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El jardín de bronce

Genero: Historia

 Sinopsis del libro 

El jardín de bronce de Gustavo Malajovich:
La vida de un hombre puede cambiar en un segundo, y eso es lo que le sucede al arquitecto Fabián Danubio cuando Moira, su hija de cuatro años, desaparece sin dejar rastro. La pequeña y su niñera debían ir a un cumpleaños, pero jamás llegaron. Así comienza para Fabián una pesadilla que habrá de durar años.

El shock inicial da lugar a la esperanza, y ésta, a su vez, es reemplazada por un silencio que desemboca en impotencia cuando el tiempo pasa y las pistas no aparecen.

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Sin embargo, en un Buenos Aires plagado de policías ineptos y corruptos, la desesperación se convierte en el motor que mantiene a Fabián vivo. Con la ayuda de un extravagante detective privado, escarbará allí donde parecía no haber nada hasta encontrar un delgado hilo del que tirar, un hilo que tal vez lo conduzca al corazón del misterio.


Ficha técnica del  libro

  • Título: El jardín de bronce
    Autores: Gustavo Malajovich
    Serie: I de Fabián Danubio
    Nº de páginas: 631
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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La luz del sol le pegó fuerte en los ojos, y sus zapatos arrastraron grava
cuando él y Doberti fueron sacados a la vereda. Fabián pensó que los iban a
soltar, pero no fue así. Empezaron a ir para un costado del bar Japi Auer, hacia
la estación de servicio abandonada.
—Che, la señora les pidió que nos dejen, nomás —dijo Doberti.
—Cerrá el culo. Ahora los dejamos —dijo Tipito—. Bien hechos mierda
los vamos a dejar.
Atravesaron el playón y enfilaron para los restos del bar 24 horas,
quemado y derretido después de años de vandalismo y olvido. Entraron por
una puerta deformada. El piso estaba lleno de papeles, profilácticos usados,
bolsas de consorcio. A Fabián ya lo agarraban de las axilas. El que lo retenía
lo tiró hacia adelante, al igual que a Doberti. Este perdió pie y cayó sobre una
de sus rodillas.
—A ver si se hacen los graciosos ahora —dijo Tipito, pero se detuvo, al
igual que los otros tres.

Apoyado sobre su rodilla derecha, Doberti los apuntaba con un arma.
—Quédense quietos, putos.
Fabián no sabía nada de armas, pero la que tenía Doberti en la mano
asustaba. Era como un revólver con caño largo, igual que los de las películas
del oeste. Parecía pesar mucho. Doberti se incorporó lentamente. El revólver
en su mano hacia un movimiento de arco que barría a los cuatro hombres.
—Ahora se van a correr. Paso.
Los hombres se corrieron lentamente, midiendo a Doberti. Tipito hacía
fuerza con los músculos de su mandíbula, haciendo que su mejilla ondulase en
forma muy curiosa.
—No intenten ninguna boludez estilo ninja porque los hago mierda,
¿estamos? Ahora, Tipito, ¿qué sabés de lo de la nena?
—Chupame la pija.
—Si vos no tenés pija, pelotudo. Hijos de puta, enfermos que se hacen los
guapos con minitas menores. Los tendría que ajusticiar ahora mismo.
Los ojos de Doberti estaban oscurecidos. Sus nudillos, blancos por la
presión sobre la empuñadura del arma. Fabián pensó que si a uno de los tipos
se le llegaba a quebrar una pestaña, los cuatro iban a estar muertos antes de
que la pestaña cayese al suelo.
—Vámonos —le dijo Fabián a Doberti.

—No, no. Ahora quiero que me contesten.
Doberti levantó el arma y le apuntó a Tipito a la cabeza.
—No sé nada —dijo Tipito.
—El 29 de abril, por Colegiales.
—No sé nada.
—No te creo.
—Volame la cabeza entonces.
Doberti bajó el arma, y entonces, disparó. El estruendo fue tal que Fabián
se agachó tapándose los oídos. El eco del lugar contribuyó a que el disparo
fuese un verdadero cañonazo. Todos quedaron agazapados, desorientados.
Todos menos Tipito. Estaba parado, muy quieto. Sus anteojos negros se habían
deslizado hacia abajo y ahora se veían sus ojos desorbitados. Tenía la boca
abierta.
—¿Qué hiciste, hijo de puta? —le dijo a Doberti.
Las manos de Tipito bajaban por su cuerpo, palpándose. Fabián no vio
ninguna herida, pero tampoco conocía de balazos como para estar seguro.
—¿Qué hiciste? —repitió Tipito.

En la bragueta de su pantalón se formaba una mancha oscura que se
ampliaba y goteaba sobre el piso, mojándole las zapatillas Reebok blancas e
impecables. Pero no era sangre. Tipito se había meado encima.
—El próximo va al cuerpo —dijo Doberti.
Le hizo un gesto a Fabián y ambos empezaron a retroceder.
—No se muevan, quietos ahí —dijo Doberti—. Tengo cinco más para el
que quiera.
Salieron de nuevo a la luz.
—Andá al auto y ponelo en marcha —le dijo Doberti a Fabián.
Dos personas salieron de Japi Auer y caminaron unos metros al sol. Uno
era el barman. Se hizo sombra con la mano y cuando vio a Doberti con el
arma, dio la vuelta y en dos pasos se metió de nuevo al bar. El otro que había
salido era el cliente que estaba en la barra, de camisa a cuadros. Estaría
comprobando que todavía era de día.
Fabián fue hacia el auto y lo puso en marcha mientras Doberti llegaba
corriendo y se subía al coche también.
—¡Dale, dale, dale, por Dios! —gritó Doberti.
Fabián arrancó derrapando con nube de polvo y todo. El cliente de la
barra se acercaba a la estación de servicio. Del bar salió corriendo Sonia.
Cuando llegaban a la Ruta 3, se cruzaron con dos patrulleros que hacían
sonar las sirenas.

—Y claro —dijo Doberti—. El tiro se debe haber escuchado en toda La
Matanza.
—No pensé que ibas a disparar.
—Yo tampoco. Se me escapó.
Fabián miró a Doberti. El olor a cordita llenaba el auto.
Cuando entraron a Capital, Fabián paró en una calle aledaña para que
Doberti estirara un poco las piernas y los dos pudieran calmarse un poco. Se
apoyaron en el costado del auto. Fabián vio que la mano derecha de Doberti
tenía en la palma una quemadura, producto del calor que generó el revólver al
disparar.
Durante años, Fabián seguiría preguntándose qué extraña fuerza hizo que la
bala eludiese a Tipito, sin tocarlo.
—¿Quién te mandó meterte? Lo estaba llevando bien —dijo Doberti.
—Andá a cagar, Doberti.
—Necesito un aumento —dijo.
—Estás despedido.
—No tengo otra cosa. Y si no hago nada, mi mujer me va a obligar a
acompañarla al súper todas las semanas.
—Estás contratado otra vez —dijo Fabián.

17
Por la noche intentó dormir, pero al cerrar los ojos veía las líneas de neón
en la oscuridad y sentía el persistente olor de la pólvora que le recordaba lo
cerca que estuvo. Al otro día trabajó concentrado, viendo cómo la obra
adelantaba rápidamente. Tenía que empezar a pensar en la continuidad de
trabajo cuando se terminase esta obra. Mientras caminaba por la calle Lugones
pensó si debía llamar a Trossero para preguntarle cómo veía el panorama.
Estaba tan ensimismado que jamás detectó el Audi gris que lo seguía de
cerca.


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