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El mercenario que coleccionaba obras de arte

Genero: Terror

 Sinopsis del libro 

«Cumplí a cabalidad mis cuatro pasos:

concebir, conspirar, ejecutar y evadir.»

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El carismático mercenario que narra esta historia es un personaje real bajo el seudónimo de Adrián Falcón, aunque a lo largo de sus años en activo usó otros como El Parse, Garfio, Strelkinov… Tierno y diabólico, Falcón tiene ahora sesenta y tantos años y ha sobrevivido con peculiar sentido del humor a su compleja historia de vida.

Y es que fue perseguido en Estados Unidos y varios países latinoamericanos por terrorismo, fue pieza clave de casos tan escandalosos como el Irán-Contra, y operó con los cárteles colombianos para financiar acciones contrarrevolucionarias. Considerándose un “luchador por la libertad,” actuó contra el mando de la Unión Soviética, el Sandinismo y Fidel Castro.

Aunque en su momento fue blanco del FBI, termina sus días de combate convertido en condottiero de la CIA y descreído de todo. El desencanto hace que decida luchar por su destino y encuentre una aliada en Valentina, a la que conoce en París y con quien comienza una relación de intereses; a su modo, ella es también una superviviente mercenaria


Ficha técnica del  libro

  • Título: El mercenario que coleccionaba obras de arte
    Autores: Wendy Guerra
    Tamaño: 1.42MB
    Nº de páginas: 439
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Gratis El mercenario que coleccionaba obras de arte – Wendy Guerra

Al traidor Bared las aguas profundas del Caribe lo sumergieron sin ritual
alguno. Miguel sería entonces el primero de nosotros en incinerar según el
juramento corporativo, aquel que establecía la voluntad de ser cremado ante
cualquier tipo de fallecimiento.
Al concluir el rito en la funeraria, me monté en una Chevy Blazer y, antes de
que pudiera prender el motor, me vi acorralado por los esbirros de la Unidad
Antiterrorista.
—¡Su licencia de conducir y los papeles del carro! —ladró con soberbia un
varón esculpido en gimnasio, disfrazado de traje y corbata, con gafas oscuras,
gestos de sádico, corte de pelo nazi y prestancia de caballero templario.
Entregué los documentos que el oficial requería y, sin precipitarme, agarré el
volante con ambas manos, lo miré calmado y, respetuosamente, averigüé:
—¿He cometido alguna infracción, señor?
—¡Demasiadas! —refunfuñó una voz ronca y pedante.
Fue entonces cuando aproveché para examinar minuciosamente al perro
sabueso, pues, aunque jamás me lo había topado, deduje que detrás de los lentes
se hallaban los ojos de Edward Marion, el gran perseguidor, un rastreador
profesional.

—Cuéntame, ¿por qué se mató tu colega? —ordenó.
Respiré profundo y, haciendo acopio de toda mi paciencia, le respondí:
—Disculpe, pero no veo la obligación.
—¿Por qué? Nos interesaría estar al tanto de qué le ocurrió a él y al otro —
susurró pegando su mentón a la ventanilla de mi auto.
—¿Al otro? No sé de qué habla —dije verdaderamente confundido.
—¿Cómo murió Ernesto Bared? ¿En qué fecha? ¿Dónde lo sepultaron? —
soltó golpeando tres veces con su mano izquierda el techo del auto.
—Quisiera tener a mi abogado presente —declaré en voz baja.
—¡No sueñes que el judío te va a auxiliar esta vez! ¿Ya se te olvidó la
temporada que te pasaste enjaulado?
—Tengo derecho a un abogado —repetí sin emoción alguna, respondiendo
como un autómata.

