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Historia de mi ansia

Genero: Ciencias

 Sinopsis del libro 

En las lista de los más vendidos en Italia durante meses. Una novela sobre la pasión y la valentía para enfrentarse a un futuro incierto.

Lea Vincre es una mujer de 49 años, casada y madre de tres hijos, con una carrera sólida como escritora y una característica que comparte con muchos de los habitantes del mundo occidental, la de sentir infelicidad sin un motivo aparente. Vive a la sombra de una ansiedad que posee una forma antigua, femenina, heredada de su madre y de todas las mujeres que están al cargo de las cargas del mundo.

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A su alrededor, la indiferencia de su marido. Y de repente, un diagnóstico, una enfermedad que abre una ranura para encuentros insólitos y para una nueva Lea, que se revela con una fuerza de feroz vitalidad.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Historia de mi ansia
    Genero: Ciencias

    Tamaño: 0.90MB
    Nº de páginas: 864
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive

  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Me encuentra la vena al tercer intento, después de haber roto las dos primeras.
Me hace daño. La doctora amable de mirada alucinada me explica que tengo
las venas pequeñas y que le cuesta encontrarlas.
-Lamento hacerle daño. Dígale al doctor Venturi, el que le puso la vía la
otra vez, que lo hizo mejor que yo. Se alegrará de saberlo.
Es algo que podría haber dicho yo. Esta mujer parece exhausta y
avergonzada de su impotencia. Con sus enormes ojos de un azul misterioso
parece decirme: «Estoy aquí y hago lo que puedo, pero el dolor es inevitable».
Es anestesista. La asistente del médico que me introdujo la aguja y evitó el
PICC la primera vez. Él está de vacaciones.
-Así que ahora yo soy la responsable del departamento. Y hoy tengo
operaciones hasta la noche -dice. Parece muy cansada y resignada-: Cuando
estoy yo, siempre hay algo que sale mal.
Me dan ganas de consolarla.
-La primera vez es más fácil. Luego las venas se vuelven listas y se
escapan. No se preocupe por mí -le digo.
Shlomo ha ido a admisiones y cuando vuelve me encuentra con la aguja
clavada en la mano y los ojos bañados en lágrimas.

Cuando nos quedamos
solos, me echo a llorar. Por el dolor que he sentido y por el que me espera a
partir de ahora cada vez que me saquen sangre. Y me tendrán que sacar sangre
durante toda la vida.
Al cabo de media hora llega Tagliavini, el jefe de oncología. Solo lo he
visto una vez, normalmente está su ayudante, la doctora Azzurra. No he
acudido nunca a él porque es demasiado sincero y preciso: me deprime.
Dice que la analítica ha salido bien, aparte de la hemoglobina un poco
baja, y que se puede proceder con la quimioterapia. Le confieso que me he
encontrado tan mal que hasta hace una semana no tenía intención de continuar.
-Tiene razón -responde él-. No hay evidencias que nos indiquen si la
quimioterapia funciona o no. Es solo una medida de seguridad. Además, el
tipo de tumor que tiene usted es poco frecuente, no sabemos qué es lo mejor,
vamos un poco a ciegas.
-Muy tranquilizador -comento.
No creo que capte la ironía, pues me mira como si le hubiera hecho un
cumplido.
-Pero en vista de que se ha encontrado muy mal, le vamos a administrar un
tratamiento un veinticinco por ciento menos agresivo. Luego iremos viendo
cada vez si hay que seguir y cómo.
Lo ha dicho en un tono más dulce, pero sus argumentos racionales y
honestos no me reconfortan. Quisiera oírle decir que tienen la certeza de que
lo que hacen es útil, que me curaré con total seguridad.

En cambio, no saben nada. No saben si la quimioterapia servirá de algo.
No saben si volveré a ponerme enferma, ni cuándo. Proceden basándose en
protocolos y estadísticas. Y eso que en este centro trabajan los mejores
médicos.
Por tanto, yo no sé cuánto tiempo viviré ni cómo. No sé nada. Tengo que
vivir día a día, completar los cuatro ciclos de quimioterapia («En otros
centros, para un tipo de tumor como el suyo le habrían dado ocho ciclos») y
cruzar los dedos para que el tumor no se me reproduzca en el páncreas, en el
hígado, en los pulmones, en los huesos o quién sabe dónde.
La verdad es un agujero negro. No tengo ninguna certeza, excepto que aún
estoy viva.
20
El pelo se me cae a puñados. Doy asco. Tengo una raya de cinco centímetros
de ancho y luego unos cuantos pelos ralos, sin brillo, como esas ancianas
dejadas que veo a veces cuando voy a comprar. No sé qué me esperaba. Me
siento estúpida: infravaloro las cosas importantes y sobrevaloro las que a la
postre son irrelevantes. No estaba preparada para el disgusto que me llevo
cada vez que me miro al espejo. Toda la vida me he dicho a mí misma que era
audaz, que no le tenía miedo a nada, pero en realidad soy como los demás.
Peor que los demás. Me da vergüenza que los chicos me vean, no quiero que
se pongan tristes. Los jóvenes no tienen anticuerpos para la desolación. No sé
qué pensaba: ¿que me raparía el pelo como Sinéad O’Connor o como Demi
Moore en La teniente O’Neil y que estaría igual de guapa que ellas? La verdad
es que no hay mucho que rapar: estoy desplumada y mi aspecto impresiona. La
quimioterapia no tiene nada de heroico. Solo náuseas, miseria, fragilidad y
veneno.

A mis cuarenta y nueve años, he descubierto que soy débil. Más que una
guerrera, soy una cobarde. No quiero sufrir, no quiero luchar. Para
consolarme, pienso en Suiza y en la eutanasia. Si el tumor se reproduce, yo
acabo con todo, me largo. No vuelvo a poner los pies en un hospital, huyo,
corto la cuerda. Pienso en mis novelas, en cuando hablaba de las
enfermedades como si fueran pruebas, oportunidades, incluso momentos de
redención. Y es verdad, mientras solo afecten a los personajes. El dolor físico
es un asco. Recuerdo que yo misma me ponía inyecciones de antibiótico y me
burlaba de quienes no soportaban las agujas: ahora me entran náuseas solo de
ver una escena de hospital en la tele. Y le tengo pánico a las náuseas. No
quiero hablar de la enfermedad, ni de cómo me encuentro ni de médicos y
tratamientos. No quiero recordar las analíticas ni los tratamientos
intravenosos. No puedo, me entran ganas de vomitar, como si me estuvieran
torturando.


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