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Fahrenheit 451

Genero: Drama

 Sinopsis del libro 

Fahrenheit 451 pdf : la temperatura a la que el papel se enciende y arde. Guy Montag es un bombero y el trabajo de un bombero es quemar libros, que están prohibidos porque son causa de discordia y sufrimiento. El Sabueso Mecánico del Departamento de Incendios, armado con una letal inyección hipodérmica, escoltado por helicópteros, está preparado para rastrear a los disidentes que aún conservan y leen libros. Como «1984», de George Orwell, como «Un mundo feliz», de Aldous Huxley, «Fahrenheit 451» describe una civilización occidental esclavizada por los medios, los tranquilizantes y el conformismo.

La visión de Bradbury es asombrosamente profética: pantallas de televisión que ocupan paredes y exhiben folletines interactivos; avenidas donde los coches corren a 150 kilómetros por hora persiguiendo a peatones; una población que no escucha otra cosa que una insípida corriente de música y noticias transmitidas por unos diminutos auriculares insertados en las orejas.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Fahrenheit 451
    Genero: Drama

    Tamaño: 0.81MB
    Nº de páginas: 589
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive

  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Debiste pensarlo antes de hacerte bombero.
—¡Pensarlo! —dijo Montag—. ¿Acaso tuve ocasión de elegir? Mi abuelo y
mi padre fueron bomberos. Soñaba con imitarlos.
La sala tocaba un aire de danza.
—Hoy trabajas en el primer turno —dijo Mildred—. Tenías que haber salido
hace más de dos horas. No me acordaba.
—No se trata sólo de la mujer que murió —dijo Montag—. Anoche pensé en
todo el queroseno que usé en los últimos diez años. Y pensé en los libros. Y por
primera vez comprendí que detrás de cada libro hay un hombre. Un hombre que
tuvo que pensarlo. Un hombre que empleó mucho tiempo en llevarlo al papel.
Nunca se me había ocurrido. —Montag dejó la cama—. Y a algún hombre le
costó quizá una vida entera expresar sus pensamientos, y de pronto llego yo y
¡bum!, y en dos minutos todo ha terminado.
—Déjame tranquila —dijo Mildred—. Yo no he hecho nada.
—¡Que te deje tranquila! Está bien, pero ¿quién me tranquiliza a mí? No
necesitamos estar tranquilos. A veces debemos preocuparnos. ¿Desde cuándo no
estás realmente preocupada? Preocupada por algo importante, algo verdadero.
Y en seguida Montag calló. Recordó la semana pasada y las dos estatuas de
piedra con los ojos clavados en el techo, y la bomba-serpiente, con un ojo sonda.
Y los dos hombres de cara de jabón hablaban y los cigarrillos se les movían entre
los labios. Pero aquélla era otra Mildred, una Mildred hundida tan profundamente
en esta otra, y tan preocupada, tan realmente preocupada, que las dos mujeres
no se habían encontrado nunca. Montag se volvió.
—Bueno —le dijo Mildred—. Ya lo hiciste. Mira quién está. Fuera de la casa.
—No me importa.
—Acaba de llegar un coche Fénix, y un hombre de camisa negra, con una
serpiente anaranjada bordada en la manga, viene hacia aquí.
—¿El capitán Beatty? —preguntó Montag.
—El capitán Beatty.
Montag no se movió. Se quedó mirando, fijamente, la blancura fría de la
pared.
—Ve a recibirlo, ¿quieres? Dile que estoy enfermo.
—¡Díselo tú!
Mildred dio rápidamente unos pasos a la izquierda, otros pasos a la derecha, y
se detuvo, con los ojos muy abiertos. El altoparlante de la puerta la llamaba en
voz baja: señora Montag, señora Montag, alguien vino, alguien vino, señora
Montag, señora Montag, alguien vino. Luego silencio.
Montag comprobó si el libro estaba bien escondido bajo la almohada, volvió a
