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Seremos recuerdos

 Sinopsis del libro 

Macarena ha conseguido poner su vida y su trabajo en orden.
Macarena cree que Candela es la ayudante que necesita.
Macarena empieza de nuevo.
Leo sigue presente… como amigo.
Y mientras Macarena vuela…
Jimena se obsesiona con el pasado de Samuel,
Adriana no puede seguir luchando contra ella misma.
Porque las canciones que fuimos se convierten en pasado.
Porque los recuerdos que seremos son el futuro.

Elísabet Benavent, @BetaCoqueta, con más de 1.000.000 de ejemplares vendidos de su obra, pone el broche de oro a Canciones y recuerdos, una bilogía que reivindica el amor sin prejuicios externos, sin complejos internos. Seremos recuerdos pdf habla de lo que sucede cuando nos damos cuenta de que lo que fuimos no afecta a lo que seremos. Una historia llena de risas, llantos, letras y melodías…

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Seremos recuerdos (Canciones y recuerdos 2) (Spanish Edition)
    Autores: Elísabet Benavent
    Tamaño: 0.61MB
    Nº de páginas: 579
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Miré a Raquel con cara de cordero degollado, pero ella dibujó una sonrisa.
—La culpa es tuya, por no tener amigos normales.
—La normalidad es aburrida.
—Aburrida y mediocre —añadió Leo—. Entonces, ¿lo acosaste?
—Hasta que no pudo hacer otra cosa que enamorarse de mí. —Jime miró a
Samuel con una sonrisa radiante—. ¿Verdad?
—¿Quién puede resistirse a una loca que se desnuda sin permiso y habla sobre
si su amante muerto verá con buenos ojos que se vuelva a enamorar?
—Te entendemos; lo tenías complicado —le apoyó Adri con una sonrisa.
—¿Y vosotros? —respondió Samuel señalando a Leo y Raquel.
—Nosotros nos conocimos en una charla en la facultad en la que trabajo.
—¿Y tú eres…? —Samuel frunció el ceño, como si no terminara de ubicar la
relación que tenían con el resto del grupo.
—Soy su ex. —Leo me señaló—. Y ella su colega.

—¿Los presentaste tú?
Miré a Jimena; se suponía que tenía que preocuparse por hacerle entender a su
novio lo intrincado de los hilos que nos unían a unos y a otros. Seguro que, en
lugar de ello, había invertido el tiempo en comerle la boca… o algo más abajo.
—No. Esto es cosa de la casualidad —contesté por ellos.
—Pues qué casualidad más puta. —Le escuché musitar, de manera que solo
yo me enteré de sus palabras.

Cruzamos una mirada y dibujó una mueca. Después de aquello, Samuel pasó a
formar parte de la lista de mis personas preferidas del mundo.
El camarero se acercó a la mesa y, sin mediar palabra, se inclinó para besarme
la mejilla y felicitarme.
—¿Qué tal sientan esos treinta, Macarenita?
—Igual que los veintinueve y sospecho que exactamente idénticos que los
treinta y uno. El año que viene te confirmo.

—Para beber…, ¿os pongo unas botellitas de vino blanco? Dos por lo menos,
¿no?
—Venga —dijo Jimena, con la carta abierta—. El que tú quieras… por debajo
de los quince euros, por supuesto. Somos millennials…, lo que viene a significar
pobres como ratas.
—Veré qué puedo hacer con ese presupuesto —rumió—. ¿Tenéis claro qué
pedir?
Lo miré desvalida.
—¿Y si lo eliges tú? Con Jimena sentada en esta mesa no creo que nos
pongamos de acuerdo nunca.
—Dos de croquetitas, dos de huevos de corral con jamón, dos de lágrimas de
pollo y dos de…

—Déjalo ahí —le pidió Jimena—. Si nos quedamos con hambre te
avisamos… o nos montamos una orgía y nos comemos entre nosotros. —Se
quedó mirando a su chico y sonrió—. Pero ¡¡qué cosita más rancia y más guapa,
madre!!
Samuel miró alrededor bastante consternado; en sus ojos brillaba un «trágame
tierra» que dejaba bastante claro que no estaba habituado a compartir las salidas
de tiesto de Jimena con el resto del público.
—Estamos acostumbrados, tranquilo —le aclaramos.
—Yo no.

