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La trenza

Genero: Drama

La trenza Sinopsis

NDIA. En Badlapur, la intocable Smita sobrevive recogiendo los excrementos de una casta superior. Resignada a su condición, está decidida en cambio a que su hija no siga sus pasos: la pequeña irá a la escuela y su vida será digna y provechosa, aunque para ello Smita tenga que desafiar las normas establecidas.

ITALIA. A Giulia le encanta trabajar en el taller familiar, el último de Palermo que confecciona pelucas con pelo auténtico. Hubiera podido ir a la universidad, pero dejó el instituto con dieciséis años para iniciarse en los secretos de este oficio. Cuando su padre sufre un accidente y Giulia descubre que el negocio está al borde de la quiebra, afronta la adversidad con valentía y determinación.

CANADÁ. Sarah es una abogada de éxito en Montreal que lo ha sacrificado todo por su carrera: dos matrimonios fallidos y tres hijos a los que no ha visto crecer. Un día, tras caer desmayada en el transcurso de un juicio, Sarah comprende que su vida ha dado un vuelco y que deberá escoger lo que de verdad le importa.

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Smita, Giulia y Sarah no se conocen, pero tienen en común el empuje y el tesón de las mujeres que rechazan lo que el destino les ha reservado y se rebelan contra las circunstancias que las oprimen. Como hilos invisibles, sus caminos se entrelazan, formando una trenza que simboliza la voluntad inquebrantable de vivir con esperanza e ilusión.


Ficha técnica

Título: La trenza

Genero: Drama

Nº de páginas: 356
Idioma: Español
OS: iOs, Android, Windows
Servidores: Google drive, 1Fichier, Zippyshare, y Onedrive


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Todas las mañanas el mismo ritual, como un disco rayado que repite hasta el
infinito una música infernal: Smita se despierta en la choza que le sirve de
hogar, junto a los campos cultivados por los jats. Se lava la cara y los pies
con el agua que sacó la tarde anterior del pozo que les está reservado. El otro,
el de las castas superiores, no se plantea ni tocarlo, aunque esté cerca y sea
más accesible. Algunos han muerto por menos que eso. Se viste, peina a Lalita
y le da un beso a Nagarajan.

Luego, coge el cesto de juncos trenzados, el
mismo que usaba su madre antes que ella y que le revuelve el estómago sólo
con verlo, un cesto con un olor persistente, acre e imborrable, que Smita lleva
todo el día como quien carga una cruz o un lastre vergonzoso. Ese cesto es su
calvario. Una maldición. Un castigo. Tiene que expiar algo, pagar por algo que
debió de hacer en una vida anterior. Después de todo, como decía su madre,
esta vida no tiene más importancia que las anteriores, ni que las siguientes,
sólo es una vida más. Es así, es la suya.

Es su dharma, su deber, su lugar en el mundo. Un oficio que se transmite de
madre a hija desde hace generaciones: scavenger, una palabra que en inglés
designa a aquellos que hurgan en los desechos. Un nombre aséptico para una
realidad que no lo es en absoluto. No hay palabras para describir lo que hace
Smita. Se pasa el día recogiendo la mierda de los demás con las manos
desnudas. Cuando su madre la hizo acompañarla por primera vez, ella tenía
seis años, los mismos que Lalita ahora. Fíjate y luego lo haces tú. Smita
recuerda el olor, que la asaltó con la misma violencia que un enjambre de
avispas, un olor insoportable, inhumano. Vomitó al borde del camino. Ya te
acostumbrarás, le dijo su madre. Mentira. Una no se acostumbra. Smita
aprendió a aguantar la respiración, a vivir en apnea. Hay que respirar, le dijo
el médico del pueblo, mire cómo tose. Hay que comer. Smita perdió el apetito
hace mucho tiempo. Ya no se acuerda de lo que es tener hambre. Come poco,
lo estrictamente necesario, el puñado diario de arroz hervido que le impone a
su cuerpo reacio.

Y eso que el gobierno prometió inodoros para la región. Pero por desgracia
allí no han llegado. Como en tantos otros sitios, en Badlapur se defeca al aire
libre.

El suelo está sembrado de excrementos; los arroyos, los ríos y los
campos, contaminados por toneladas de heces. Las enfermedades se propagan
por ellos como una chispa en un reguero de pólvora. Los políticos lo saben:
antes que reformas, antes que igualdad social, antes incluso que trabajo, lo que
pide el pueblo son retretes. El derecho a defecar con dignidad. En los pueblos,
las mujeres se ven obligadas a esperar la caída de la noche para ir al campo,
arriesgándose a agresiones de todo tipo. Los más afortunados se han hecho un
sitio en el patio o dentro de casa, un simple agujero en el suelo al que llaman
púdicamente «retrete seco», las letrinas que las mujeres dalit van a vaciar a
diario con las manos desnudas. Mujeres como Smita.

Su ronda empieza hacia las siete de la mañana. Smita coge el cesto y la
escobilla de juncos. No puede perder el tiempo, sabe que tiene que vaciar
veinte casas todos los días. Camina por el arcén de la carretera con la mirada
baja y la cara oculta tras un pañuelo. En algunos pueblos, los dalit tienen que
identificarse llevando una pluma de cuervo. En otros están obligados a
caminar descalzos: todos conocen la historia del intocable al que lapidaron
por el simple hecho de calzarse unas sandalias. Smita entra en las casas por la
puerta de atrás, que le está reservada; no debe encontrarse con sus moradores
y menos aún hablarles. Además de intocable, ha de ser invisible. Por todo
salario le dan las sobras de la comida y, en ocasiones, ropa vieja que le
arrojan al suelo. Nada de tocar, nada de mirar.

A veces no le dan absolutamente nada. Hay una familia jat de la que hace
meses que no recibe nada. Smita quiso dejar de ir. Una noche se lo dijo a
Nagarajan: no volvería, que se limpiaran la mierda ellos mismos. Pero
Nagarajan se asustó. No tienen tierra propia; si Smita dejaba de ir, los
echarían. Los jat irían y les quemarían la choza. Smita sabe de lo que son
capaces. «Te cortaremos las piernas», le dijeron a otro intocable. El hombre
apareció en el campo de al lado, descuartizado y quemado con ácido.
Sí, Smita sabe de lo que son capaces los jat.
Así que al día siguiente volvió.

Pero esta mañana no es una más. Smita ha tomado una decisión, que se le
impuso como una evidencia: su hija iría a la escuela. Le costó convencer a
Nagarajan. ¿Para qué?, le preguntó él. Puede que aprenda a leer y escribir,
pero aquí nadie le dará trabajo. Si naces para limpiar letrinas, seguirás
haciéndolo hasta que te mueras. Es una herencia, un círculo del que nadie
puede escapar. Un karma.


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