qué ha pasado; los fontaneros lo achacan al poder de las brujas. David aprovecha la inundación para colarse en una gruta donde ve un maravilloso jardín, lleno de corales, peces de colores luminosos, medusas, distintas tonalidades de azul marino. Su madre le tiene prohibido acercarse, pero él se muere por explorarlo porque sabe que su familia tiene un
vínculo con el mar.
Años después, el vínculo que une a David con el océano le permite creer que va a estar protegido y se aventura a dar la vuelta al mundo, convirtiéndose en una leyenda.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: El club de las cincuenta palabras
    Genero: JuvenilTamaño: 1.13MB
    Nº de páginas: 319
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro de El club de las cincuenta palabras – Ana B. Nieto
en pdf o epub Gratis

En la escuela había chicos que me caían mejor y otros peor, pero con
ninguno conectaba igual que con Eleni. A ella la había admitido en mi mundo
íntimo desde el principio, sin condiciones. Con una naturalidad que al
principio me pareció común y corriente, pero que, con el tiempo, estimaría
tan rara como una especie en extinción.
Con ella compartía la hermandad de nuestras madres, el club y las
reuniones. Las historias y los cuentos de Emilia. Ahora que ella se marchaba,
iban a ser muchas las cosas, demasiadas, que permanecerían encerradas
dentro de mí, apagándose. Como un teléfono experimental, de los tiempos de
Graham Bell, con un solo extremo del hilo de cobre y sin nadie al otro lado.
Y sin embargo, aquel era su sueño. Y si algo había yo entendido de las
conversaciones nocturnas con mi madre es que los sueños son importantes y
que no se deben negar. Porque son incontenibles, y si se reprimen, estallan
tarde o temprano y se convierten en una marejada interna que te ahoga.
—Te lo explicaré despacio y parte por parte —me dijo ella—. Pero ten en
cuenta que un vino de este tipo necesita estar durmiendo entre tres y seis
meses… ¡No te lo bebas antes de tiempo, que te conozco! Así que me he
traído esto para que no tengas que esperar. —Me guiñó un ojo y sacó una
botella de un color ambarino.

Hacía ya unos años que Eleni ayudaba a su madre con el puesto de
artesanía en el mercado de los domingos. Además de la bisutería, los broches,
las figuras, los maceteros de cerámica y las velas artesanales, fermentaban
hidromiel y el vino floral de postre que les había dado fama en el pueblo y
que ambicionaban todos los buenos restaurantes de la zona.
Sacó el corcho de la botella y le dio un sorbo. Asintió, orgullosa, y me la
pasó.
—Esta ha salido muy buena —dijo ella.
Era la primera vez que yo lo probaba. Dulce y amargo al mismo tiempo, el
aroma de las lilas llenó mi cuerpo como si me entrara por todos los sentidos.
Y, después del trago, la sensación caliente y repentina del alcohol.
Me puse junto a ella y me pasó las flores, agrupadas en dos ramilletes: uno
blanco y otro violeta. Empezó a separarlas encima de un bol de cristal y yo la
imité. Los dedos incansables no tardaron en ponerse pegajosos con el néctar
y, cada poco tiempo, dábamos un trago de la botella.
—En Grecia se les llamaba igual a las flautas y a las lilas —empezó Eleni
—. Me lo contó mi madre cuando nos mudamos y nos encontramos el patio a
rebosar de ellas. El dios Pan se enamoró de una ninfa que se llamaba Siringa
y, como no le hacía ni caso, se hizo una flauta de nueve tubos con la madera
de un lilo… Y al soplar era como si la besara.
—Si soplamos en las flores, lo mismo también suenan…
—Tú ya estás soplando de lo lindo, que mira por dónde va la botella. A este
paso no vamos a llegar ni a la segunda fase…
—Pásamela.

—Podrías aprender a tocarla también, además de la guitarra. Con un poco
de práctica podrías convertirte en un buen hombre orquesta. Ya sabes, la
flauta en un soporte, las manos en la guitarra, un par de platillos en los pies…
—bromeó.
—¿Sabes que he pensado en subir un piano hasta aquí?
—¿Por todas esas escaleras? ¡Es que estás loco!
—¿Y por qué no? Así podría hacer pequeñas serenatas nocturnas para todo
el pueblo… Desde aquí se oirían fenomenal.
—Trae. Deja que te ayude, que vas muy lento.
Se puso a deshacer los ramos que yo sujetaba, poniendo sus manos de chica
dentro de las mías. Me sorprendió el calor que sentí en las mejillas y la leve
presión en la cabeza, que se fue tan rápido como había llegado. Cuando
terminó, el agua que había puesto a hervir ya estaba lista y la echó sobre las
flores. Después, tapó el bol con un gran plato.
—Bueno, esta es la primera fase. Ahora tienes que dejarlas así dos días.
Después las cuelas y te queda este amasijo, ¿ves?
Desenvolvió con cuidado el paquete que traía, cubierto por un papel
plateado, y sacó la bola de lilas húmedas y aplastadas.
—Cuando seas una actriz famosa, venderé tu receta y ganaré un dineral.
—Esto tienes que mezclarlo con el azúcar, el limón y la levadura —me
indicó—. Y lo dejas así siete días. Luego lo pasas a la damajuana, lo tapas
bien y ya está. A esperar…
—Entre tres y seis meses… —terminé yo, repitiendo sus palabras como un
alumno modélico.

—O incluso más. Esta botella que nos estamos bebiendo tiene seis años.
Miré entonces aquel cristal con otros ojos. Era de cuando Eleni había
empezado a ayudar a su madre. Sería de las primeras botellas que habían
hecho juntas, si no la primera. Era muy especial.
—Eleni, tú naciste en Grecia, ¿verdad?
—En Rodas, sí. Lo que no sabes es que Rodas es mi segundo nombre. Pues
sí, no te rías, me llamo Eleni Rodas. Ni se te ocurra decirlo en el pueblo. Pero
la isla tiene muchos otros nombres.
—Estoy seguro de que te los sabes todos. Dímelos.
—No. De eso nada. —Apartó la mirada y se centró en recoger los
cacharros.
—Venga, que lo estás deseando. —La miré a los ojos con una intención
cómplice, provocadora incluso. Estaba sorprendido de lo rápido que el
alcohol transformaba los límites de uno mismo—. Dímelos…
—A ver si me acuerdo… —Ella miró al suelo como si necesitara
concentración y tomó aire—. Ofiusa…, Telquinis, Asteria, Macaria, Olesa…
Eran como once, pero no me acuerdo de todas.
Asentí impresionado.

—Te pega Macaria.
—¡Venga ya! ¡Estás tonto! ¡Has bebido demasiado!
—¡Y tú también! Yo nunca lo había probado, pero tú ya deberías estar
acostumbrada, ¿no?
No podíamos parar de reírnos.
Cuando terminó con las carcajadas, se limpió las lágrimas.
—Si nunca lo habías probado, ¿para qué querías la receta?
Quería decirle que, gracias a aquel vino, podría acordarme de ella cuando
ya no estuviera. Quería decirle que la echaría de menos, que no quería que se
fuera a Madrid.
—Es por la canción. Tenía curiosidad.
—¿Qué canción?
Recordé que había dejado la guitarra en el balcón, junto a la barandilla
circular. La tarde de abril era soleada y la mar estaba en calma. No había
viento apenas.


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