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Una educacion

Una educacion  pdf
Genero: Juvenil

Una educacion Sinopsis

Cómo una educación puede salvar una vida

Uno de los libros más importantes del año según The New York Times, la BBC, el Daily Express,el Library Journal y Entertainment Weekly, y en las listas de más vendidos.

«Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición. Yo lo llamo una educación.»

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Nacida en las montañas de Idaho, Tara Westover ha crecido en armonía con una naturaleza grandiosa y doblegada a las leyes que establece su padre, un mormón fundamentalista convencido de que el final del mundo es inminente. Ni Tara ni sus hermanos van a la escuela o acuden al médico cuando enferman. Todos trabajan con el padre, y su madre es curandera y única partera de la zona.

Tara tiene un talento: el canto, y una obsesión: saber. Pone por primera vez los pies en un aula a los diecisiete años: no sabe que ha habido dos guerras mundiales, pero tampoco la fecha exacta de su nacimiento (no tiene documentos). Pronto descubre que la educación es la única vía para huir de su hogar. A pesar de empezar de cero, reúne las fuerzas necesarias para preparar el examen de ingreso a la universidad, cruzar el océano y graduarse en Cambridge, aunque para ello deba romper los lazos con su familia.

Westover ha escrito una historia extraordinaria -su propia historia-, una formidable epopeya, desgarradora e inspiradora, sobre la posibilidad de ver la vida a través de otros ojos, y de cambiar, que se ha convertido en un resonante éxito editorial.


Ficha técnica

Título: Una educación
Autores: Tara Westover
Tamaño: 1.64MB
Nº de páginas: 790
Idioma: Español
OS: iOs, Android, Windows
Servidores: Google drive, 1Fichier, Zippyshare, y Onedrive


Descargar libro Gratis Una educacion – Tara Westover

No lejos de aquí vive una familia que lucha por la libertad —añadió—.
No quieren que el Gobierno lave el cerebro a sus hijos en las escuelas
públicas, y por eso los federales han ido a por ellos. —Mi padre soltó una
exhalación larga y lenta—. Los federales han rodeado la cabaña, los tienen
acorralados desde hace semanas, y cuando un niño hambriento, un chiquillo,
salió a escondidas para ir a cazar, lo mataron a tiros.
Miré a mis hermanos. Por primera vez percibí miedo en el rostro de Luke.
—Siguen en la cabaña —continuó papá—. Tienen las luces apagadas y
andan a gatas, sin acercarse a las puertas ni a las ventanas. No sé cuánta
comida les queda. Es posible que se mueran de hambre antes de que los
federales desistan.

Nadie dijo nada. Al final, Luke, que tenía doce años, preguntó si podíamos
echarles una mano.
—No —respondió papá—. Nadie puede ayudarlos. Están atrapados en su
propia casa. De todos modos, tienen armas; seguro que por eso no han
entrado los federales.
Se interrumpió para sentarse y se replegó sobre el banco de asiento bajo
con movimientos lentos y rígidos. Lo vi envejecido, agotado.

—No podemos echarles una mano, pero podemos ayudarnos a nosotros
mismos. Cuando los federales vengan a Buck’s Peak, estaremos preparados.
Esa noche subió del sótano un montón de macutos viejos del ejército. Dijo
que eran nuestras mochilas

«de huida a las montañas». Pasamos la noche
llenándolas de provisiones: medicamentos herbales, purificadores de agua,
eslabón y pedernal. Mi padre había comprado una gran cantidad de raciones
de comida preparada del ejército, y embutimos tantas como pudimos en los
macutos imaginando el momento en que, después de escapar de casa, nos las
zamparíamos escondidos entre los ciruelos silvestres que crecían cerca del
río. Algunos de mis hermanos metieron un arma en la mochila; yo, en
cambio, solo tenía un cuchillo pequeño, pese a lo cual mi mochila acabó
siendo tan grande como yo. Pedí a Luke que me la subiera a un estante del
armario, pero papá me ordenó tenerla a mano, de modo que dormí con ella en
la cama.

Me la colgaba a la espalda y corría para practicar, pues no quería quedarme
rezagada. Imaginaba la huida, una fuga a medianoche hacia la protección de
la Princesa. Deduje que la montaña era nuestra aliada. Se mostraba
bondadosa con aquellos a quienes conocía, y traicionera con los intrusos, lo
cual nos concedía una ventaja. Por otra parte, no entendía por qué
preparábamos conservas de melocotón si íbamos a refugiarnos en la montaña
cuando llegaran los federales. Nos resultaría imposible acarrear hasta el pico
un millar de tarros, con lo que pesaban. ¿O acaso necesitábamos la fruta para
atrincherarnos en casa, como los Weaver, y resolver el asunto a tiros?
Lo de los tiros parecía probable, sobre todo cuando unos días después papá
llegó a casa con más de una docena de fusiles y carabinas excedentes del
ejército, en su mayoría SKS, con la fina bayoneta plateada plegada
pulcramente bajo el cañón. Las armas llegaron dentro de cajas estrechas de
estaño y estaban cubiertas de Cosmoline, una sustancia pardusca con la
consistencia del sebo que evitaba la oxidación y que había que retirar.

Una
vez limpias, mi hermano Tyler eligió un fusil y lo depositó sobre un plástico
negro, lo envolvió con él y lo selló con un montón de cinta americana gris.


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Comentarios (2)

Hola ¿como lo descargo?

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donde dice descargar , cualquier libro que este caido los resubo gracias!!

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