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San Manuel Bueno, mártir – Miguel de Unamuno

Genero: Aventura

 Sinopsis del libro 

Valdés, Mario (Preparador) Obra maestra de Miguel de Unamuno, considerada como su testamento espiritual. La Novela muestra un espacio no descriptivo en el que se asientan los símbolos clave de la dialéctica entre fe y duda,

el lago, la montaña, la nieve, la villa sumergida, etc. Manuel San Manuel Bueno mártir pdf asume esta lucha y se convierte en mártir en tanto toma sobre sí la duda y la sufre por toda la comunidad que sumida en el engaño, avanza cohesionada por esa supuesta verdad no cuestionada

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Ficha técnica del libro

  • Título: San Manuel Bueno, mártir
    Autores: Miguel de Unamuno
    Tamaño: 0.18MB
    Nº de páginas: 690
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Con aquella su constante actividad, con aquel mezclarse en las tareas y las diversiones de todos, parecía querer huir de sí mismo,
querer huir de su soledad. “Le temo a la soledad”, repetía. Mas, aun así, de vez en cuando se iba solo, orilla del lago, a las ruinas de
aquella vieja abadía donde aún parecen reposar las almas de los piadosos cistercienses a quienes ha sepultado en el olvido la Historia.
Allí está la celda del llamado Padre Capitán, y en sus paredes se dice que aún quedan señales de la gota de sangre con que las salpicó al
mortificarse. ¿Qué pensaría allí nuestro Don Manuel? Lo que sí recuerdo es que como una vez, hablando de la abadía, le preguntase yo

cómo era que no se le había ocurrido ir al claustro, me contestó:
—No es sobre todo porque tenga, como tengo, ni hermana viuda y mis sobrinos a quienes sostener, que Dios ayuda a sus pobres,
sino porque yo no nací para ermitaño, para anacoreta; la soledad me mataría el alma, y en cuanto a un monasterio, mi monasterio es
Valverde de Lucerna. Yo no debo vivir solo; yo no debo morir solo. Debo vivir para mi pueblo, morir para mi pueblo. ¿Cómo voy a
salvar mi alma si no salvo la de mi pueblo?
—Pero es que ha habido santos ermitaños, solitarios… —le dije.
—Sí, a ellos les dio el Señor la gracia de soledad que a mí me ha negado, y tengo que resignarme. Yo no puedo perder a mi pueblo
para ganarme el alma. Así me ha hecho Dios. Yo no podría soportar las tentaciones del desierto. Yo no podría llevar solo la cruz del
nacimiento.
He querido con estos recuerdos, de los que vive mi fe, retratar a nuestro Don Manuel tal como era cuando yo, mocita de cerca de
dieciséis años, volví del Colegio de Religiosas de Renada a nuestro monasterio de Valverde de Lucerna. Y volví a ponerme a los pies de
su abad.
—¡Hola, la hija de la Simona —me dijo en cuanto me vio—, y hecha ya toda una moza, y sabiendo francés, y bordar y tocar el
piano y qué sé yo qué más! Ahora a prepararte para darnos otra familia. Y tu hermano Lázaro, ¿cuándo vuelve? Sigue en el Nuevo
Mundo, ¿no es así?
—Sí, señor, sigue en América…
—¡El Nuevo Mundo! Y nosotros en el Viejo. Pues bueno, cuando le escribas, dile de mi parte, de parte del cura, que estoy deseando
saber cuándo vuelve del Nuevo Mundo a este Viejo, trayéndonos las novedades de por allá. Y dile que encontrará al lago y a la montaña
como les dejó.
Cuando me fui a confesar con él mi turbación era tanta que no acertaba a articular palabra. Recé el “yo pecadora” balbuciendo, casi
sollozando. Y él, que lo observó, me dijo:
—Pero ¿qué te pasa, corderilla? ¿De qué o de quién tienes miedo? Porque tú no tiemblas ahora al peso de tus pecados ni por temor
de Dios, no; tú tiemblas de mí, ¿no es eso?
Me eché a llorar.
—Pero ¿qué es lo que te han dicho de mí? ¿Qué leyendas son esas? ¿Acaso tu madre? Vamos, vamos, cálmate y haz cuenta que
estás hablando con tu hermano…
Me animé y empecé a confiarle mis inquietudes, mis dudas, mis tristezas.
—¡Bah, bah, bah! ¿Y dónde has leído eso, marisabidilla? Todo eso es literatura. No te des demasiado a ella, ni siquiera a santa
Teresa. Y si quieres distraerte, lee el Bertoldo, que leía tu padre.
Salí de aquella mi primera confesión con el santo hombre profundamente consolada. Y aquel mi temor primero, aquel más que San Manuel Bueno martir epub
respeto miedo, con que me acerqué a él, trocóse en una lástima profunda. Era yo entonces una mocita, una niña casi; pero empezaba a

ser mujer, sentía en mis entrañas el jugo de la maternidad, y al encontrarme en el confesonario junto al santo varón, sentí como una
callada confesión suya en el susurro sumiso de su voz y recordé cómo cuando al clamar él en la iglesia las palabras de Jesucristo: “¡Dios
mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”, su madre, la de Don Manuel, respondió desde el suelo: “¡Hijo mío!”, y oí este grito que
desgarraba la quietud del templo. Y volví a confesarme con él para consolarle.
Una vez que en el confesonario le expuse una de aquellas dudas, me contestó:
—A eso, ya sabes, lo del catecismo: “Eso no me lo preguntéis a mí, que soy ignorante; doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os

sabrán responder”.
—¡Pero si el doctor aquí es usted, Don Manuel…!
—¿Yo, yo doctor?, ¿doctor yo? ¡Ni por pienso! Yo, doctorcilla, no soy más que un pobre cura de aldea. Y esas preguntas, ¿sabes
quién te las insinúa, quién te las dirige? Pues… ¡el Demonio!
Y entonces, envalentonándome, le espeté a boca de jarro:
—¿Y si se las dirigiese a usted, Don Manuel?

—¿A quién?, ¿a mí? ¿Y el Demonio? No nos conocemos, hija, no nos conocemos.
—¿Y si se las dirigiera?
—No le haría caso. Y basta, ¿eh?, despachemos, que me están esperando unos enfermos de verdad.
Me retiré, pensando, no sé por qué, que nuestro Don Manuel, tan afamado curandero de endemoniados, no creía en el Demonio. Y
al irme hacia mi casa topé con Blasillo el bobo, que acaso rondaba el templo, y que al verme, para agasajarme con sus habilidades,
repitió —¡y de qué modo!— lo de “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”. Llegué a casa acongojadísima y me encerré
en mi cuarto para llorar, hasta que llegó mi madre.
—Me parece, Angelita, con tantas confesiones, que tú te me vas a ir monja.
—No lo tema, madre —le contesté—, pues tengo harto que hacer aquí, en el pueblo, que es mi convento.
—Hasta que te cases.

—No pienso en ello —le repliqué.
Y otra vez que me encontré con Don Manuel, le pregunté, mirándole derechamente a los ojos:
—¿Es que hay infierno, Don Manuel?
Y él, sin inmutarse:
—¿Para ti, hija? No.
—¿Para los otros, le hay?
—¿Y a ti qué te importa, si no has de ir a él?


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