—¿Derechos? —chilló el agente encolerizado—. ¿Quién ha visto un
bandolero con derechos? ¡No me hagas reír, cacho de mierda! Ni siquiera eres
residente de mi país, te tenemos en la lista de indeseables y todavía me hablas a
mí de derechos. Te juro por mi santa madre que voy a regalarte una estadía
prolongada en una penitenciaría federal —soltó persignándose y besando su
mano derecha—. ¡De eso puedes estar seguro!
—Requiero la presencia de mi… —repetí como un zombi.
—¡Cállate! Entrégame tu cédula y bájate ligerito del vehículo —ordenó
endemoniado, a punto de propinarme un sopapo.
Los detectives inspeccionaron meticulosamente la camioneta y, por más que
buscaron, no hallaron evidencia alguna. No tenía conmigo ninguna señal que me
incriminara, así que esta vez forzosamente tuvieron que abortar la operación.
Decepcionado, Marion me advirtió con rabia:
—¡Les voy a partir el culo, hijos de puta, y ni la Virgen María los podrá
socorrer! —gritó el oficial en plena avenida para asombro de quienes esperaban
atentos en los semáforos.
A pesar de la amenaza, y más allá de toda vigilancia, La Hermandad siguió
fiel a su doctrina. Muy poco después del suicidio del militante, un poderoso
petardo destruyó una tienda de libros cuyo propietario enarbolaba la bandera del
libre albedrío para dialogar con La Habana.
Las autoridades no anticiparon allí la presencia de Ceballos días antes del
siniestro mientras estudiaba minuciosamente el perímetro, y tampoco
descubrieron el momento en que Arturo robaba dos automóviles para
movilizarse durante la operación. Eduardo no fue sorprendido en el instante
preciso de preparar el dispositivo, tal vez por eso, durante el mismísimo
estallido, nadie impidió a Negrín estacionar uno de aquellos autos a solo metros
del comercio, esperando ansioso la llegada su compinche.

Sin embargo, el destino tuerce los eventos arrasando impunemente a los
espíritus más intrépidos. Alejandro Grimaldi, sin nuestro conocimiento, había
sustraído ocho onzas de la mercancía que poco antes nosotros nos habíamos
apropiado en Homestead, y todo esto para mantener contenta a una venezolana
que, aparte de devota al pene del revolucionario, le rendía tributo al narcótico.
Una madrugada, mientras disfrutaba el punto más alto de su euforia, ella insistió
en que su amante probara la sustancia. Él se opuso con firmeza, pero ella tenía
sus armas para persuadirlo, y allí, en la curva que viaja de sus piernas a su
vagina, lo obligó a respirar profundo una traza del polvo mágico.
Alex gozó desmesuradamente por varias semanas y, creyéndose a salvo del
juego, perdió la perspectiva. No pudo darse cuenta de que era esa frivolidad, no
otro suceso de su peligrosa carrera, lo que lo arrastraría al fracaso.

Una madrugada, al agotársele el estimulante, ubicó frenéticamente a Vélez,
quien, sin cobrarle un centavo ni tener en cuenta la hora, le despachó unos
gramos. Alex le relató un cuento muy enredado sobre una supuesta chica que
estaba cortejando y a la que le fascinaba la coca. El colombiano, enojado por el
desvelo, no le prestó atención. El obsequio no le rindió. Cuando ya no tenía nada
más que aspirar, volvió a contactar al contrabandista, quien le vendió unas
cuantas onzas más. Grimaldi le liquidó el monto con plata de La Hermandad y
ahí empezó a ganarle el vicio. Zambullido en el embrujo de los nuevos placeres,
bajó la guardia y dejó de razonar. Se engañó al creer que la adicción no lo
arruinaría y que nosotros, sus seguidores, jamás cuestionaríamos su honradez. El
mayor traspié, el trascendental, lo dio a mediados de diciembre.

Edward Marion, consciente del hermetismo total de nuestros movimientos y
de lo complejo que resultaba la idea de infiltrarnos, cambió la estrategia.
Hacía rato se cotorreaba que era un familiar cercano de Alex quien le proveía
datos sobre posibles robos. Con mucha prudencia Marion investigó el chisme y,
cuando se cercioró de la validez del runrún, pidió autorización para intervenir la
línea telefónica de su primo hermano, Bobby Grimaldi. Durante uno de los
diálogos interceptados salió a relucir el nombre de un ex convicto que,
discretamente, contribuía con el poder judicial como soplón.


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