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Los ángeles de hielo

Genero: Historia

 

 Sinopsis del libro 

Una ambiciosa intriga sicológica de tintes góticos ambientada en la pujante Barna de principios del siglo veinte.

«En esta historia penetraremos en los más oscuros recovecos del ánima humana, en las crueldades que pueden cometer los seres atormentados por la venganza y el odio.
»Tanto los vivos como los fallecidos.»

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Barcelona, 1916. A sus 27 años, Frederic Mayol ha dejado atrás una vida cómoda en la resplandeciente Viena y la traumática participación en una guerra que prosigue arrasando Europa. Siquiatra y seguidor de las teorías psicoanalíticas, se encara a su porvenir puesto en un sanatorio situado en un sosegado pueblo pesquero próximo a Barna, un entorno idóneo para superar los horrores vividos en el frente.
Pero la clínica y sus aledaños no resultan ser tan idílicos como pensaba. Las sombras de un siniestro pasado se ciernen sobre los ángeles que decoran la testera del edificio, tal y como si quisiesen rememorar los sucesos que sucedieron en la casa 7 años atrás, cuando el sitio era un reputado internado para jóvenes de buena familia que cerró sus puertas tras un trágico incendio.

Atrapado entre el deseo de desvelar el misterio que se oculta entre los muros del caserón y el amor que siente por Blanca, una de las viejas pupilas del instituto, Frederic va a deber enfrentarse a una malvada historia de obsesiones y venganzas hasta llegar a una revelación tan sorprendente como desoladora.
Porque la verdad, si bien precisa, no siempre y en toda circunstancia supone una liberación; en ocasiones aun puede transformarse en una nueva condena.

Toni Hill vuelve a probar su gran pulso narrativo y su habilidad para la creación de atmosferas en este alucinante best seller literario, poblado por unos personajes imborrables y envuelto por un aliento inquietante.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Los ángeles de hielo

    Tamaño: 1.76MB
    Nº de páginas: 317
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive

  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Ella meneó la cabeza y se ajustó las lentes.
—Llevaba razón. No soy quien decide estas cosas acá. Jamás ha sido
ése mi cometido. —Sonrió—. Mi trabajo es escoger las toallas, no los
huéspedes.
—Estoy seguro de que aprecian mucho su trabajo.
—Y . No aprecian tanto mis creencias, especialmente cuando no me las
piden. No se preocupe, doctor Mayol —añadió mirándolo sobre las
gafas—. A todos se nos olvida alguna vez cuál es nuestro lugar y no está mal
que alguien con autoridad nos lo recuerde.
Dicho esto, la mujer cogió la pila de toallas revisadas y dobladas y la
colocó en uno de los enormes anaqueles de madera obscura. Entonces lo cerró con
una llave que entresacó del nutrido manojo que llevaba prendido a la cintura y
que quedaba escondo bajo un delantal, que, en contraste a la cofia, había
adquirido ya ese tono amarillento que obscurece las prendas blancas.
—Antes me ha dicho que deseaba charlar conmigo.
La mujer tomó aire, tal y como si estuviese a puntito de emprender una labor más
fatigosa que la selección de la ropa de la casa. Se quitó los quevedos y los
colocó de forma cuidadosa en uno de los bolsillos del delantal.
—Cuando afirmé que el señor Estrada no debía quedarse acá no lo hice por
lo que creyeron .

Frederic la escuchó, algo desconcertado.
—No pensaba en la calma del sanatorio, ni en que fuera peligroso
para el resto pacientes.
—¿Y a qué venía su comentario entonces?
La mujer evitaba mirarlo; su mano derecha acariciaba las lentes que había
guardado en el bolsillo y con la izquierda se separó los pelos que
escapaban de la cofia.
—Ese muchacho está día a día peor, doctor —respondió apuradamente,
mirándolo al fin a los ojos—. Sea lo que sea lo que le sucede, esta casa no le
sienta bien.
A Frederic le extrañó la utilización de la palabra «casa» en ese instante,
como si fuera el espacio, y no los médicos o bien las actividades, el responsable
del estado de Biel Estrada.
—¿La casa? —preguntó.
—Oh, no piensa que estoy ida. Mas he vivido esto otras veces. Hay
huéspedes a quienes no sienta bien el aislamiento. O bien el entorno, ¿qué sé ?
De todos modos, hágame caso: mande al señor Estrada a otro sitio.
—Me me temo que esa tampoco es una atribución que me corresponda. Y,
sinceramente —añadió, para sosegar a la mujer—, como ha dicho
antes, el día de hoy se halla mucho mejor. He estado hablando con él y creo que
puedo asistirlo. De veras.

La mujer se encogió de hombros y volvió a suspirar. Algo en su expresión
parecía decir: «Yo ya lo he sobre aviso, ahora la responsabilidad es suya», y
Frederic creyó que la mujer tal vez tratase de justificar de alguna forma, bastante
peregrino, la intervención que le había costado la regañina del doctor
Freixas.
—Por cierto, señora Miró —dijo, al paso que le mostraba la caja—,
¿sabe si esto pertenecía al señor Estrada? Lo hallé en el escritorio de su
habitación.
Ella volvió a ponerse las lentes y cogió el objeto, que se abrió al contacto
por la parte superior. El pajarillo y su inaguantable musiquilla aparecieron de
nuevo.
—¿En el escritorio ha dicho? Ése… ese era el secreter de la señorita
Águeda. Y esto… —Entrecerró los ojos y se mordió el labio inferior—. No sé
si era esta precisamente o bien una similar, mas recuerdo la armonía.


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