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Ensayo sobre la ceguera

 Sinopsis del libro 

Una ceguera blanca se expande de manera fulminante. Internados, en cuarentena o perdidos por la ciudad los ciegos deben enfrentarse a lo más  primitivo de la especie humana: la voluntad de sobrevivir a cualquier precio. José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, teje una aterradora parábola acerca del ser humano, que encierra Ensayo sobre la ceguera pdf lo más sublime y miserable de nosotros mismos.


Ficha técnica del libro

  • Título: Ensayo sobre la ceguera
    Autores: José Saramago
    Tamaño: 1.14MB
    Nº de páginas: 659
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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la escalera, calma, no empujen, ayúdense unos a otros. Era pedir demasiado, dentro
continuaba la lucha, pero el zaguán, poco a poco, fue quedando despejado gracias a
un desplazamiento más numeroso de ciegos hacia la puerta del ala derecha, allí eran
recibidos por ciegos a quienes no les importaba encaminarlos hacia la tercera sala,
libre hasta ahora, y hacia las camas que en la segunda aún estaban desocupadas. Por
un momento pareció que la batalla iba a resolverse a favor de los contagiados, no
tanto por ser ellos los más fuertes y los que más vista tenían, sino porque los ciegos,
dándose cuenta de que la entrada del otro lado estaba expedita, rompieron el contacto,
como diría el sargento en sus lecciones cuarteleras de estrategia y de táctica elemental.
No obstante, poco duró la alegría de los defensores. De la puerta del ala derecha

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empezaron a llegar voces anunciando que ya no quedaba sitio, que todas las salas
estaban llenas, hubo incluso ciegos que fueron empujados de nuevo hacia el zaguán,
exactamente en el momento en que, deshecho el tapón humano que hasta entonces
atrancaba la entrada principal, los ciegos que todavía estaban fuera, que eran muchos,
empezaban a avanzar acogiéndose al techo bajo el cual, a salvo de las amenazas de los
soldados, irían a vivir. El resultado de estos dos desplazamientos, prácticamente
simultáneos, fue que se trabó de nuevo la pelea a la entrada del ala izquierda, otra vez
golpes, de nuevo gritos, y, como si esto fuese poco, unos cuantos ciegos despistados,
que habían encontrado y forzado la puerta del zaguán que daba acceso directo al
cercado interior, empezaron a gritar que allí había muertos. Imagínese el pavor.
Retrocedieron éstos como pudieron, Ahí hay muertos, hay muertos, repetían, como si
los llamados a morir de inmediato fuesen ellos, en un segundo el zaguán volvió a ser
un remolino furioso como en los peores momentos, después la masa humana se fue
desviando en un impulso súbito y desesperado hacia el ala izquierda, llevándose todo
por delante, rota ya la línea de defensa de los contagiados, muchos que ya habían

dejado de serlo, otros que, corriendo como locos, intentaban escapar de la negra
fatalidad. Corrían en vano. Uno tras otro se fueron todos quedando ciegos, con los
ojos de repente ahogados en la hedionda marea blanca que inundaba los corredores,
las salas, el espacio entero. Fuera, en el zaguán, en el cercado, se arrastraban los
ciegos desamparados, doloridos por los golpes unos, pisoteados otros, eran sobre
todo los ancianos, las mujeres y los niños de siempre, seres en general aún o ya con
pocas defensas, milagro que no resultaran de este trance muchos más muertos por
enterrar. En el suelo, dispersos, aparte de algunos zapatos que habían perdido el pie,
había bolsos, maletas, cestos, la última riqueza de cada uno, ahora para siempre
perdida, quien venga a la rebusca dirá que lo que se lleva es suyo.

Un viejo con una venda negra en un ojo vino del cercado. O es que ha perdido
también su equipaje, o no lo trajo. Fue el primero en tropezar con los muertos, pero
no gritó. Se quedó con ellos, junto a ellos, aguardando que volvieran la paz y el
silencio. Durante una hora esperó. Ahora anda en busca de abrigo. Despacio, con los
brazos extendidos, busca el camino. Ensayo sobre la ceguera epub  Encontró la puerta de la primera sala del ala
derecha, oyó voces que venían de dentro, entonces preguntó, Hay aquí una cama para
mí.


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