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Memorias de una libertina

 Sinopsis del libro 

Memorias de una libertina son las memorias de Lady Victoria Nottingham en las que narra sus excitantes aventuras en su adolescencia.

Esta compilación contiene los volúmenes 1 a 4:

Descarga aquí los libros originales y apoya a los autores.

1 – En el internado femenino
2 – La jovencita precoz
3 – Orgía juvenil
4 – Hasta las monjas se divierten

Una serie basada en las obras del Marqués de Sade.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Memorias de una libertina: Vols 1-4
    Autores: Erika Sanders
    Tamaño: 0.36MB
    Nº de páginas: 259
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Gratis Memorias de una libertina – Erika Sanders

La lubricidad pronto fue en aumento y Henry podía sentir las apretadas y
deliciosas contracciones de su vagina, lo que raudamente le llevó a correrse
de nuevo, y con un empuje súbito se la metió hasta la raíz y le echó dentro
toda la leche de sus cojones.
Ella a punto estuvo de desmayarse de nuevo debido al exceso de sus
emociones.
Se quedaron quietecitos, gozando mutuamente de la presión de sus
cuerpos, hasta que Henry le sacó la polla y con un fino pañuelo de hilo limpió
primero la sangre virginal de los labios de su coñito y luego de su propio
cipote, declarando, mientras guardaba el pañuelo, que nunca olvidaría este
momento, evocación para él de todos los encantos que la chiquilla tan
amorosamente le había regalado.

El mayordomo prudentemente se abstuvo de cualquier otra indulgencia
carnal o placer voluptuoso en aquella salida, y después de un buen descanso
regresaron a la casa, sintiendo Samantha muy poco el daño de su sacrificio y
muy contenta de haber obtenido para sí parte del amor del querido y fiel
Henry.
Pero qué rápido los sucesos imprevistos evitan que se sucedan los
mejores planes de la felicidad.
Aquel mismo día el padre de Samantha fue requerido por su médico de
cabecera a que saliera hacia el sur de Europa.
Al día siguiente salió hacia la ciudad con el mayordomo, para que le
ayudase en todos los preparativos, y dejando encargada a la madre de
Samantha de que le siguiera tan pronto como hubiera colocado a los dos
niños en un colegio adecuado.
Samantha y su criada durante las noches se consolaron entre sí como
mejor pudieron bajo estas nuevas circunstancias.

Pero a los pocos días una tía se hizo cargo de la casa y Samantha fue
enviada a un colegio, a este colegio, donde ahora ésta se encuentra entre tus
brazos, querida Victoria, mientras que mi hermano está ya en la universidad,
y sólo nos vemos durante las vacaciones. ¿Les pedirás a tus tutores, querida
amiga, permiso para pasar las próximas vacaciones de Navidad conmigo? Te
presentaré a mi hermano Robert, quien, si no me equivoco, es tan inclinado a
la voluptuosidad como lo es su hermana.
CAPÍTULO III
Omitiré para no pecar de repetitiva los excitantes ejercicios y prácticas
que hacíamos mi compañera de cama y yo, y en los que solíamos
complacernos, varias veces, casi todas las noches, y sólo apuntaré que no
hubiera sido posible encontrar a dos tortilleras más lujuriosas en todo el
mundo como nosotras dos, unas jóvenes niñas.
Tuve que esperar hasta las vacaciones de Navidad antes de conocer a
Robert, a quien, entre nosotras, habíamos escogido para que me robase el
virgo.

Lo cual creíamos que no sería una operación demasiado difícil de
conseguir, ya que con tanto toqueteo de rajita y metedura de dedos, y además
con el uso de la salchicha de piel de Samantha, que, como bien supe, ella
misma se la había hecho para su propio placer, tanto mi boca como mi coño
estaban totalmente desarrollados y además podían ya detectarse ligeras
señales de la futura mata de pelo moreno y rizado que pronto lo cubrirían.
Yo ya casi tenía dieciséis años cuando una bellísima y espléndida mañana
de diciembre llegamos a la casa de Samantha, saliendo del colegio por
Navidad. Allí estaba su tía, que nos esperaba para darnos la bienvenida, pero
mis ojos se fijaron en un joven muchacho, pero ya con porte masculino, que
estaba junto a ella: Robert.
Se me figuró casi el gemelo de su hermana: sus rasgos y color de piel
eran los de ella. Sí que me encontré con un chico muy bien parecido que
tendría unos diecisiete o dieciocho años.
Desde que oí la historia de las intrigas de Samantha con Henry siempre
que miraba a todo hombre o muchacho que me encontraba, me fijaba en el
paquete que le sobresalía junto a los bolsillos.
Igual hice con su hermano y me emocionó ver que el señor Robert, en
apariencia, parecía estar muy bien dotado.

Samantha me presentó a todos, pero Robert evidentemente me miró como
si yo fuese una niñita, y no parecía que fuera a tenerme muy en cuenta para
un asunto tan serio como el del amor y el coqueteo, así que lo primero que
nos propusimos hacer Samantha y yo fue ver cómo podíamos abrirle bien los
ojos y hacer que así se fijara un poco más en la amiga de su hermana.
Cindy, a quien ahora vi por primera vez, dormía en el cuartito junto a la
habitación de Samantha, que yo compartía con esta. Robert tenía su
habitación al otro lado de la nuestra.
Por consiguiente, éramos vecinos y podíamos pasarnos mensajes, a base
de golpes en el tabique, con él, así como espiarle por el ojo de la cerradura de
una puerta que no se usaba y que comunicaba directamente un cuarto con el
otro pero que desde hacía mucho tiempo estaba cerrado con llave para evitar
cualquier comunicación entre sus ocupantes.
Por un pequeño descuido de la criada comprendimos que Cindy mantenía
relaciones mucho más íntimas con su señorito de lo que hubiéramos podido
creer, y Samantha se decidió a usar dicho hecho en nuestro favor.
Pronto convenció a la sirvienta de que ella sola no podía gozar y
monopolizar a su hermano, y al descubrir que Cindy esperaba que él la
visitase esa noche en su cuartito, Samantha insistió en cambiar los papeles,
haciendo que Cindy durmiese con ella y que yo ocupase el lugar de la amante
del señorito Robert.

Demás está decir lo deseosa y excitada que estaba de formar parte de este
engaño, y a las diez de la noche, cuando todos nos retiramos a descansar, yo
tomé el sitio de la criada y fingí que dormía como un tronco en su pequeña y
dura cama. La cerradura de la puerta había sido aceitada por Cindy, de forma
que se pudiese abrir sin apenas hacer ruido, y además el cuarto estaba
totalmente oscuro a propósito, asegurándonos de que no entrase ni la más
mínima brizna de luz nocturna al cerrar perfectamente las cortinas de la
ventana.


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