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Una musa de fuego

Genero: Terror

 Sinopsis del libro 

Una mujer joven con un poder peligroso que apenas comprende. Un contrabandista con secretos propios. Un país dividido entre un ejército

colonial despiadado, un Una musa de fuego pdf tirano aterrador y un líder rebelde temido. El primer libro en una nueva trilogía de Heidi Heilig.

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La familia de Jetta es famosa por ser el grupo de jugadores en la sombra más talentosos de la tierra. Con Jetta detrás de la malla, sus títeres parecen moverse sin cuerda o palo, un secreto comercial, dicen. En verdad, Jetta puede ver las almas de los recién fallecidos y atarlos a las marionetas con su sangre. Pero las viejas formas están prohibidas desde que el ejército colonial conquistó su país, por lo que Jetta nunca debe mostrar, nunca decir. Su habilidad y fama son la forma en que su familia se ganó

un lugar a bordo del barco real a Aquitán, donde los juegos de sombras son la última rabia, y donde corre el rumor de que el Rey Loco tiene un manantial que cura sus males. Porque ver espíritus no es lo único que plaga a Jetta. Pero a medida que la rebelión cesa y cuando Jetta conoce a un joven contrabandista, enfrentará verdades y decisiones que nunca imaginó, y la seguridad nunca parecerá tan lejana.

Heidi Heilig crea un mundo inspirado en las culturas asiáticas y el colonialismo francés.


Ficha técnica del libro

  • Título: Una musa de fuego
    Autores: Heidi Heilig
    Tamaño: 3.54MB
    Nº de páginas: 437
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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En su voz, hay más calma que en mi interior. Pero él tiene la
bolsa de fruta en la mano izquierda y la mano derecha cerca del
arma.
Aunque está desarmada, la monja sonríe, con expresión
despreocupada.
—No te estaba preguntando a ti. —Se vuelve hacia mí, con ojos
negros e insondables—. Los muertos están en camino, lailee. Nos
has enviado muchos. ¿Nos ayudarás a bendecirlos?
Tengo la boca seca y me humedezco los labios.
—¿Qué muertos?
—Soldados, del campamento que está en las afueras de la
ciudad.
Leo frunce el ceño.
—¿De qué está hablando?
Ella no responde, ni siquiera lo mira. Yo abro la boca para
preguntarle, pero antes de que pueda hacerlo, llega su voz como

un susurro en mi oído, aunque sus labios no se mueven: Él no sabe lo
que eres, pero yo sí.
Me tambaleo hacia atrás y Leo me sostiene. Casi puedo sentir el
calor de su respiración en mi pelo. Pero la mujer no ha movido un
músculo. Y aunque Leo no pudo haberla oído, me mira con cara de
preocupación. ¿Me lo he imaginado? Me obligo a levantarme con
manos temblorosas. Entonces la noche se rompe con un grito.
Es la voz de mi madre, que me llama. ¿Está ella en problemas o
yo? Corro entre los escombros, y Leo me sigue. Saltamos sobre las
piedras y bajamos a toda velocidad la escalera mientras sus gritos
hacen eco desde el corazón del templo. Miro hacia atrás una vez,
no puedo evitarlo, pero la monja ha desaparecido.
¿Hay otros monjes abajo? ¿O rebeldes? ¿O una banda de
contrabandistas, ladrones o bandidos?
Pero en el vientre del templo no están más que la caravana y las
almas, y mi madre no puede verlas. Ella golpea la puerta trasera.
Con un peso en el corazón, levanto el pestillo y ella sale del interior,
furiosa.
—¿Dónde estabais? —grita—. ¿Qué estabais haciendo solos?
Lo que mi madre pregunta suena ridículo después del encuentro
con la monja, aunque no es tan absurdo como me gustaría. La
vergüenza del rechazo de Leo me cubre como un manto: quiero
arrojarlo a un lado junto a su acusación. Pero ella me conoce mejor,

o al menos, conoce mi malheur, y las prisas y las tentaciones que
trae. ¿Y qué puedo decirle? ¿Que estábamos robando fruta del
altar? ¿Que hemos conocido a una monja? ¿Que ella ha afirmado
conocer mis secretos?
En el silencio, Leo se endereza y se abrocha la chaqueta sobre su
pecho desnudo.
—Se lo aseguro —dice—. No pasó nada.
El recordatorio empeora todo, pero mi madre no responde. Su

enfado va disminuyendo mientras recorre la habitación con los ojos
y a la luz del farol observa conmocionada los dibujos labrados en
la pared. Entonces mi padre aparece justo detrás de ella y entiende
todo tras un segundo. Su mirada parece un rugido.
—¿Nos has Una musa de fuego epub traído a un templo?
—He sido yo —dice Leo rápidamente, pero la expresión de mi
padre no cambia. Agarra el farol.
—Entra al carro, Jetta. Meliss, tú también.
—Samrin…


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