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Nadie como tú – Lola Rey

Genero: Aventura

 Sinopsis del libro 

¿Qué lleva a un hombre que lo tiene todo a recluirse en una solitaria casa junto a un risco al que solo llegan las olas de un mar tempestuoso?

André Fergusson pertenece a una rica familia de comerciantes, además de ser cuñado del conde de Kent. Afincado en Ceilán, dirige las operaciones de la empresa familiar que recibe lo que él les envía para vender en Inglaterra.

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Un incendio en un depósito, sin embargo, cambia la vida de André, que se adentra en las llamas para tratar de ayudar a las personas que se hallan dentro. Malherido después del incidente, con cicatrices que revelan las quemaduras sufridas, se recluye en tierras inglesas, solo con el ruido del mar y el precipicio inquietante de un acantilado.

Caitlin Borst ha aceptado el trabajo en la mansión de aquel huraño hombre instalado junto al mar. A pesar de que sabe que no es apropiado porque se trata de su empleador, no deja de sentirse atraída por él.

Entre los dos, a través de los cuidados de ella, a pesar de la necesidad de soledad de él, surge un vínculo que deberá probarse capaz de ir más allá de las apariencias, de la desconfianza, para encontrar un camino que transforme el aislamiento en compañía, el recelo en afecto, el cuerpo maltratado en deseo.

Lola Rey, en esta cuarta entrega de la serie de la familia Collingwood, da una muestra de lo vasto de su universo de temas y desafía las convenciones para contar una historia de amor singular.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Nadie como tú
    Autores: Lola Rey
    Tamaño: 0.78MB
    Nº de páginas: 369
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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El sonido de su voz pareció tranquilizarlo y volvió a quedarse relajado, sumido en un sueño reparador. Gabrielle asistía atónita a lo que sucedía ante sus ojos. El
ama de llaves miraba a su hermano como… como si él fuese la cosa más importante del mundo. De repente, se sintió de más y se levantó del sillón.
—Señorita Borst, iré a descansar —exclamó.
—Por supuesto, yo me quedaré con él hasta el amanecer cuando venga la señora Widner.
Gabrielle asintió con la cabeza y salió, no sin antes observar cómo el ama de llaves se sentaba junto a su hermano y le tomaba la mano cariñosamente mientras le
escrutaba el rostro con la minuciosidad con la que una madre examina a su bebé.
* * *
Alexander Collingwood, séptimo conde de Kent, sintió junto a él la presencia cálida de su esposa. Se dio la vuelta en la cama y la envolvió entre sus brazos.
—¿Cómo sigue André, querida?
—Parece que está algo mejor. La fiebre ya no es tan alta.
—Me alegro mucho. Por lo visto, también saldrá de esta.
Su esposa se arrebujó entre sus brazos como si el recuerdo de lo cerca que había estado de perder a su hermano le provocara escalofríos.
—He pasado un miedo horrible, Alex, pero empiezo a creer que sí, que saldrá adelante.
—Tu hermano es fuerte como un buey, pronto volverá a ser el de siempre.
—No creo que vuelva a ser el de siempre.
Alex apretó los labios al detectar la tristeza en el tono de voz de su esposa. El silencio se instaló entre ambos mientras pensaban en lo mucho que el carácter de
André había cambiado tras el accidente que había sufrido en Ceilán. Luego, Alex sintió cómo su esposa abandonaba sus brazos y caminaba por la habitación. Luego, la
tenue luz de una lámpara iluminó el dormitorio.

