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Las almas de Brandon

Genero: Drama

Sinopsis del libro 

Las almas de Brandon es un recopilatorio de historias cortas, cuentos y poemas de todo tipo que tratan sobre el amor, la soledad, el olvido, el dolor, la alegría, la felicidad, la vida y la muerte.

Un exquisito pero agridulce viaje a las almas de brandon pdf a través de los sentidos que te sobrecogerá de emociones y te hará reflexionar.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Las Almas de Brandon (Spanish Edition)
    Autores: César Ndjocu Davies
    Tamaño: 0.78MB
    Nº de páginas: 690
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Más fría que el plato de la venganza…así es la soledad.
Quién me prestara una llamada, un mensaje…un hola o un adiós.
Quién me prestara atención, una manta, una canción, una voz…una
conversación, una carta, una lágrima, una risa…un minuto o dos. Quién
me prestara un instante de mundo, de vida; una mirada, una sonrisa.
Quién me prestara su compañía. Quién me entendiera, quién me
despertara de esta pesadilla y me dijera: yo te presto mi microondas.
La mazmorra de la ambición
Será que las cobayas envidian las jaulas de los leones
¿Pues los leones ambicionan la sabana y su magnitud?
Será que las ratas gimotean por más grandes barrotes
Como el hombre que en la vanidad encuentra su plenitud
Aun falto de libertad, orgullo y vulgarmente cojones
Siempre deseosos de más, hasta el silencio del ataúd
Color
¿El invierno o
sentir tiritar tus pies con este calor,
y que la razón del temblor sea yo?
Fácil: estremecer tu cuerpo.
No hay punto de comparación.
No hay color.
Echarte dos veces
Perfilada, y también de frente:
de cara; y a la cara me dices:
te veo, pareces diferente;
distinto a toda la gente.
Me hablas con tu mirada,
tus parpadeos son omisión,
son silencio, ritmo, tempo
por lo tanto…canción.
Ese tango que bailan tus pupilas
tan infinitas

¿necesitan ustedes compañero,
señoritas?
Voy a observarte mirar un rato,
voy a echarte, dos veces si acaso:
una de menos, y otra…un vistazo.
Después de tantos años, la tenía allí conmigo. Sin planearlo, sin
anestesia, sin forzarlo…ocurriendo, así sin más.
―¿Y tú? ―le pregunté a Sara―, ¿desde cuándo sabes que te
gustan las chicas?
Sara esbozó una cohibida sonrisa. Se tomó su tiempo antes de
responder. Eso era una buena señal, significaba que estaba pensando
en cómo contestar sin mentirme a mí, y mucho más, sin engañarse a sí
misma.―

No me gustan las chicas ―me dijo―, me gustas tú.
Comencé a bajarle la cremallera, despacio, dejando que el
crujiente sonido de los dientes de la cinta siendo separados por el
deslizador se comiese el silencio.

El tirador llegó al tope inferior,
descubriendo la espalda de Sara. Con cada segundo aumentaba la
temperatura…y los húmedos hombros de Sara, dejaron caer las tiras de
encaje con el sencillo movimiento que resultó de la contracción de su
respiración al sentir mi palma abierta pegada a su espalda, como si
intentase desbloquear alguna puerta con mis huellas dactilares.

El vestido cayó al suelo y Sara se dio la vuelta para tenerme de
frente, para mirarme. Se puso de puntillas para sortear el vestido con
un sutil movimiento lateral ―un sencillo paso de baile― y lo apartó a
un lado con los pies para no pisarlo. Me besó, y lentamente bajó la
media cremallera que sellaba mi desnudez. Luego agarró la parte baja
de mi vestido ―por el dobladillo― y la levantó hasta sacármelo por
encima de la cabeza.

―¿Cuándo te las has quitado? ―me preguntó al darse cuenta de
que yo ya no llevaba puestas las bragas.
―Cuando no mirabas―. Me mordí el labio en lo que agarraba la
mano de Sara y la metía entre mis piernas.
Exhalé un cálido gemido al notar sus dedos corazón y anular en el
interior de mi vagina; y Sara sonrió al tiempo que se humedecía los
labios.―

¿Ya sabes qué hacer? ―le gemí a Sara con tono vacilante.
―¿Esto?―. Patinó los dedos que resguardaba en el interior de mi
vagina, flexionando la muñeca en todas las direcciones.
―Sí ―gemí.
―¿Esto? ―Se vino arriba.
―Sí. ―Le mordí el cuello y le bajé las bragas hasta donde me
permitían mis brazos totalmente extendidos.
Las bragas de Sara se quedaron sobre sus rodillas y bailoteó los
pies hasta hacerlas caer. Y con el mismo movimiento en puntillas que
con el vestido, se deshizo de ellas.

Caminamos hasta mi cama, que estaba más cerca de la puerta; la
oscuridad no supuso ningún problema, llegamos sin tropezar con nada
más que con nuestros labios.

Caímos, y Sara quedó encima de mí. La abracé las caderas
entrecruzando mis piernas alrededor de su cintura.
―¿El misionero? ―pregunté con tono de guasa―. ¿No
deberíamos hacer un sesenta y nueve o algo así? ―Carraspeé una risa.

―¿Nunca te callas? ―respondió Sara―. ¿Eres tan habladora con
los chicos? ―Se quedó mirándome a los ojos con una sonrisa que no
podía borrar―. Quítame el sujetador ―me susurró.
Crucé la mano derecha sobre la espalda de Sara e intenté abrir el
cierre.―
¿En serio? ―interrogó con tono de burla por lo que estaba
tardando.

―¿Es de doble cierre? ―pregunté al tiempo que unía mi otra
mano a la “hazaña”.
―No me lo puedo creer ―se burló de mí―. ¿Estás segura de que
no eres un chico? Se supone que a ti se te debería dar mejor.
―Rompió a reír.
Yo tenía la lengua fuera en un acto reflejo, intentando sacarle el
sujetador.

―Solo sacas la lengua cuando te centras de verdad en algo;
como cuando coses o cortas cartulinas ―dijo Sara entre risas―; ¿de
verdad no eres capaz de sacármelo?
―Ya está ―respondí dejando caer mi cabeza sobre la cama,
descansando de haber cumplido con mi objetivo.
Sara negaba con la cabeza, mofándose de lo difícil que me
resultó quitarle el sujetador.

―Ya sabes que a mí misma me resulta difícil quitarme el
sujetador ―dije con dejadez―, por eso casi nunca me los pongo. Para
de reírte. ―Me piqué―. En serio, no te burles de mí. ―fingí ponerme
triste.
Sara no me quitaba los ojos de encima, añadiendo al peso de su
cuerpo, el peso de su mirada. La dulce sonrisa que dibujaban sus labios
estaba llena de deseos.

―Con cada segundo me gustas más ―dijo acariciándome la cara.
La besé en la mano, entre la muñeca y el brazo.
―Si vamos a hacer algo ―dije, mientras ella me acariciaba
lentamente las piernas―, debemos darnos prisa. En nada acabará el
baile. ―Miré de reojo el armario que tapaba el hueco de la entrada―.
Nos estamos quedando sin tiempo.
―Que “el tiempo” se vaya si quiere ―contestó―, no me gustan
los tríos.


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