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La casa de los espíritus

 Sinopsis del libro 

Primera Novela de Isabel Allende que nos narra la historia de un poderosa familia de terratenientes latinoamericanos. El depósito patriarca Esteban Trueba ha construido con mano de hierro un imperio privado que empieza a tambalearse a raíz del paso del tiempo y de La casa de los espíritus pdf un entorno social explosivo. Finalmente, la decadencia personal de patriarca arrastrará a los Trueba a una dolorosa desintegración.

Atrapados en unas dramáticas relaciones familiares, los personajes de esta pNortentosa Novela encarnan las tensiones sociales y espirituales de una época que abarca gran parte de este siglo. Con ternura e impecable factura literaria, Isabel Allende perfila el destino de sus personajes como parte indisoluble del destino colectivo de América Latina, marcado por el mestizaje, las injusticias sociales y la búsqueda de la propia identidad.

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Ficha técnica del libro

  • Título: La casa de los espíritus
    Autores: Isabel Allende
    Tamaño: 1.87MB
    Nº de páginas: 431
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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acababan con los melones, entraban en la lechería y la leche amanecía agria y llena de
minúsculos cadáveres, se introducían en los gallineros y se devoraban a los pollos
vivos, dejando un desperdicio de plumas y unos huesitos de lástima. Hacían caminos
dentro de la casa, entraban por las cañerías, se apoderaban de la despensa, todo lo que
se cocinaba había que comérselo al instante, porque si quedaba unos minutos sobre la
mesa, llegaban en procesión y se lo zampaban. Pedro Segundo García las combatió
con agua y fuego y enterró esponjas empapadas en miel de abejas, para que se
juntaran atraídas por el dulce y poderlas matar a mansalva, pero todo fue inútil.
Esteban Trueba se fue al pueblo y regresó cargado con pesticidas de todas las marcas
conocidas, en polvo, en líquido y en píldoras y echó tanto por todos lados, que no se
podían comer las verduras porque daban retorcijones de barriga. Pero las hormigas
siguieron apareciendo y multiplicándose, cada día más insolentes y decididas. Esteban
se fue otra vez al pueblo y puso un telegrama a la capital. Tres días después

desembarcó en la estación míster Brown, un gringo enano, provisto de una maleta
misteriosa, que Esteban presentó como técnico agrícola experto en insecticidas.
Después de refrescarse con una jarra de vino con frutas, desplegó su maleta sobre la
mesa. Extrajo un arsenal de instrumentos nunca vistos y procedió a coger una hormiga
y observarla detenidamente con un microscopio.
—¿Qué le mira tanto, míster, si son todas iguales? —dijo Pedro Segundo García.
El gringo no le contestó. Cuando acabó de identificar la raza, el estilo de vida, la
ubicación de sus madrigueras, sus hábitos y hasta sus más secretas intenciones, había
pasado una semana y las hormigas se estaban metiendo en las camas de los niños, se
habían comido las reservas de alimento para el invierno y comenzaban a atacar a los
caballos y a las vacas. Entonces míster Brown explicó que había que fumigarlas con
un producto de su invención que volvía estériles a los machos, con lo cual dejaban de
multiplicarse y luego debían rociarlas con otro veneno, también de su invención, que

provocaba una enfermedad mortal en las hembras, y eso, aseguró, acabaría con el
problema.
—¿En cuánto tiempo? —preguntó Esteban Trueba que de la impaciencia estaba
pasando a la furia.
—Un mes —dijo míster Brown.
—Para entonces ya se habrán comido hasta los humanos, míster —dijo Pedro
Segundo García—. Si me lo permite, patrón, voy a llamar a mi padre. Hace tres
semanas que me está diciendo que él conoce un remedio para la plaga. Yo creo que
son cosas de viejo, pero no perdemos nada con probar.
Llamaron al viejo Pedro García, que llegó arrastrando sus pies, tan oscuro,
empequeñecido y desdentado, que Esteban se sobresaltó al comprobar el paso del
tiempo. El viejo escuchó con el sombrero en la mano, mirando el suelo y masticando
el aire con sus encías desnudas. Después pidió un pañuelo blanco, que Férula le trajo

seguido por todos los habitantes de la casa y por el enano extranjero, que sonreía con
desprecio, ¡estos bárbaros, oh God! El anciano se encuclilló con dificultad y comenzó
a juntar hormigas. Cuando tuvo un puñado, las puso dentro del pañuelo, anudó las
cuatro puntas y metió el atadito en su sombrero.
—Les voy a mostrar el camino, para que se vayan, hormigas, y para que se lleven
a las demás —dijo.
El viejo se subió en un caballo y se fue al paso murmurando consejos y
recomendaciones para las hormigas, oraciones de sabiduría y fórmulas de
encantamiento. Lo vieron alejarse rumbo al límite de la propiedad. El gringo se sentó
en el suelo a reírse como un enajenado, hasta que Pedro Segundo García lo sacudió.
—Vaya a reírse de su abuela, míster, mire que el viejo es mi padre —le advirtió.
Al atardecer regresó Pedro García. Desmontó lentamente, dijo al patrón que había
puesto a las hormigas en la carretera y se fue a su casa. Estaba cansado. A la mañana
siguiente vieron que no había hormigas en la cocina, tampoco en la despensa,
buscaron en el granero, en el establo, en los gallineros, salieron a los potreros, fueron
hasta el río, revisaron todo y no encontraron una sola, ni para muestra. El técnico se
puso frenético.
—¡Tener que decirme cómo hacer eso! —clamaba.
—Hablándoles, pues, míster. Dígales que se vayan, que aquí están molestando y
ellas entienden —explicó Pedro García, el viejo.
Clara fue la única que consideró natural el procedimiento. Férula se aferró a eso
para decir que se encontraban en un hoyo, en una región inhumana, donde no

funcionaban las leyes de Dios ni el progreso de la ciencia, que cualquier día iban a
empezar a volar en escobas, pero Esteban Trueba la hizo callar: no quería que le
metieran nuevas ideas en la cabeza a su mujer. En los últimos días Clara había vuelto a
sus quehaceres lunáticos, a hablar con los aparecidos y a pasar horas escribiendo en
los cuadernos de anotar la vida. Cuando perdió interés por la escuela, el taller de
costura o los mítines feministas y La casa de los espíritus epub volvió a opinar que todo era muy bonito,
comprendieron que otra vez estaba encinta.
—¡Por culpa tuya! —gritó Férula a su hermano.


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