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No te dejaré atrás

 Sinopsis del libro 

Jina Modell trabajaba en el departamento de Comunicaciones de una organización paramilitar, y su trabajo le agradaba de veras. Hasta el momento en que fue reasignada a operaciones de campo como miembro de uno de los GO-Teams, una unidad paramilitar de elite, manejando drones.

El líder del equipo, Levi, no tenía mucha confianza en que Jina lograra superar un adiestramiento tan duro. No obstante, se quedó sorprendido cuando se ganó la admiración de sus compañeros de equipo. Y lo que más le sorprendió fue que no pudiese parar de pensar en la química y la tensión que había entre ellos.

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Mientras tanto, una poderosa miembro del Congreso movía los hilos para destruir los GO-Teams, y a la unidad de Levi le tendieron una emboscada en Siria. El equipo había salido para realizar la misión encomendada al paso que Jina continuaba en la base para supervisar el dron de vigilancia, cuando la base padeció un ataque con explosivos. Sus compañeros la dieron por fallecida, mas había escapado al desierto y, en aquellas condiciones extremas, debería arreglárselas a fin de que el oponente no la advirtiera.

Sin embargo, Levi jamás abandonaba a un soldado, y mucho menos a la valiente mujer de la que se había enamorado. Iba a recobrar a la mujer a la que habían dejado atrás viva o bien fallecida.


Ficha técnica del  libro

  • Título: No te voy a dejar atrás
    Autores: Linda Howard
    Nº de páginas: 841
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Entonces, se viró y levantó la voz a fin de que pudiesen oírlo en la cocina.
—¡Eh, chicos, la tarta la ha hecho Babe!
Ella vio de manera inmediata a qué lugar se dirigía aquello.
—No importa —dijo—. No haré tartas para todos .
—Oh, vamos.
—Daros de comer no es mi trabajo. No os he adoptado.
Se marcharon aproximadamente en conjunto. Ciertos chicos todavía
intentaron persuadirla a fin de que les hiciese una tarta. Levi no era uno de
ellos. No sabía por qué razón había ido, salvo que solo quisiese comida sin coste y
estar un rato con el resto. Se fue sin mirarla y sin despedirse. Mejor
para ella. Donnelly se quedó hasta el final, lo que asimismo estaba realmente bien.
Era lo que hubiera hecho un novio.
—Me lo he pasado realmente bien —le dijo—. Los chicos son muy majos, ¿no?
Estoy deseando reunirme ya con mi equipo, si bien esperemos Kodak hubiera
hecho un esmero por integrarme como ha hecho Ace contigo.
Ella soltó un resoplido.
—¿Si bien me hayan hecho trabajar como una esclava para intentar
ponerme en lo que consideran buena forma?
Él se apoyó en la encimera y la observó mientras que llenaba el lavavajillas.
—Sí, aun en un caso así. Cuando vayas a la primera misión, ya vas a ser parte
del equipo. Los conoces, y te conocen a ti. El resto iremos de
nuevas, sin saber lo que podemos aguardarnos —dijo Donnelly—.

Tal vez
debieras mandarle a MacNamara un memorando explicándole que debería
integrar a los reclutas en los equipos para los adiestramientos.
—Tal vez debieses enviárselo . De esta forma llamarías su atención.
Entonces, fue Donnelly quien soltó un resoplido.
—Sí, claro. Tal y como si quisiese que se fijase en mí.
—Entonces, ¿por qué razón procuras echarme a mí a los leones?
Él sonrió.
—Mejor que , ¿no?
Se quedó unos minutos más, charlando, hasta el momento en que se le escapó un bostezo.
—Lo siento —dijo, con timidez—. Este programa me ha transformado en uno
de esos mutantes que se acuestan pronto.
Jina prácticamente no podía contener un bostezo, y solo eran las 9. Se despidió
de Donnelly y cerró la puerta.

Con un suspiro, miró a su alrededor No había demasiado desorden. Solo
tenía que amontonar los cojines del suelo en algún rincón para quitarlos de en
medio, mas prácticamente todo estaba bien. Los progenitores habían controlado bastante bien
a sus hijos. No se había roto nada, solo había varias cosas fuera de
su lugar, y eso era todo. Ella había estado en fiestas con sus amigos que
habían provocado considerablemente más caos.
Llevaba unos minutos ordenando cosas cuando sonó el timbre de la puerta.
Rezongando, pues Donnelly debía haberse olvidado algo en casa y ella
ya no tenía ganas de compañía, se aproximó a la puerta y se asomó a la mira.
Levi.
Se quedó helada. El efecto que tenía en ella era instantáneo y
exasperante. ¿Qué diablos deseaba? Un segundo después, decidió que no le
importaba en lo más mínimo, y lo dejó plantado en el rellano mientras que seguía
ordenando. Por ella, que se quedase allá toda la noche.
El timbre volvió a sonar.
—Te he visto asomarte a la mira —le afirmó , al otro lado—. Abre la
puerta.

—Lárgate —replicó ella—. No deseo verte. No deseo charlar contigo.
—Pues lo siento mucho. Debo decirte una cosa, y te la voy a decir
esta noche, si bien deba echar la puerta abajo.
—Si lo haces, te denunciaré y voy a hacer que te detengan.
—No, no lo vas a hacer, pues dañarías al equipo.
Ella apretó los puños y los dientes, pues sabía que era cierto. Después de
trabajar tan fuertemente para poder entrar a ser parte del equipo, el equipo
se había transformado en algo fundamental para ella. Los chicos no eran
unos tíos cualquiera, sino más bien sus compañeros.
Abrió la puerta, mas se sostuvo en el paso a fin de que no entrase. Si él
quería hacerlo, no podría impedírselo, mas no estaba presta a invitarle.
—¿Qué? —le preguntó, procurando ignorar su presencia física, la
abrumadora mezcla del hombre y el fragancia a lluvia y frío de aquella noche de
noviembre.
Él la miró con los labios apretados.
—He venido a solicitar excusas.
—No las admito —dijo . Lo que le había dicho no estaba bien, y no
podía solucionarlo.
—Pues no las admitas. He estado aguardando en el parking para poder ver si
Donnelly se marchaba…
—Vaya, un hostigador al acecho, ¿no? Podías haberme mandado un mensaje,
y de esta manera podría haberte ignorado. Prefiero eso, de veras.
—Lo que te dije… es cierto. Debería haberlo expresado mejor, mas era
cierto.

—Muy bien. No se te da bien charlar inglés. No me importa. Ya puedes
irte. Cuando comenzó a cerrar, posó la mano en la puerta y la detuvo.
—Vas a oír —gruñó , y dio un paso adelante a fin de que tuviera
que inclinar la cabeza cara atrás si deseaba mirarlo a la cara.
Jina no lo hizo. Prosiguió mirando cara delante, a su pecho. Él estaba tan
cerca que apreciaba el calor que irradiaba su cuerpo, sentía su furia y su
frustración. Le latía el pulso como a martillazos en la base del cuello.
Él aguardó y, al ver que no afirmaba nada, tomó aire y soltó una exhalación.
—He omitido una información esencial —dijo.
—¿Que eres gilipollas? Eso ya lo sabía.
Ella no era capaz de dominarse y ser de nuevo una persona con buena
educación. Jamás se había sentido tan airada y humillada y, sí, también
dolida, y odiaba sentirse de esta manera, odiaba ser tan frágil ante él, y lo
odiaba pues lo sabía.
—Es mutuo —le afirmó Levi, con la voz muy grave, en tono de ira—. Tienes
que saberlo. Es mutuo.


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