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Exclusiva de amor – Sendra Black

Genero: Policial

 Sinopsis del libro 

El pasado nunca desaparece, por mucho que nos guste engañarnos y pensar que sí. El pasado se supera, aunque para ello haya que hacer sacrificios en el presente y el futuro.

Keyla Andersen, a su corta edad, es una de las abogadas más importantes del país, forma parte de una gran familia muy poderosa y teme volver a enamorarse. En su vida todo parece glamuroso, con periodistas ávidos de una exclusiva protagonizada por ella, galas benéficas, y una familia que le adora. Sin embargo, en secreto investiga el asesinato de su padre, lo que está comprometiendo la seguridad de ella y todo su entorno.

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William Knox, o simplemente Will, es un fotógrafo frustrado, en la ruina, y destrozado por las circunstancias, cuando conoce a Keyla Andersen, una joven que destila seguridad por todos los poros de su piel. Son totalmente opuestos, pero la pasión que hay entre ellos es inevitable, aunque apenas se conozcan.

Pero, cuando el pasado gana al presente, no hay nada que hacer. ¿O sí?


Ficha técnica del  libro

  • Título: Exclusiva de amor
    Autores: Sendra Black
    Tamaño: 1.56MB
    Nº de páginas: 520
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Gratis Exclusiva de amor – Sendra Black

Mi verdadera tortura empezó cuando su lengua cayó sobre mi intimidad.
Los gemidos que se escapaban de mis labios llenaron la habitación,
provocando que un temor creciera en mí por si, de alguna manera, alguien me
oía y nos pillaba.
Sin embargo, todas mis preocupaciones cesaron cuando, junto a su
rápida lengua, se unieron a la tortura sus dedos. Era incapaz de contenerme,
estaba desatada.
—Más —exigí.
—Pronto, nena.
Sus movimientos eran implacables, haciéndome rozar el cielo. Jefferson
jugaba con mi clítoris y me penetraba con los dedos, humedeciéndome y
dilatándome.

—Me encantas —volvió a hablar, incorporándose y rebuscando algo en
sus bolsillos. Me fijé en el bulto que se había formado en su entrepierna y la
boca se me hizo agua—. ¿Me lo pones?
Jeff había sacado un condón de algún sitio, me lo tendió e hice algo que
yo sabía que le encantaba: bajé de la mesa, me arrodillé en el suelo,
desabroché sus pantalones para tener acceso a su miembro, coloqué el
preservativo en el glande y, con mucha lentitud y sin apartar la vista de sus
ojos, terminé de ponérselo con ayudaba de la boca.
Era algo que había aprendido en mis años de estudiante y que, si lo
hacías bien, te aseguraba pasar un buen rato después.
Por supuesto, el truco había funcionado con Jefferson, por lo que en
unos segundos estaba recostada de nuevo en la mesa, con la falda subida
hasta las caderas, y con él dentro de mí.
—Ah —gemí con una de sus estocadas profundas.

El sexo con Jefferson Lang era así, apasionado e intenso, aunque
habíamos acabado desarrollando un vínculo más fuerte, algo parecido al
amor. Varios minutos después, cuando yo estaba al borde del clímax, el ritmo
de sus embestidas aumentó notablemente, haciendo que el placer alcanzara
un nuevo nivel.
Así continuó hasta que alcancé el primer orgasmo, pero, para cuando
quise darme cuenta, Jeff me levantó y cambió mi postura de tal forma que
quedé reclinada sobre la mesa, con mi amante detrás.
Jeff llegó a su clímax justo cuando yo estaba alcanzando el segundo, y
fue espectacular.
—Realmente te echaba de menos —dijo, aun dentro de mí, mientras se
dejaba caer contra mí unos segundos.
—Me encanta tu forma de demostrármelo —reí.
Pronto caímos en la cuenta de donde nos encontrábamos, por lo que
decidimos asearnos un poco y, por supuesto, recoger todo el estropicio que
habíamos armado.
—¡El taxista! —exclamé al ver que hacía casi una hora que había pedido
que lo llamaran.
Jefferson se asomó a la ventana del despacho y soltó una carcajada que
puso mi estómago del revés.

—Sigue ahí —informó—. Súbete en él y ve a mi casa. Yo pagaré el
viaje.
—Odio esta situación… —dije por toda respuesta.
Keyla me había advertido mil y una veces que, si por alguna casualidad
del destino, la otra parte del divorcio se enteraba de que el demandante estaba
manteniendo una relación con la abogada titular, el caso podría irse al traste.
Yo comprendía eso, pero era una situación que empezaba a cansarme. El
sólo poder ver a Jefferson a escondidas, por muy informal que fuera nuestra
relación, conseguía amargarme. Si bien la razón era de peso, pues podrían
usar el romance en nuestra contra y perderíamos el caso, a veces deseaba
plantarme en mitad de Times Square y gritarle a todo el mundo que entre
nosotros había algo.
Las manos de mi acompañante me rodearon la cintura, y su barbilla fue
a pasar sobre mi hombro.
—Sólo un poco más, nena —intentó infundirme ánimos—. Cuando todo
esto pase lo nuestro será público.

—Ya he oído eso antes, Jefferson —espeté—. Me niego a ser una más
de esas ingenuas que se pasan la vida esperando a que su…
—Morgan… Yo no cruzo un océano por cualquiera —me interrumpió
—. Y tú has logrado que coja un avión y venga aquí directamente.
—Pero…
—Confía en mí —volvió a cortarme—. Te he buscado durante años, y
creí encontrarte en una mujer que sólo quiere mi dinero. Ahora sé que ella
sólo era una intermediaría para llegar a ti.
Sus palabras me derritieron por completo, sumiendo a mi corazón en
una cálida calma.
«Ten fe. Confía en él» susurraba una voz en mi interior.
—Simplemente, no me hagas daño —susurré.
Juntos fuimos hasta el ascensor, pero, mientras yo me quedaba en la
recepción, él descendió hasta el aparcamiento, done había aparcado su coche.
Salí a la calle y fui hasta el taxi que, pacientemente, había esperado a
que saliera del edificio.
—Siento la tardanza —dije a modo de saludo—. A la Quinta con
Madison, por favor.
—Eso está hecho.
El trayecto duró poco menos de media hora, tiempo que aproveché para
comprobar el estado de salud de Keyla.
Cuando el taxi paró en la esquina que daba a Madison, aprecié la figura
imponente de un hombre que me esperaba y que, sin esperar a que el
conductor dijera cuanto valía el trayecto, lazó un billete de cincuenta dólares
al asiento del copiloto.

Al principio no me había hecho gracia que Jeff se empeñara en pagar
mis cosas más inmediatas, como las carreras de los taxis, puesto que yo tenía
un buen sueldo. A pesar de eso, pronto desistí, justo cuando me di cuenta de
que, para él, pagar pequeñas cosas, era una forma de cuidar de mí, y no un
alarde de su fortuna.


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