—Alex, ¿qué opinas de la señorita Borst?
—¿El ama de llaves? —preguntó desconcertado.
—Sí.
—Pues no me he detenido a pensarlo. Parece demasiado joven, ¿es a eso a lo que te refieres?
—No, en realidad, creo… —Vaciló ligeramente antes de continuar—. Estoy segura de que siente algo muy profundo por André.
Alex miró a su esposa fijamente.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Su actitud. La preocupación que muestra hacia él. Ambas cosas exceden a lo que uno esperaría de un ama de llaves. Además, André la llama en sueños.
—Quizá es leal en demasía, y eso no te debe sorprender. Estoy seguro de que el señor Lang haría cualquier cosa por ti.
Gabrielle sonrió brevemente al recordar al mayordomo de Riverland Manor, la residencia de los condes de Kent. Su relación con los sirvientes era más parecida a la
que podría tener con familiares que con asalariados.
—Sé que no me crees, pero no es solo eso. Es su forma de mirarlo, de estar pendiente de cada detalle que tiene que ver con él.
—No es que no te crea, pero debes reconocer que te gusta ver romances en cada rincón.
—¿Acaso me he equivocado antes?
Alex recordó cómo su esposa se había empeñado en asegurar que Tyler, su hermano, estaba prendado de la joven Edmée Gordon, a la que parecía detestar. Lo
cierto es que Tyler y Edmée llevaban tres años de feliz matrimonio. Algún tiempo después, también creyó ver sentimientos amorosos entre Louis, gemelo de André, y
la institutriz de sus hijos. Ellos llevaban casi dos años casados. Movió la cabeza de un lado a otro.
—Así que André y su ama de llaves… ¡Esto promete ser divertido! —exclamó.
* * *
A la mañana siguiente, Gabrielle se dirigió a la habitación de su hermano después de haber tomado un frugal desayuno. Al abrir la puerta de la estancia, se detuvo
durante unos segundos; allí estaba todavía la señorita Borst, inclinada sobre André mientras apartaba un mechón de pelo de su frente sudorosa.
—Buenos días, señorita.
El ama de llaves se volvió y enrojeció, la dama registró ese hecho en su mente.
—Lady Collingwood…
—Siéntese, solo quería saber qué tal ha pasado mi hermano la noche.
—Parece que mucho mejor. No ha estado tan inquieto como los últimos días, y la fiebre no ha sido tan alta.
—Es maravilloso oír eso; anoche, en cambio, habló bastante durante el sueño.

—Gabrielle se sintió ligeramente culpable por lo que iba a decir a continuación, pero
quería confirmar sus sospechas—. La nombraba a usted constantemente… por su nombre de pila.
—Oh, bueno. —Caitlin se quedó paralizada por unos instantes mientras sentía el rubor escalarle por las orejas—. Cuando desvaría nombra a mucha gente, de
manera especial a una tal Susan.
El gesto de lady Collingwood se agrió visiblemente.
—Esa —murmuró con desprecio.
Ahora fue la muchacha la que no pudo reprimir la curiosidad. La identidad de esa mujer la había intrigado desde que había oído al señor Fergusson nombrarla por
primera vez.
—¿La conoce usted?
—Solo de oídas, pero ya sé sobre ella todo lo que debo saber.
El ama de llaves deseaba con todas sus fuerzas preguntar más, aunque sabía que habría sido totalmente inaceptable seguir interrogando a la condesa. Gabrielle, para
gran sorpresa suya, continuó hablando.

—Susan Hareford era la prometida de mi hermano. Después del accidente, ella rompió el compromiso.
—¡Dios mío! ¡Pobre señor Fergusson!
—Mi hermano quedó destrozado; creo que parte de la amargura que aún arrastra se debe a ese hecho.
—¿La… la amaba mucho?
Gabrielle la miró intensamente. Sus sospechas se confirmaban a cada segundo que pasaba.
—Mi hermano jamás se prometería a una mujer si no la amara intensamente.
Caitlin tragó saliva a la vez que asentía en silencio mientras sentía una extraña amargura inundarla. Saber que el señor Fergusson había sido traicionado así por una
mujer a la que amaba le resultó intolerable. Sin reparar en que la condesa la observaba con atención, volvió a tomar la mano del enfermo y a acariciarla con ternura.
—¿Cómo pudo hacerle algo así?
—Imagino que sus cicatrices le parecieron repulsivas.


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