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Gente que viene y bah

 Sinopsis del libro 

Cuando preparábamos la primera novela de la desconocida debutante Laura Norton, afirmamos desde el más absoluto convencimiento lo siguiente: «La historia que está deseando leer cualquier chica entre 18 y 98 años. Agradecerás que te lo recomienden… y lo recomendarás». No podíamos saber que, más que formulando un deseo, estábamos haciendo una profecía: la novela fue uno de los exitazos de 2014.

Ahora, nos atrevemos a decir que su segundo libro nos dará muchas alegrías. Por nosotros no va a quedar… y por la autora, menos: De Bea, la arquitecta joven, talentosa y guapilla que protagoniza esta novela, no se puede decir que sea gilipollas, pero de lo que no se puede dudar es de que su karma es tirando a pésimo: en la misma semana, pilla a su novio (perdón, su prometido)

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enrollándose con una de las presentadoras más monas de la tele, para, acto seguido, ser despedida con una indemnización ridícula. Con el desastre en los talones, Bea no tiene más remedio que volver a su pueblo natal, donde, además de un paisaje idílico, le espera un futuro incierto, una familia como poco peculiar… y un vecino digamos que «misterioso».


Ficha técnica del  libro

  • Título: Gente que viene y bah
    Autores: Laura Norton
    Serie: I de Norton
    Tamaño: 1.70MB
    Nº de páginas: 601
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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La niña sentada con su madre en el asiento de al lado en el Alvia destino a Cantabria no tendría más de tres años y ya sabía contar hasta diez en inglés, y también los colores.

—¿De qué color tiene el pelo la chica?

La chica era yo.

Brown.

—¿Y sus pantalones?

—Los pantalones son blue.

—¿Y la camiseta?

Pink.

¿Y el alma? ¿De qué color tiene el alma la chica?, pensé. Si dice «black» le doy un caramelo. O mejor que conteste que no tengo alma, que el alma no existe, que es un invento de los curas. Si contesta eso, la llevo a la tele.

—¿Y el corazón?

Yo ahí miré a la madre, no podía ser verdad que le hubiera preguntado a su hija de qué color tenía yo el corazón. Y luego fijé mi mirada en la niña de manera amenazante. A ver qué se te ocurre contestar, espabilada. La niña debió de notar mis ojos cargados de ira porque solo se atrevió a decir:

Aydonou.

Red, su corazón es red. Si no fuera red, estaría muerta —le dijo. Y yo noté una sonrisilla maliciosa.

La madre que la parió. ¿Pero qué clase de monstruo tenía esa pobre niña por madre? ¿Y qué sabía esa sobre mi corazón? ¿Acaso era tan transparente la coraza que me había puesto? ¿Acaso se vislumbraba desde su distancia que yo tenía el corazón partío y que más que rojo estaba tirando a grey, more black than grey?

Miré el móvil. El símbolo de la batería estaba en rojo. Diez por ciento restante. Mierda. Tenía que cargar el maldito móvil. No es que estuviera esperando una llamada de Víctor, o sí, no sé. Seguía hecha un lío. Y sobre todo después del lío que había armado. Ay, no, no podía ni pensarlo. Qué bochorno. Y por eso solo se me había ocurrido coger ese tren que me llevaba a casa de mis padres. Como una niña pequeña que busca consuelo, refugio, cariño y, cómo no, un poco de perspectiva.

Perspectiva que seguro obtenía de mis hermanas, no ya solo por sus sabios consejos, sino porque es pisar la casa de mis padres y enseguida te ves inmersa en los dramas de todos. Y eso necesitaba yo, refugio, bullicio familiar, cualquier cosa que me alejara de Madrid, de mi drama y de los telediarios de las tres. Y con mi familia podía mostrarme fuerte, porque todos tenían una imagen de mí de mujer que puede con todo, de mujer independiente que no se derrumba ante nada. Y ahora necesitaba estar rodeada de personas que me vieran así para que me resultara mucho más fácil comportarme de esa manera. Porque casi por inercia, o por costumbre, o porque es mucho más cómodo, acabamos por actuar de la manera en que la gente cree que somos. Si estás con un amigo que cree que eres la más simpática —

no es mi caso pero como ejemplo vale—, tú te comportarás de esa manera para no decepcionarlo. Si quedas con una amiga que siempre alaba tu rapidez mental, tú te mostrarás incisiva. Y así. Por eso pensé que unos días con mi familia podrían servir para dejar de lado mi yo más histérico y sacar a relucir a la persona sensata que yo sabía que había en mí. Y para qué engañarme, sobre todo quería huir de las portadas de las revistas donde salía Víctor con ella. Porque en muy poco tiempo la noticia se había propagado a una velocidad de vértigo. ¿Pero por qué les había dado por ellos? Con todos los famosos que se lían y se deslían, ¿tenían que fijarse en la chica del telediario y su nueva conquista?

Lo malo es que los primeros pasos de mi plan de fuga no estaban saliendo exactamente como esperaba y eso me tenía un poquito crispada. Porque en el quiosco de la estación del tren ya me había encontrado cientos de revistas con la nueva pareja, y en el vagón ya había pillado a dos chicas, y a un señor, al que no le pegaba nada leer prensa del corazón, concentrados en la noticia. Y eso me estaba poniendo de muy mala leche. Qué poco me gustaba que las cosas no salieran como esperaba. Yo ya había decidido que en el momento en que montara en el tren, Víctor y la chica del telediario desaparecerían como por arte de magia. Que no fuera así me tenía con los nervios a flor de piel.

Volví a mirar el móvil. Como si a base de mirarlo la batería se fuera a cargar sola. Si no va a llamar, lo sabes. Si no va a llamar. ¿Y para qué? ¿Se lo cogerías? ¿Eh? Después de la que montaste cuando lo fuiste a ver, después de la que montaste los días siguientes, ¿tú llamarías? No. Claro que no.

Pero aun así yo necesitaba el móvil operativo. Por si acaso. Necesitaba estar conectada. Era mi cordón umbilical con el mundo. Aunque ahora mismo quisiera desaparecer del mundo. Pero yo necesitaba ese cordón. Lo necesitaba.


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