acostarse, lentamente, arregló la colcha sobre las rodillas y el pecho, se
incorporó a medias, y Mildred salió del cuarto, y el capitán Beatty entró a
grandes pasos con las manos en los bolsillos.
—Apague a los « parientes» —dijo Beatty echando una ojeada a todo
excepto a Montag y su mujer.
Mildred corrió esta vez. Las voces dejaron de aullar en la sala.
El capitán Beatty se sentó en la más cómoda de las sillas con una expresión
serena en la cara rubicunda. Preparó y encendió lentamente su pipa de bronce y
lanzó una gran bocanada de humo.
—Pasaba por aquí y se me ocurrió ver al enfermo.
—¿Cómo lo supo?
Beatty sonrió con una sonrisa que exhibía el rosado de caramelo de las encías
y la blancura de caramelo de los dientes.
—Me lo imaginé. Ibas a pedir franco esta noche.
Montag se sentó en la cama.
—Bueno —dijo Beatty—, ¡tómate la noche! —Examinó la caja de cerillas
eternas. En la tapa se leía: garantizadas: encienden un millón de veces. Beatty
tomó una cerilla y la frotó distraídamente contra un costado de la caja,
encendiéndola, apagándola, encendiéndola, apagándola, encendiéndola, diciendo
alguna frase, apagándola. Observó la llama. Sopló. Observó el humo—. ¿Cuándo
estarás bien?
—Mañana. Pasado mañana quizá. Los primeros días de la semana que viene.
Beatty aspiró una bocanada de humo.
—Todo bombero —dijo— tarde o temprano pasa por esto. Sólo les falta
entender, saber cómo funciona la máquina. Conocer la historia de la profesión.
Hoy apenas se informa a los novicios. Es lamentable. —Una bocanada—. Sólo
los jefes lo recuerdan. —Otra bocanada—. Te diré de qué se trata.
Mildred se movió, inquieta.
Beatty tardó un minuto en acomodarse y recordar qué quería decir.
—¿Cuándo comenzó todo esto, te preguntas, este trabajo, cómo se organizó,
cuándo, dónde? Bueno, yo diría que comenzó realmente en una llamada Guerra
Civil. Aunque según nuestro reglamento fue fundado antes. Pero en verdad no
progresamos hasta que apareció la fotografía. Luego las películas
cinematográficas, a principios del siglo veinte. La radio. La televisión. Las cosas
comenzaron a ser masa.
Montag no se movía.
—Y como eran masa, se hicieron más simples —dijo Beatty—. En otro
tiempo los libros atraían la atención de unos pocos, aquí, allá, en todas partes.
Podían ser distintos. Había espacio en el mundo. Pero luego el mundo se llenó de
ojos, y codos, y bocas. Doble, triple, cuádruple población. Películas y radios,
revistas, libros descendieron hasta convertirse en una pasta de budín, ¿me
entiendes?
—Creo que sí.

Beatty contempló las formas del humo que había lanzado al aire.
—Píntate la escena. El hombre del siglo diecinueve con sus caballos, sus
carretas, sus perros: movimiento lento. Luego, el siglo veinte: cámara rápida.
Libros más cortos. Condensaciones. Digestos. Formato chico. La mordaza, la
instantánea.

—La instantánea —repitió Mildred asintiendo con movimientos de cabeza.
—Los clásicos reducidos a audiciones de radio de quince minutos; reducidos
otra vez a una columna impresa de dos minutos, resumidos luego en un
diccionario en diez o doce líneas. Exagero, por supuesto. Los diccionarios eran
obras de consulta. Pero muchos sólo conocían de Hamlet (tú seguramente
conoces el título, Montag; para Fahrenheit 451 epub usted probablemente es sólo el débil rumor de un
título, señora Montag), muchos, repito, sólo conocían de Hamlet un resumen de
una página en un libro que decía:

Ahora usted puede leer todos los clásicos.
Lúzcase en sociedad. ¿Comprendeos? Del jardín de infantes al colegio, y vuelta al
jardín de infantes. Ése ha sido el desarrollo espiritual del hombre durante los
últimos cinco siglos.


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