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El verano de la ubume

 Sinopsis del libro 

Tokyo, el periodista Sekiguchi Tatsumi decide consultar con su amigo, el librero Chuzenji Akihiko, un extraño rumor sobre la familia Kuonji: “¿Es posible que una mujer esté embarazada durante veinte meses?Kyogokudo, apodo que recibe por su librería, es un investigador de fenómenos paranormales que no cree en fantasmas. Sin embargo, en este caso hay un misterio adicional y es que el marido de la embarazada desapareció en una habitación cerrada al poco tiempo de quedarse ella encinta.Con la ayuda

de sus amigos, el detective Enokidu, el valiente policía Kiba y el lógico y racional Kyogokudo, Sekiguchi se verá envuelto en un misterio mucho más complejo y El verano de la ubume pdf perturbador de lo que inicialmente parecía. Una visión fascinante y muy valiosa de un periodo complicado de la historia de Japón que convierte el libro en una lectura imprescindible.Si te gustan los misterios psicológicos, este es uno de los mejores de los últimos tiempos.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: El verano de la ubume
    Autores: Natsuhiko Kyogoku
    Tamaño: 1.59MB
    ISBN: 9788494180217
    Nº de páginas: 643
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Está claro que debe tratarse de un rumor. Además es un chisme que no
tiene base científica o médica, uno que simplemente ha pasado de boca en
boca. Es posible que las personas que conocen el rumor, incluido tú mismo,
hayáis escuchado el final de una leyenda o de un relato de fantasmas escrito
por un novelista de tercera. La gente disfruta teorizando sobre las causas y
efectos de este tipo de maldiciones; es más, son muchos los idiotas que
intentan usar la ciencia para explicar este tipo de tonterías. No en vano existe
una llamada «ciencia de lo paranormal». Pero, bueno, eso no importa. ¿Me has
traído esta historia para que te desmonte el rumor a golpe de lógica? Imagino
que piensas usarlo para escribir uno de los macabros artículos que publicas en
las revistas para adultos. Si este era tu objetivo, no te vas a salir con la tuya.
Para terminar, Kyōgokudō toma aire y se bebe de un trago su té frío.
—¡Qué cosas tan desagradables me dices!
Me gustaría contestarle, pero tengo que admitir que todo lo que me ha
dicho es verdad en parte. Desisto y no lo contradigo.
—Sabes cuánto odio ese tipo de conjeturas ociosas y, aun así, tratas de
utilizarme. Cuando nuestras charlas pasan por tu pluma, siempre se convierten
en historias de fantasmas.
—Oye, pero a ti te gustan ese tipo de historias.
—Nadie ha dicho que no me gusten. Las historias de fantasmas, si están
bien escritas, me encantan. De hecho, estos relatos son indispensables para
comprender el pasado de las personas, su cultura y su vida espiritual. Empero,
creo que perdimos la esencia de las cosas hace mucho tiempo. Las leyendas
sobre monstruos que se contaban en las aldeas montañosas durante el periodo
Edo y las que se cuentan en las urbes modernas son totalmente diferentes. Para
los individuos de ahora, el misterio no es más que algo sin explicación. No lo
comprenden y, en lugar de admitirlo sin más, le buscan una explicación idiota.
Eso lo ha estropeado todo. Culpar a los fantasmas de cualquier problema es un
gran error. Esto es justamente lo que odio, este tipo de suposiciones tontas.
—Sin embargo, tú te dedicas a algo similar: eres exorcista. Y me han
dicho que te va muy bien.
Kyōgokudō es un kitōshi, un chamán que expulsa a los espíritus del
cuerpo de los poseídos y que exorciza a los seres malignos. Puede que esto
forme parte de su labor como sacerdote, pero no tiene nada que ver con el
sintoísmo. Para ahuyentar a los espíritus malignos recurre a técnicas de una
secta religiosa diferente, algo muy excéntrico. Dicen que sus conjuros son
sumamente efectivos, pero él no suele hablar nunca de ello.
