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Una maldita historia

Genero: Aventura

 Sinopsis del libro 

Lluvia, viento huracanado y un ferri que, en mitad de una noche gélida en el océano Pacífico, se bambolea a merced de las olas. Ajenos al temporal, dos adolescentes, Henry y Naomi, se pelean en cubierta. Al día siguiente, el oleaje arrastra el cuerpo inerte de ella atrapado entre redes de pesca. Henry tiene dieciséis años, y la burbuja sobreprotectora en la que ha crecido está a punto de estallar, provocando un giro radical en su vida y en el lugar en el que reside desde siempre, Glass Island. Situada frente a la costa de Seattle, esta isla azotada por las tempestades, cubierta por la bruma durante todo el año y accesible sólo por ferri, es un paraje en el que todo el mundo se conoce y muy pocas cosas pasan. O así lo creía Henry hasta ahora. Principal sospechoso del asesinato de su novia, Henry tiene que de demostrar su inocencia, sin saber que desde hace mucho tiempo algunas personas observan y diseccionan su vida.

El reloj corre en su contra, así que, ayudado por sus fieles amigos, empieza a investigar la muerte de Naomi… y acaba descubriendo los secretos más oscuros e inimaginables de los habitantes de Glass Island. Una intriga perfectamente hilvanada que combina amor y temor, ruido y furia, y en la que Bernard Minier pone al descubierto el impacto de las nuevas tecnologías en las generaciones más jóvenes. Con una trama cargada de tensión y giros inesperados que nos hielan la sangre, Una maldita historia no deja de sorprendernos y sobresaltarnos de principio a fin. Maestro del thriller y as del suspense, Minier nos mantiene en vilo hasta la última página y firma una novela tan aterradora, potente y palpitante como lo mejor de Stephen King.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Una maldita historia
    Genero: Aventura

    Tamaño: 2.33MB
    Nº de páginas: 538
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive

  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro de Una maldita historia – Bernard Minier
en pdf o epub Gratis

En ese momento, un rayo tremendo nos sobresaltó a todos y, ante nuestras
miradas atónitas, se abatió sobre un árbol viejo situado al otro extremo del
campo de béisbol y lo partió en dos. Se oyó más de un grito. Estoy seguro de
que algunos lo interpretaron como una señal. Sin embargo, yo ya estaba
pendiente de otra cosa. El individuo alto vestido de negro, el que parecía una
estatua de la isla de Pascua, se encontraba un poco más lejos, cerca de su
Crown Victoria… Y no miraba el árbol viejo: me observaba a mí.
—Así que aquí es donde os reunís —dijo Shane.
Luego entró en la tienda. Ya había estado allí, por supuesto, de día, pero
aun así lo miraba todo con una ligera sonrisa en los labios, como si la
descubriera por primera vez. Dio una vuelta por el local, aspirando los
aromas del colmado, se detuvo delante de la sección de los M&M, de los Kit
Kat, de los Milk Duds, de los Bazooka y los Skittles, abrió una caja de
Twinkies y cogió dos antes de encaminarse a las mesas del fondo.
—Es un sitio agradable para pasar las veladas.
Se sentó, rasgó el envoltorio y se llevó un Twinkie a la boca. Lo oímos
masticar. Charlie guardó silencio. Yo tomé un trago de Coca-Cola y noté su
burbujeo en la lengua.

—Tengo que deciros una cosa —comencé, a la débil luz de las vitrinas de
cerveza y refrescos que nos teñían el rostro con colores apagados—. En el
vídeo aparecía Naomi…
—¡¿Qué?!
La exclamación de incredulidad provenía de Kayla. Dejó la lata de bebida
en la mesa. Incluso en la penumbra, podía ver el escepticismo en sus ojos.
—¿Estás seguro? Si no lo entendí mal, todos los participantes llevaban
máscara…
—Créeme, Kayla. No tuve necesidad de verle la cara para saber que era
ella.
Kayla no añadió nada. Había adoptado, sin embargo, una expresión torva y
recelosa. Estuvimos un momento sin decir nada. Las imágenes del vídeo
seguían abrasándome el cerebro. Luego Shane abrió la boca.
—Yo también… Hay algo que no te he dicho, Henry… —Dudó un instante
—. A propósito de ese vídeo.

Lo miramos fijamente a través de la penumbra y él se pasó la mano por el
pelo.—
¡Mierda! —Dio un puñetazo en la mesa—. Bueno, más vale que lo
sepáis. Yo también participé en esas… veladas. Una o dos veces… Y después
mandé a paseo a todos esos chalados y vejestorios…
—¿Que hiciste qué?
—Me ofrecieron pasta —se justificó—. Mucha. Bueno, bastante…
Volví a pensar en la amistad que unía a Shane y Naomi.
—¿Ella estaba presente cuando tú…?
—¡No! ¡No, te lo juro, nunca! ¡Nunca la vi allí!
—¿Cómo empezó la cosa?
—Por la farmacéutica —respondió.
—A ver, explícate.
—Fue ella la que me hizo proposiciones.
Por un instante, dudé si serían invenciones suyas. La farmacéutica era la
mujer madura con la que fantaseaban todos los chicos del instituto. Era muy
guapa, de cuarenta y pocos años, con un cuerpo escultural. Y tal como había
dicho Charlie una vez: «Tiene unos ojos que huelen a sexo.»
—¿Proposiciones? ¿Qué clase de proposiciones?
—En el ferri, un día de mayo o junio, vino, digamos, a ligar conmigo, te lo
juro… Yo había decidido saltarme la clase de educación física… Era media
tarde y el ferri estaba casi vacío.

Nos dirigió una sonrisa juvenil que le quitó al menos cinco años.
—Se acercó y se acodó a mi lado, en la cubierta de arriba. Me preguntó
cómo estaba mi madre —la madre de Shane tenía esclerosis múltiple— y qué
tal me iba en el instituto. Ese día estaba muy morena y guapísima… Sonreía y
yo le veía la tira del sujetador, porque se le había bajado el hombro de la
blusa… Charlábamos, pero había algo más. Estaba coqueteando claramente,
sí. Antes de irse, me dio su número de teléfono. Me dijo que la llamara si
necesitaba cualquier cosa, incluso dijo que esperaba que la llamara, y cuando
lo dijo me apoyó uno de los pechos en el brazo.
—¿Cuándo fue eso?
—Hará unos seis meses…
—¡Joder, tienes dieciséis años y ella cuarenta! —exclamé.
—Sí, sí, ya lo sé… Eso es lo curioso. Como he dicho, estaba muy morena
y como un tren… ¡Se le veía la mitad de las tetas, hostia!
—¿Y qué hiciste? —preguntó Charlie, con voz temblorosa.
—¿Vosotros qué creéis? Pues la llamé.
—¿Os… os acostasteis?
—Sí. Sí. Follamos. Pero no al principio. Al principio hablábamos y
paseábamos por el bosque… O nos íbamos con el coche y aparcábamos en
algún sitio y nos sentábamos al sol en alguna playa. A veces ella llevaba
cerveza fría en una nevera y bocadillos.

Era agradable…
—¿Y cómo… cómo ocurrió? —preguntó Charlie con voz casi
estrangulada.
—¿Te refieres al asunto? Bueno, como de costumbre. Un día la cogí y la
besé. Ella estaba esperándolo. ¡Joder, tíos, follarse a esa zorra era como ganar
el premio gordo! Perdona, Kayla, pero es la verdad.


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