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Todas las posibilidades – Nora Roberts

Todas las posibilidades  epub

Todas las posibilidades Sinopsis

Creativa, inteligente, poco convencional… Shelby Campbell no se parecía a ninguna mujer que el senador Alan MacGregor hubiera conocido. Antes de que pudiera darse cuenta, el ambicioso político se había enamorado de ella y estaba dispuesto a conseguir que fuera suya, y eso incluía vencer la resistencia de su familia. Sin embargo, una tragedia en el pasado de Shelby era lo que realmente se interponía en el camino a su felicidad.


Ficha técnica

Título: Todas las Posibilidades
Autores: Nora Roberts
Serie: III de Los MacGregor
Nº de páginas: 789
Idioma: Español
OS: iOs, Android, Windows
Servidores: Google drive, 1Fichier, Zippyshare, y Onedrive


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De repente llegó hasta ellos, a través de una ventana abierta, una voz
enérgica y autoritaria:
–Puede que Nadonley haya puesto a prueba las relaciones entre
Estados Unidos e Israel, pero con su actual política no se está ganando
muchos amigos.
–Y su imagen anticuada y de tan poco gusto no le favorece nada.
–Típico –murmuró Shelby, frunciendo el ceño–. La ropa y la imagen
exterior tienen en política tanto peso como las ideas…, probablemente
incluso más. Si llevas traje oscuro y camisa blanca eres un conservador.
Y el suéter de cachemir y los mocasines definen al liberal.
Alan ya había oído ese tipo de comentarios sobre su profesión y
siempre los había ignorado. Pero en esa ocasión no pudo evitar sentirse
molesto.

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–Tienes una ligera tendencia a simplificar demasiado las cosas, ¿no te
parece?
–Solo con aquello que me agota la paciencia –reconoció,
despreocupada–. La política siempre ha sido un engorroso
subproducto de la sociedad, ya desde que Moisés discutía con el
faraón.
Alan sonrió de nuevo. Pero Shelby no lo conocía lo suficiente como
para darse cuenta de que, en realidad, era una sonrisa de desafío.
–Así que desprecias a los políticos.

–Es una de las pocas generalizaciones que suelo hacer. Siempre he
encontrado particularmente terrible que un puñado de hombres
puedan tener el mundo en sus manos. De modo que… –encogiéndose
de hombros, hizo a un lado su plato– he adquirido la costumbre de
fingir que realmente puedo ejercer un control sobre mi propio destino
–se inclinó hacia él, admirando sus rasgos iluminados por la luna, y se
vio asaltada por la tentación de dibujar con un dedo sus contornos–.
¿Quieres que volvamos?
–No –Alan dejó que su pulgar trazara lentos círculos sobre la muñeca
de Shelby. Podía sentir la rápida aceleración de su pulso–. La verdad es
que no había tomado conciencia de lo mucho que me estaba
aburriendo hasta que salí a la terraza contigo.
–Ese es el mejor de los cumplidos –sonrió Shelby con expresión
radiante–. Tu familia no es irlandesa, ¿verdad?
Alan negó con la cabeza, sin poder evitar preguntarse a qué sabrían
aquellos pequeños labios de aspecto tan delicioso.
–Escocesa.

–Dios mío, la mía también –un estremecimiento le recorrió la piel–.
Estoy empezando a creer en el destino. Y ese es un concepto con el que
nunca me había sentido cómoda.
–¿Tienes acaso miedo de no poder controlar tu propio destino? –
cediendo a un extraño impulso, se llevó la mano de Shelby a los labios.
–Prefiero sentarme a observar, adoptar una actitud pasiva. Es el
sentido práctico de los Campbell.
En esa ocasión fue Alan quien se echó a reír, divertido.
–Por las viejas rencillas –pronunció, alzando el vaso para brindar–.
Indudablemente nuestros antepasados debieron de destrozarse unos a
otros en medio del atronador sonido de las gaitas. Yo soy del clan
MacGregor.

–Mi abuelo –sonrió Shelby– me habría puesto a pan y agua de
haberme visto hablando contigo. Un maldito y condenado
MacGregor… –pero, a continuación, añadió en voz baja y seria–. Alan
MacGregor… senador por Massachusetts.
–Culpable.
–Una pena –sonrió mientras se levantaba.
Pero Alan no renunció a soltarle la mano, y se levantó también.
–¿A qué viene esto? –le preguntó.
–Sí, desde luego que me habría granjeado la furia de mi abuelo. Yo no
salgo con políticos.
–¿De verdad? –Alan bajó la mirada hasta sus labios–. ¿Es esa una de
las reglas de Shelby?
–Sí. Una de las pocas que tiene.

Su boca era maravillosamente tentadora, pero el brillo pícaro que vio
en sus ojos era todo un desafío. En lugar de retroceder, se llevó su mano
a los labios y le besó la muñeca, sin dejar de mirarla.
–Lo mejor de las reglas –pronunció, repitiendo la frase que ella misma
había formulado antes– es la infinita variedad de formas que hay de
romperlas.
–Me estás haciendo probar mi propia medicina –murmuró Shelby
mientras retiraba la mano. Aquello era ridículo. Era ridículo sentirse tan
conmovida por un gesto de una galantería tan anticuada. Pero había
una expresión en aquellos ojos castaños que le decía que lo había
hecho tanto por complacerla a ella como a sí mismo–. Bueno, senador –
añadió, con voz ya más firme–, ha estado bien. Tengo que volver
dentro.


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