Todos nos echamos a reír, incluida Candela, que no soltaba prenda. Y
Adriana, que tenía, como los camaleones, un ojo puesto en la situación y otro en
la pantalla de su móvil.
Cuando el camarero se marchó con todas las cartas nos quedamos sin excusa
para el silencio, de modo que todos se vieron obligados a charlar. Todos excepto
yo. Pronto me envolvió un humo de conversaciones viajando en todas
direcciones, que chocaban contra mis oídos, mi boca o mis ojos, sin conseguir
que me centrara en algo lo suficiente como para salir de mi mutismo y dejar de
pensar en la camisa blanca. Maldita camisa blanca.
Hay prendas y prendas, me dije; no era culpa mía. Aquel Leo, ese que estaba
sentado a la mesa, no tenía nada que ver con el Leo de antaño, con el que me
volvía tan loca como para vivir constantemente dando saltos entre la pasión más
desmedida y el odio más visceral. Era otro chico, uno al que estaba conociendo
de nuevo, que tenía mucho que contar y del que tenía mucho que aprender, pero
que compartía cuerpo con el anterior.

Imagen. Fotografía del pasado. Y a ese
cuerpo las camisas blancas siempre le quedaron demasiado bien. «Ay, la camisa
blanca… es una prenda poderosa, que te hace hipersexual, superpoderoso,
inmune a los defectos humanos más cotidianos para los ojos de quien se
entretuvo en desabrocharla despacio en el pasado y que ahora no tiene acceso ni
a acariciar tu antebrazo».
Escalé con la mirada su cuello, su piel canela y barrí con pestañeos la barba de
tres días que cubría su mentón. Su boca se movía jugosa; nunca tuvo los labios
gruesos, pero daba unos besos de muerte…
—¿Verdad?
De los siete invitados cuatro de ellos me estaban mirando, pero no tenía ni
idea de lo que me habían preguntado.
—¿Eh? —Levanté las cejas.

—Tu cita —me recordó Leo—. Le decía a Samuel que has estado
preparándote duro para esta noche.
—¿Te ha contado ya lo de la cagalera? —pregunté.
La mesa al completo estalló en carcajadas.
—Soy discreto —se excusó Leo mirándome—. Hay cierta información que
entiendo que quedará entre los dos.
Y supuse que, además del apretón que me obligó a salir corriendo en mi
primera cita con el Doctor Amor, se refería a la charla que me llevó al orgasmo
en mi sofá, con medio Madrid entre nosotros.
—Estoy oxidada con esto de las citas —dije tras un carraspeo—. ¿Quién
mejor que tu ex para aconsejarte qué cosas NO hacer?
—Qué buen rollo. —Samuel jugó con el pie de su copa y me lanzó una mirada
—. Es una suerte tener esa relación con tu expareja, ¿no?
—Lo nuestro nos ha costado.

Me pareció que los inteligentes ojos de Samuel entendían que aquel no era el
mejor tema para aquella cena porque frotó su barba, se reclinó en su silla y,
después de lanzar el brazo alrededor de Jimena, añadió:
—Será mejor que no intentes evitar el tema de la cagalera. Ya ha sido puesto
encima de la mesa y no hay manera de quitárnoslo de la cabeza.
—¿Cómo he podido dudar durante un segundo que el tema de la caca no iba a
monopolizar la conversación?
Todos estallamos en risas y dejé que Jimena contase la historia como si ella
hubiera estado presente. En lugar de desaparecer de la mesa con cualquier
excusa que me evitase la vergüenza de escuchar la historieta otra vez, miré a
Leo. Él también me miraba.
—¿Nerviosa? —me preguntó.

Miré a Raquel, que atendía a la historia con una sonrisa de oreja a oreja y la
mano encima de la rodilla de Leo, que sobresalía sobre la mesa por la postura en
la que estaba sentado.
—Un poco.
—Irá bien. Por lo que cuentas, ese chico tiene muchas ganas de verte también.
—Es solo sexo —dije sin saber muy bien por qué.
El lenguaje corporal no miente, Leo se sintió de pronto incómodo por mi
contestación.
—Bueno…, déjate fluir.
—¿Qué hago si quiere que vayamos a su casa?
Leo se frotó la barba, desviando la mirada y cogiendo aire.
—Hay un hotelito en la calle Fuencarral que sale bien de precio —sentenció
evitando mi mirada.


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