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En el punto de mira – Arantxa Rufo

Genero: Policial

 Sinopsis del libro 

Londres. Un letal francotirador mantiene en jaque a Scotland Yard desde hace años. Es infalible, y su habilidad para no dejar pistas le ha granjeado el apodo de el Fantasma. A su pesar, el inspector Daniel Ryman recibe el encargo de investigar su último trabajo, el asesinato de un importante multimillonario en medio de la City, a plena luz del día.
Lo que nadie imagina es que el Fantasma es una mujer, Kathleen Addams, quien interpreta a la perfección el papel de exitosa empresaria al mismo tiempo que ofrece sus servicios como asesina a sueldo con la ayuda de su socio, un conocido ******.

Cazador y presa se embarcarán en una persecución que hará tambalear sus convicciones. ¿Dónde está la línea que separa el bien y el mal? ¿Cuándo es necesario impartir justicia?

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Una novela policíaca con regusto a negra y con el ritmo de un thriller, que mantiene al lector pegado a sus páginas.


Ficha técnica del  libro

  • Título: En el punto de mira
    Autores: Arantxa Rufo
    Tamaño: 1.59MB
    Nº de páginas: 158
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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El guardaespaldas señaló un punto concreto entre los
árboles en el que ya trabajaban varios agentes. Daniel
calculó unos cuatrocientos metros como mucho. No necesitó
preguntar si estaba seguro, había señalado sin el menor
titubeo.
—¿Y qué hicieron?
—Compañero y yo salimos corriendo a allí.
—El señor Tikh… eh… —El sargento Carr tartamudeó,
incapaz de pronunciar el apellido, y se sonrojó hasta que
consiguió recuperar la compostura—. Ellos dispararon al
tirador, pero no le dieron.
Daniel observó a los guardaespaldas desde una nueva
perspectiva.
—¿Iban armados? —Asintieron con seriedad—. ¿Tienen
algún tipo de permiso para eso?
Negaron al unísono con la cabeza. El inspector se giró
hacia el agente Carr, que se cuadró con una sonrisa
orgullosa.

—Hemos requisado las armas y nos los llevaremos
detenidos cuando terminen de prestar declaración.
Daniel asintió. Los agentes de seguridad privada no
estaban autorizados a portar armas, mucho menos a
dispararlas, pero lo único que lamentaba era que no
hubieran acertado. Una parte oscura de su alma se alegró,
en cambio, de que así hubiera sido. Esa parte quería al
Fantasma para él.
—Entonces no le dieron —dijo, de vuelta al tema que le
interesaba.
Tikhvinsky negó.
—Disparé dos veces, pero no conseguí dar.
—¿Pudo verlo?
—Sí, señor, más o menos. Corría entre árboles y juraría
que vestía de verde, camuflaje a lo mejor, aunque no vi con
claridad. También pareció que lleva gorra, pero no vi más.
Corrimos a él hasta que chocamos con valla de club.
Saltamos, pero cuando llegamos a carretera a otro lado, ya
no había nadie.
—¿Era alto, bajo, delgado…?
—No sabría decir, yo corría y él también. Apenas veía la
figura entre árboles.

—¿Vieron algún coche en la carretera?
—A mí me pareció ver sombra verde oscura que se
alejaba, señor, pero no podría asegurar —habló el moreno,
por primera vez. Su acento era idéntico al de su compañero,
si bien este pronunciaba mucho mejor.
El inspector se sintió decepcionado. Era lo más cerca
que había estado nadie del Fantasma y no había sido
suficiente.
—¿Hay algo más que consideren importante?
—Señor, si permite, asesino usó silenciador.
Daniel no le preguntó cómo lo sabía. Si los juzgaba por
el mismo rasero que a los guardaespaldas de Thompson,
debía asumir que habían sido entrenados en cuerpos de
seguridad militar privada y que, por lo tanto, tenían el oído
acostumbrado a todo tipo de detonaciones. Eso explicaba
también cómo habían identificado la procedencia del disparo
con tanta facilidad.

