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Mujeres en la oscuridad – Ginés Sánchez

Mujeres en la oscuridad  epub
Genero: Aventura

Mujeres en la oscuridad Sinopsis

Mujeres en la oscuridad narra la huida de tres mujeres distintas, cuyas vidas están entrecruzadas sin saberlo, y que comparten algo en común: una vida deslustrada y la búsqueda de luz en el amor, en el deseo.

Julia, catedrática universitaria, atraída por los muchachos jóvenes.
Miranda, latinoamericana que trabaja en clubs selectos, padece de una profunda nostalgia por su tierra, y un marcado desprecio por todo cuanto tenga que ver con el sexo.
La más joven, Estefanía, veinteañera e incurablemente romántica, aunque en las relaciones se siente como un globo que se pinchó demasiado pronto.

Las tres se verán empujadas por sus respectivos fracasos a viajar a Amsterdam en un mismo coche. No obstante, sin saberlo, llevan una mochila de color azul cuyo contenido desconocen y que deben entregar al hermano de Julia

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Ficha técnica

Título: Mujeres en la oscuridad
Autores: Ginés Sánchez
Tamaño: 2.29MB
Nº de páginas: 690
Idioma: Español
OS: iOs, Android, Windows
Servidores: Google drive, 1Fichier, Zippyshare, y Onedrive


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Se quedó mirando a las otras dos. Como para que cada cual se compusieran
la cabeza. Luego volvió a hablar. Cuando ya el coche salía del garaje.
—Los teléfonos apagados. Mejor apagados.

Por si acaso.
Eso fue unas horas antes. Cuando aún estaban en la ciudad. Cuando aún
llovía. Cuando aún era la tarde. Antes de la carretera y de las montañas. Ahora
volvía a llover y la segunda de ellas, la que tenía los ojos tan negros, la que
llevaba la cara cruzada de gasas y apósitos, se dio la vuelta en el asiento del
copiloto y miró hacia atrás.

—Se ha dormido —dijo.
La tercera de ellas, la que conducía, era unos ojos dulces detrás de unas gafas
cuadradas. También unos dientes con tendencia a aparecer para morder el labio
inferior. Podía ser al rebasar a un camión especialmente poderoso o si unas luces
la obligaban a regresar al carril derecho. Era la más joven de las tres y ahora
miró hacia la de los ojos tan negros.

—¿Vas bien?
—Sí, un poquito.
—Bueno, duérmete tú también si quieres. Yo voy bien.
La de los ojos negros se sonrió. Cómo si aquello fuera tan sencillo. La
carretera se deslizaba veloz y el coche era grande, poderoso. Fue que la más
joven de las tres, la de las gafas, anduviera probando con los limpiaparabrisas y
que se oyera la voz de la mayor de las tres. Una voz, pensó la de los ojos negros,
como un graznido.
—Abajo. A la izquierda.
La de los ojos negros, la de la cara cortada, tuvo un atisbo del asiento de
atrás. Una mujer huesuda, fina. Que ahora trasteaba con el cinturón de seguridad.
Que volvía a colocarse con firmeza el pañuelo que le cubría la cabeza. El
silencio, tras la intervención de la mayor, se hizo hostil. Pesado. Ah, se dijo la de
los ojos negros, y que usted no me cae bien.

Ni un poco. Luego decidió cerrar
los ojos. Un largo rato anduvo vagando por regiones inconcretas.
Ah, se decía, y que sería bueno eso, poder dormirse. Descansar. Un rato.
Solo que el dolor era como una sombra que la sobrevolaba. Que la golpeaba
cada poco. Ah, y que aquello, aparte de esconderse, cambiaba. A ratos. Así a
veces era como una mariposa que se le posaba detrás del ojo, o encima de la
ceja, o de la mejilla.

Entonces era algo fino. Semejante a un latido que se le
quisiera escapar. Sin embargo, otras veces era algo denso y como de los huesos.
Solo que eso último, mi niña, se decía, no es en verdad dolor sino otra cosa. Y
usted sabe cómo se llama. Y se llama miedo.


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