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El zorro

Genero: Policial

 Sinopsis del libro 

La mayoría de las armas hacen lo que les pides.

La mayoría de las armas son controlables.

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¿Y si el arma más peligrosa del mundo no fuera un misil inteligente, un submarino sigiloso o un virus informático? ¿Y si, en realidad, se tratara de un chico de diecisiete años con una mente mejor que los sistemas de seguridad más sofisticados que pudiera manipular cualquier arma y volverla en contra de los más poderosos? ¿Qué no estaría dispuesta a hacer cualquier agencia de inteligencia para tenerlo de su lado?

Hay que encontrarlo y capturarlo. O protegerlo y salvarlo. Pase lo que pase, él es capaz de decantar la balanza del poder mundial y no debe caer en las manos equivocadas, porque lo que podría ocurrir a continuación es impensable… Y lo mejor de todo es que si ha sido capaz de romper nuestros sistemas de seguridad puede hacer lo mismo con nuestros enemigos.


Ficha técnica del  libro

  • Título: El Zorro
    Genero: Policial

    Tamaño: 1.61MB
    Nº de páginas: 628
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive

  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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La pareja que se besuqueaba en el área de descanso en plena noche no reparó
siquiera en el turismo que pasó junto a ellos a una velocidad muy por encima
del límite permitido.
Sin embargo, se separaron de un salto gritando asustados cuando, unos cien
metros más adelante, el vehículo se salió de la carretera y se estrelló contra un
árbol. A través del retrovisor, vieron cómo las primeras llamas parpadeantes
comenzaban a lamer el coche siniestrado al pie del tronco.
Cuando el brillo del fuego se hizo más intenso, vislumbraron una silueta
solitaria que se recortaba contra él. De pronto, todo quedó envuelto en
llamaradas cuando el depósito de gasolina se prendió y el automóvil explotó.
El joven sacó de inmediato el móvil y marcó el número de urgencias.
Al cabo de un rato llegaron una ambulancia y dos coches de bomberos, que
rociaron los restos del coche con espuma blanca hasta apagar el fuego, pero
para entonces los técnicos sanitarios ya no podían hacer nada para ayudar a la
figura encorvada y consumida por las llamas del asiento delantero. Sacaron
sus despojos y se los llevaron para que pasaran a engrosar las cifras de
víctimas de accidentes de carretera.
El personal de la morgue se encargó de la desagradable labor de
identificación. Los bolsillos traseros del pantalón de la víctima habían
sobrevivido a lo peor del incendio. En ellos había unas tarjetas de crédito más
o menos dañadas y un carné de conducir.

El pobre desgraciado que conducía a
demasiada velocidad fue identificado como Robert Thompson, un funcionario
que residía y trabajaba en Londres.
De no ser por la discreta influencia que se ejerció, tal vez los medios no se
habrían hecho eco del incidente, pero apareció en la prensa la tarde siguiente y
también el día después. De hecho, acaparó más atención en la radio, la
televisión y los periódicos de la que habría despertado en circunstancias
normales. La influencia discreta constituye un aspecto del funcionamiento de
las instituciones británicas del que, como en un iceberg, solo una pequeña
parte sale a la superficie.
La llamada telefónica se produjo después de la salida de los periódicos
matinales. Sir Adrian había conseguido que tanto el MI5 como el GCHQ de
Cheltenham le garantizaran su máxima colaboración. El servicio de seguridad
le facilitó los números de teléfono, lo que habría sorprendido en gran medida
a sus propietarios actuales, que los creían seguros.
Thames House, sede del servicio de seguridad, está a solo unos pocos
cientos de metros río abajo de «

la madre de todos los parlamentos», pero la
democracia solo llega hasta la puerta. La expulsión en masa de espías rusos
que se hacían pasar por diplomáticos después del uso del agente nervioso
Novichok en las calles de Salisbury había provocado el caos en la maquinaria
de espionaje, hasta entonces activa, que Moscú mantenía en Londres.
Se rompieron enlaces, se abortaron operaciones que estaban en marcha, se
suspendieron relaciones. Stepan Kukushkin, el recién llegado, que se había
convertido en los últimos días en el Rezident de la embajada rusa, necesitaba
más tiempo para abrirse camino.

Lo mismo podía decirse de su nuevo adjunto,
Oleg Politovski, que había sido un agente de prensa de medio pelo. Ambos
creían que sus teléfonos móviles eran seguros. Se equivocaban; estaban
pinchados.
Cerca de la embajada estaban los agentes contratados por Krilov, entre
ellos Vladímir Vinogradov, jefe de una banda y delincuente profesional, amén
de oligarca y multimillonario que se había mudado a Londres, había comprado
un equipo de fútbol y vivía en un piso de diez millones de libras en Belgravia.
Era él quien había efectuado la llamada. Estaba intervenida. El GCHQ se
había asegurado de ello. Esto no sorprendió a sir Adrian. Sabía que, detrás de
su fachada de bonachón amante del fútbol, Vinogradov era un tipo
despreciable.
En la época de Yeltsin, en Rusia, Vinogradov había sido un miembro
entusiasta de los bajos fondos que acumulaba condenas por chantaje, crimen
organizado, violación, asesinato y robo a mano armada. Había estado
encerrado en la cárcel de Lefortovo, en Moscú. Cuando comenzó el expolio de
los recursos naturales del país, él estaba en libertad y amasó una fortuna de
varios millones de dólares. Con la ayuda de burócratas corruptos, logró
comprar un campo petrolífero en Siberia a un precio irrisorio, lo que lo
convirtió en multimillonario. Después se subió al pujante carro del vozhd. De
forma misteriosa, su registro de antecedentes penales se borró de los archivos.
Envuelto en su flamante respetabilidad, emigró a Londres, donde se convirtió
en un generoso anfitrión.

Vinogradov midió sus palabras, a pesar de creer que la línea era segura. La
llamada iba dirigida a un conocido gángster albanés que controlaba su
organización en el sur de Londres, dominio en otro tiempo de la banda de
Richardson, rival de los Kray. Bujar Zogu ya había trabajado para él antes.
Había realizado varios trabajos por encargo, todos relacionados con el uso de
la violencia. Una hora después de la llamada, sir Adrian tenía la transcripción
en sus manos.


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