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Leyendas

Genero: Aventura

 Sinopsis del libro 

Bécquer, prosista o poeta, poeta o prosista, siempre se manifiesta como artista completo e intemporal. La aparición de sus Leyendas pdf , cuyos valores literarios son notablemente superiores a los de las leyendas predecesoras y coetáneas, supone la culminación, superación y aniquilamiento de un género.

La materia prima literaria es elaborada por Bécquer de acuerdo con sus propios parámetros estéticos, imprimiendo el sello de su microcosmos personal y la impronta identificadora de su lenguaje poético.

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Ficha técnica del libro

  • Título: Leyendas
    Autores: Gustavo Adolfo Bécquer
    Tamaño: 1.10MB
    Nº de páginas: 562
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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El día comienza a despuntar; la luna se desvanece, y el mar se colora con la
primera luz del alba. El templo resplandece iluminado en su interior por cien y cien
magníficas lámparas de bronce y oro; las blancas nubes que se elevan de los altares,
difunden la esencia de la mirra y del áloe por los extensos ámbitos de la Pagoda; el
príncipe ha ceñido la frente con el amarillo chal, emblema del poder soberano, y
cubierto con sus más ricas vestiduras está de rodillas ante el ara.
Las ceremonias con que los brahmines, invocando la piedad de los genios, han
dado posesión al de la muerte del templo de Jaganata han concluido.
IX
—¡Sacerdotes, caudillos, siervos —prorrumpe al fin el señor de Osira—, la cólera
de los dioses está suspendida sobre mi cabeza, como una espada pendiente de un
cabello; mis manos, que desde la terrible hora en que subí al solio ningún mortal ha

visto desnudas, están manchadas de sangre. Vedlas; esta sangre es la de mi antecesor,
la de mi hermano, a quien arranqué la vida con la corona. Shiven, el dios del
remordimiento y de la expiación, me exige ojo por ojo, corona por corona, vida por
vida. Cúmplase su voluntad. Sacerdotes, caudillos, siervos: rogad por el último de los
Dheli, cuya raza va a desaparecer de la tierra!
La multitud, sobrecogida y llena de terror, permanece en silencio; Pulo,
volviéndose hacia el altar en que está colocado el dios, prosigue de este modo,
dirigiéndose al informe ídolo, que parece que contrae sus labios con una muda e
infernal sonrisa.
X
—Schiven, enemigo y extirpador de mi raza; si la sangre puede borrar mis culpas
apartando tu cólera de la frente de Siannah, recíbela como mi última ofrenda; pero
concédeme al menos que, antes de partir del mundo, la contemple un instante por la

postrera vez; que su boca reciba el frío y apagado aliento de la mía; que sus besos
cierren mis párpados a la eterna noche de la tumba.
XI
La muchedumbre que ocupa las naves del templo tiene fijos sus ojos en el
príncipe y arroja un grito de horror.
Pulo se ha atravesado con su espada, y el caliente borbotón de sangre que brotó de
su herida saltó humeando al rostro del genio.
En aquel instante, una mujer atraviesa el atrio de la Pagoda, y se adelanta hasta el
recinto en que se eleva el ara de Schiven.
—¡Siannah! —murmura el príncipe reconociéndola: —Siannah, al fin te veo antes
de morir. —Y expira.
XII
Siannah, la perla de Ormuz, la violeta de Osira, el símbolo de la hermosura y del
amor, la que formó Bermach en un delirio de placer, combinando la gentileza de las
palmas de Nepol, la flexibilidad de los juncos del Ganges, la esmeralda de los ojos de
una schiva, la luz de un diamante de Golconda, la armonía de una noche de verano y
la esencia de un lirio salvaje del Himalaya; Siannah, la hermosa entre las hermosas,
siguió a Pulo a través de su peregrinación en esas regiones desconocidas de las que
ningún viajero vuelve.
Siannah fue la primera viuda indiana que se arrojó al fuego con el cadáver de su
esposo.
El rayo de luna
Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia;

lo que puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la
que acaso yo seré uno de los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de
imaginación.
Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he
escrito esta leyenda que, a los que nada vean en su fondo, al menos podrá
entretenerles un rato.
I
Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una
trompa de guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos
un punto del oscuro pergamino en que leía la última cantiga de un trovador.
Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su
castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los
halcones, y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su
lanza contra una piedra.

—¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? —preguntaba algunas veces
su madre.
—No sabemos —respondían sus servidores—. Acaso estará en el claustro del
monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si
sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando
correr unas tras otras las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la
quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube
con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz
de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.
En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces

hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.
Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación,
forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y
sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que
pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.
Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil
colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o
danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba
las horas muertas sentado en un escabel junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con
los ojos fijos en la lumbre.
Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre
los vapores del lago, vivían unas Leyendas epub   mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que
exhalaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua,
rumor que oía en silencio intentando traducirlo.


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