Hay un momento de silencio, aunque no parece molesto, sino asombrado.
Empiezo a impacientarme: quiero saber lo que piensa al respecto. Hacía
mucho tiempo que quería que me hablara de ese extraño oficio suyo. Merecerá
la pena enfadarlo si así consigo que hable.
Continúo intentando provocarle.
—No te hagas el tonto. Sé que ahuyentas a los zorros y a los espíritus de
los niños muertos que se aferran a la gente. Me parece que no estás en
posición de burlarte de los fantasmas y espectros.
Por su expresión, como me temía, parece molesto. Cuando se trata de
hacer muecas de enfado, mi amigo es el mejor del mundo.
—La religión, Sekiguchi, a diferencia de lo que ocurre en los malísimos
relatos que escribes, es algo totalmente lógico. Solo se convierte en algo
misterioso si sacas de contexto las partes más singulares, como los milagros o
las apariciones. El hombre moderno rechaza la religión porque lo que más
destaca de ella es su porción más incompatible con las ciencias naturales.
Pero no es cierto que todo lo irracional sea inventado, o que solo sea una
metáfora que encierra una enseñanza moral. Hay algunos que no son más que
humo, pero otros muchos ejemplos son reales.
—La verdad es que no te entiendo. ¿Qué diantres quieres decir con eso?
No has respondido a mi pregunta.
—Bueno, escúchame —me interrumpe—. ¿Qué ganas dejándote llevar
por la fantasía, o afirmando que algo es mentira? ¿Qué obtienes concluyendo
que los misterios no son más que parábolas? Eso no niega la existencia de las
religiones en el mundo, ¿verdad? No es más que un modo en el que los ateos
se burlan de los creyentes. Y los creyentes, por su parte, desdeñan a los que no
creen. Los religiosos y los científicos están siempre discutiendo. Una parte
cree en lo que no ve, y la otra considera que si no puede verlo, no existe.
—Lo mires por donde lo mires, tu disertación es demasiado abstracta.
Por lo que he entendido, me estás diciendo que lo que antes se consideraba
incomprensible fue esclarecido por la ciencia, y que esta utiliza su
conocimiento para curar a los poseídos o eliminar las maldiciones. ¿Estoy en
lo correcto? Eres igual que esos científicos sobrenaturales a los que llamas
idiotas: es casi imposible entenderte.
—No es cierto. La ciencia tiene que ser universal. Los resultados de dos
experimentos efectuados bajo las mismas condiciones tienen que ser iguales.
Sin embargo, en el caso del pensamiento, del espíritu, de la mente, o incluso
de los dioses, no pueden usarse los mismos baremos. Aunque pertenezcan a la
misma religión, dos personas distintas arrojarán resultados distintos. Por eso
es un área de la que la ciencia no puede ocuparse. Si no han podido descubrir
cómo funciona el cerebro, es imposible que entiendan los entresijos de la
mente o el espíritu. Lo único que la ciencia no puede explicar es lo
sobrenatural, y por eso «ciencia de lo paranormal» es una contradicción total.
—¿Pero no dices que existe un puente entre la ciencia y la religión?
—Exacto, un puente que permite que los científicos vean fantasmas a
plena luz del día, y que los religiosos hagan desaparecer a los espectros sin
necesidad de usar conjuros. Lo que quiero decir es que la clave de todo está
en el cerebro.
No entiendo lo que me está diciendo.
—¿Hay alguna diferencia entre lo que acabas de decir y afirmar que los
fantasmas no existen?
—Por supuesto que la hay. Los fantasmas existen; podemos verlos,
tocarlos y El verano de la ubume epub escuchar sus voces. Empero, no existen. Y por eso no podemos usar
la ciencia para estudiarlos. Pero es erróneo decir que, como no podemos
estudiarlos, no son más que ilusiones. Porque en realidad sí existen.
Estoy completamente confundido. Kyōgokudō, mientras acaricia el borde
del jarrón, me mira como un padre cuyo hijo no deja de hacer tonterías.


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