Les dio las gracias y organizó con el sargento Carr el
traslado de los detenidos a Scotland Yard para prestar
declaración. Luego regresó con su compañero, que lo
aguardaba junto al cadáver. Daniel se colocó de espaldas a
aquel. El extraño olor que había notado al llegar era cada
vez más fuerte.
—¿Qué demonios es ese olor? —preguntó, arrugando la
nariz.
Saunders rió y señaló un punto en el suelo a pocos
metros de distancia.
—Uno de los testigos vomitó —dijo—. Este calor lo
empeora.
Varios charcos de vómito se secaban al sol bajo una
maraña de moscas que zumbaban en medio de una orgía de
comida.
—Qué asco.
—¿Es cierto? —Saunders cambió de tema— ¿Vieron al
Fantasma?
Daniel le explicó lo ocurrido. Al igual que había hecho el
inspector, el sargento maldijo decepcionado al oír cómo se les
había escapado.
—Han llamado a la unidad canina —dijo—. Van a revisar
el bosque por si encuentran algo.

—Bien. También hay que preguntar por los alrededores
si alguien vio algún vehículo sospechoso detenido en el
arcén, posiblemente de color verde oscuro. Debía de estar
muy cerca si consiguió desaparecer antes de que esos dos lo
alcanzaran.
—Casi lo consiguen…
Daniel le dio una palmada en la espalda. Sabía, por
experiencia, cómo se sentía.
Miró hacia los árboles bajo los que se suponía que el
Fantasma había disparado. La zona de seguridad acordonada
llegaba hasta allí. Un agente de la unidad forense se
distinguía con el uniforme blanco entre tanto verde como un
huevo en una ensalada césar. Daniel se acercó. El agente
forense resultó ser una mujer, pero, vestida con el mono
completo, la capucha sobre la cabeza, la mascarilla, las gafas
de protección y los guantes violetas, el inspector no lo supo
hasta que habló.
—Cuidado, por favor —dijo—, aún no he terminado
aquí.

Estaba arrodillada en el suelo. Recogía piedrecitas con
unas pinzas y las metía en bolsas transparentes. A su lado
descansaba una cámara de fotos.
—¿Encuentra algo?
—Creo que puedo asegurar que el asesino estuvo aquí
—dijo.—
¿Por qué?
La agente se quitó las gafas y la mascarilla y se secó el
sudor de la frente con la manga del traje.
—La zona está aplastada, hay hojas rotas y algunas
ramas. Creo que estuvo tumbado aquí.
Daniel se lamentó. Había estado allí, en el suelo que él
pisaba, bajo los mismos árboles que lo cubrían del sol.
¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto había esperado para conseguir su
tiro perfecto? Era un hombre con paciencia, lo había
demostrado con creces. Pero él no.
—Estoy recogiendo muestras —continuó la agente—, a
ver si tienen restos de ADN: sudor o algo así.
Daniel sintió un atisbo de esperanza. Hacía calor, ¿cómo
no iba a sudar con esa temperatura?
—Gracias.

Ella volvió a ponerse la mascarilla y las gafas y retornó
a su mundo de tierra y piedras.
Él regresó junto al cadáver. El cuerpo había sido
introducido en una bolsa de plástico negro, aunque todavía
no la habían cerrado. El rostro de la víctima, entrevisto por
la abertura, lo miraba con expresión acusadora. «Yo lo tenía
todo», parecía decir, «y lo perdí por tu culpa». Daniel asintió.
El personal de la morgue cerró la bolsa y procedió a
trasladarla hasta la furgoneta. Daniel echó una nueva ojeada
alrededor. Primero había caído Thompson, ahora Davies.
Después vendría Yates, sin ninguna duda, a no ser que
hiciera algo para evitarlo. Y la única pista de la que disponía
a esas alturas era Peter Chapman.

Regresó junto a Saunders y le preguntó por el último
socio con vida de la TYD. Su compañero confirmó que había
sido interceptado en la entrada del club. Lo estaban
trasladando, entre airadas protestas y amenazas, a un hotel
del centro, donde lo hospedarían junto a su familia. Habría
dos policías en la misma habitación y un equipo que
patrullaría los pasillos y el exterior. El jefe había dado el visto
bueno por teléfono. Por el momento no se podía hacer más.
Esa noche, por otra parte, Daniel tenía planes, aunque debía
admitir que no estaba del mejor humor posible para
enfrentarse a una primera cita, si es que se podía considerar
así a cenar con una mujer con la que ya se había acostado.
—Me voy —le dijo a Saunders—, tengo una cita.
Su compañero alzó una ceja interrogante.
—¿La pelirroja?
Daniel se sorprendió al notarse sonreír.
—Te veo mañana.


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