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Lo que callan los muertos

Genero: Aventura

 Sinopsis del libro 

Gracia San Sebastián investiga el caso de Don Marcelo Pravia, un anciano de ciento doce años , exmilitar franquista, que cobra una sustanciosa pensión. Don Marcelo no ha sido atendido por ningún médico en las últimas tres décadas y hace unos años se ha pasado a la banca por internet.

Todo apunta a una ilegalidad. Durante la investigación, una vecina de su madre, conocida como La Impugnada, se lanza al patio desde la ventana de su cocina de un sexto piso con una nota prendida en la falda dirigida al portero. Gracia, que busca refugio en su ciudad natal a orillas del Cantábrico, huyendo de su antigua vida de ejecutiva financiera en Nueva York, se verá envuelta en una intrigante historia familiar llena de secretos inconfesables.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Lo que callan los muertos
    Autores: Ana Lena Rivera
    Tamaño: 1.23MB
    Nº de páginas: 340
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Este hombre es un genio –dijo Ernesto.
–¿Cómo está Carmina?
–Mal. Mi tía Carmina es muy especial –se detuvo cómo si no supiera cómo
continuar–, y ella y Sofía estaban muy unidas.
–Y tú, ¿cómo te encuentras? Todos hablamos de tu tía, pero no era una tía
cualquiera. Me imagino que para ti sería como una madre.
–Casi. Aunque la que siempre ha ejercido de madre conmigo ha sido
Carmina.
No sabía bien por donde encauzar la conversación y me arriesgué.
–¿Y tu tío Antonio? Lo conocí el día que subimos a llevaros la empanada y
el bizcocho. ¿Sigue con vosotros?
–¿Que si sigue? Ese no se va ni con agua caliente –dijo Ernesto.
–Claro, el papeleo tarda mucho. Cuando murió mi padre fue un caos –sugerí
después de un incómodo silencio, a ver si cogía el testigo y continuaba.
–Lo nuestro es de peli de Almodóvar. Como todo en mi familia, que nada
puede ser normal.
–Ya imagino.
–Te aseguro que no tienes idea –dijo Ernesto poniendo fin al tema a la vez
que volvía a coger el periódico para seguir leyendo.

Cada vez estaba más convencida de que en la familia de la Impugnada les
faltaba el gen de las buenas maneras. Hice como que miraba el reloj y me
sorprendía.
–¡Qué tarde es! Me están esperando, me tengo que ir.
–Pues nada, hasta la próxima –respondió Ernesto a modo de despedida.
–¡Qué pena de gin-tonic, con lo rico que está! Si lo quieres aprovechar, es
tuyo. Casi no lo he tocado y ha sido con la pajita.
Intenté caerle bien por si necesitaba otra conversación con él en el futuro.
Sin más que un seco gracias, cogió mi copa, quitó la pajita y dio un buen sorbo
sin levantar apenas la vista del periódico. Qué familia más incongruente. Al
final la única normal iba a ser la Impugnada. Normal en apariencia porque no
había que olvidar que había saltado desde la ventana de un sexto piso con una
nota dirigida al portero prendida en la falda. Eran más de las diez cuando a
Sarah, a Jorge y a mí nos sirvieron las primeras y exquisitas tapas de la cena.
Unas riquísimas navajas a la plancha y unas lapas guisadas, llámpares en
bable, que era como las denominaban en la carta.

Les conté mi conversación
con Ernesto.
–¿Has visto? –bromeó Jorge con Sarah–. La dejo sola un rato y se va a ligar
con el vecino.
–Y qué mal gusto –le siguió el juego Sarah–, si está gordísimo y es calvo.
–A las mujeres solo os importa el dinero y, ahora que va a heredar, Ernesto
es un buen partido –continuó él con la broma.
–¿Queréis dejar de decir chorradas? –protesté sin interés en la chanza–.
¿Vosotros creéis que una maestra de provincias, por muy jefa de estudios que
fuera, que tenía que mantener a una hermana y a un sobrino sin trabajo ni plan
de tenerlo algún día, puede dejar algo en herencia? Ya es difícil que haya
conseguido ahorrar para comprar la casa en la que viven. No entiendo cómo
pueden permitirse ese ritmo de vida.
–¿Ellas se vinieron directas a vivir al edificio de tu madre? –preguntó
Sarah.
–Me dijo Evaristo, el portero, que compraron la casa cuando Sofía sacó la
plaza de maestra y la enviaron aquí. Eso ocurrió antes de que trajeran a
Ernesto a vivir con ellas.
–Si no tenían dinero, ¿cómo compraron esa casa con el sueldo de una
maestra con la plaza recién sacada, que venía de hacer sustituciones por los
pueblos? El edificio de tu madre no era barato cuando se construyó. En pleno
centro y nuevo por aquel entonces.

–Tiene razón Sarah. Sofía y Carmina no podían pagar eso –apuntó Jorge.
–Igual la compraron los padres –dije.
–O sea, que la familia tiene dinero. Así que es posible que la muerte de
Sofía sí que sea tan sustanciosa como para que esté causando una revolución
entre estos tres buitres –concluyó Sarah.
Era una posibilidad. No lo había pensado. Sofía no parecía tener mucho
dinero. Era una señora muy austera.
–No todos son unos buitres. El hermano, el tal Antonio, sí que tiene pinta de
estar aquí al olor de la carroña, pero Carmina no y Ernesto no sé qué decirte.
Es un tipo rarísimo. Parece amargado y es muy tímido. Además de
maleducado. Ya os he contado cómo me cortó la conversación.
–Si es que te metes en unos jardines… –dijo Jorge.
–Aquí la vida es así, tío. Todo el mundo conoce la vida de todo el mundo –
expliqué.
–En eso tiene razón Gracia, Jorge. Si la gente de aquí deja de parar a
charlar con sus conocidos en la calle, yo me forro vendiendo antidepresivos y
ansiolíticos –bromeó Sarah.

–Cuando mi mujer me dijo que quería volver a España, a una ciudad
pequeña y tranquila, no pensé que se refiriera a esto. Suicidios, chanchullos,
ancianos estafadores, curas sabiondos y hienas alrededor de una herencia.
¡Vaya con la vida tranquila! Los ciberdelincuentes de los que intento proteger
al mundo se llevan la mala fama, pero aquí, que parecen todos tan amables y
tan formales, los dejan a la altura del betún. Miedo me da la siguiente
generación con acceso a la tecnología –bromeó Jorge.
–Por cierto –interrumpí–, ¿alguno de los dos tiene curiosidad por conocer
su futuro?
Antes de que les diera tiempo a negarse, nos trajeron unos escalopines con
salsa de queso La Peral y un picadillo casero con tortos de maíz que olía de
fábula, y Jorge y Sarah se embarcaron en una conversación gastronómica en la
que no me apeteció participar.


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