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¿Verdad, engaño… O quimera? – Marisa Maverick

Genero: Terror

 Sinopsis del libro 

La vida de Diane no tuvo un buen principio, pues ya desde el vientre materno su futuro estaba sentenciado: ser abandonada a las pocas semanas de su nacimiento. A pesar de tan trágica circunstancia nunca le preocupó no saber quiénes eran sus progenitores ni el porqué de su abyecto proceder.

Peter, su marido, es un hombre de carácter tranquilo, ecuánime en sus juicios y de modales elegantes. Pero hoy, con temor e impotencia, ve que tanto ese aplomo como la estabilidad de su matrimonio son puestos a prueba por hechos nunca imaginados y por… ella.

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Esa mujer que vuelve a lanzar al aire la moneda de la necedad y la sensatez con la que apuesta, y juega, como en el pasado; salvo que ahora con mayor motivación.

Se avecinan tiempos convulsos para la pareja. El destino, cual frondoso y traicionero rosal, los abrazará entre sus espinosos tallos mientras los aturde con la gélida fragancia de una acerada rosa sin igual. Por ello…

¿Como afrontar tan perturbadora verdad?
¿ Y si tan solo se trata de un engaño?
¿O es mejor vivir en una quimera?

Como siempre y de forma acertada, Norbert les dará la clave:
Veritas filia temporis


Ficha técnica del  libro

  • Título: ¿Verdad, engaño… o quimera?
    Autores: Marisa Maverick
    Tamaño: 2.21MB
    Nº de páginas: 645
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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En la otra parte de la amplia habitación, Peter, sobre su mesa de planos,
trabajaba en un nuevo proyecto, aunque no por ello perdía de vista a Diane.
Esta, desde que regresaron de la escapada de fin de semana, escudriñaba a
su marido cuando él no se daba cuenta, o eso creía, en busca de alguna señal
que la pusiera sobre la pista de cuál sería su respuesta sobre el tema de la
adopción. Le había pedido que lo meditara bien y no tomara una decisión
hasta que visitaran el orfanato, y lo estaba cumpliendo a rajatabla, pues en los
tres días transcurridos ni él mencionó el asunto ni ella preguntó, a pesar de
que moría por hacerlo.
«La llamada», como ella la denominó, tuvo lugar al día siguiente de su
vuelta al apartamento. Con Peter a su lado para apoyarla moralmente, y
después de haber cogido y soltado el teléfono dos veces, marcó el número
que Norbert le había facilitado y mantuvieron una conversación corta, seca,
sin concesiones a nada que no fuera lo que ellos ya habían decidido: lugar y
acompañante.

Al término de esta, a Diane le quedó un regusto amargo. Su madre no se
sorprendió de que ella le mencionara a su hijo, y si no fue así, lo disimuló de
manera extraordinaria. Tampoco comentó el hecho de que le pidiera que la
acompañara para conocerlo, «es como hablar con un témpano de hielo», fue
la observación que le hizo a su marido al cortar la comunicación.
También les llamó la atención la poca prisa que pareció tener; si creían
que iba a correr para reunirse con su hija, se equivocaron; pues con la excusa
de unos compromisos contraídos, y que no podía cancelar, la reunión se
pospuso hasta el día en el que se encontraban: jueves.
Norbert les había entregado el informe del laboratorio de análisis clínicos
y genéticos, el resultado no dejaba lugar a dudas: eran madre e hija. Y ni con
los documentos en la mano pudo sentir algo que se pareciera, aunque fuera
remotamente, a un leve sentimiento que le calentara el corazón. Al contrario,
dejó atrás la indiferencia para dar paso a un enojo que le estaba costando
gestionar.

Justo terminaba de rellenar y enviar el último boletín del colegio cuando
le entró un correo de una compañera: Ginnys, la profesora de Santiago.
—Acabo de recibir las notas del nieto número cuatro —dijo mientras las
miraba.
—¿Y todo bien? ¿Peligra mi puesto de trabajo? —apostilló Peter con
humor, pues era conocido por todos el deseo del pequeño de ser arquitecto,
como su padre y su tío.
—Humm, pues de momento va fenomenal, incluso tiene una mención
especial. Así que ya puedes aplicarte —le bromeó, ganándose una mirada
irónica que le arrancó una carcajada.
Cerró el portátil y giró el asiento a él, cruzó las piernas y se dedicó a
contemplarlo a placer. La lámpara de brazo articulado, fijada en una esquina
de la mesa, esparcía una luz cálida con la que aún se apreciaba más rubio su
cabello, suelto, y la cuidada barba. Usaba gafas solo cuando trabajaba, la
montura era de un marrón muy oscuro, y le daba un aire sexi de profesor de
universidad. Le gustaba su forma de coger el lápiz, como si lo acariciara pero
firme. Ese símil la hizo sonreír, pues igual era en la intimidad: delicado y
temperamental, entregado a la par que demandante.

Parpadeó un par de veces, rápido, para salir de su ensoñación y siguió con
el análisis. Blusa blanca de lino con las mangas arremangadas en dos vueltas,
que dejaban ver su reloj Patek Philippe deportivo, en la muñeca izquierda, y
una ancha pulsera de cuero con adornos celtas de plata en la derecha, además
de la alianza de boda. Bajó la vista al pantalón vaquero, con zonas
estratégicamente desgastadas, y a su calzado: mocasines marrones de piel.
Iban vestidos casi iguales, solo les diferenciaba que el vaquero de ella era
gris, y no el clásico azul de él, y los botines negros de medio tacón. Suspiró y
afirmó con la cabeza.
—Peter…
—¿Sí? —inquirió mientras terminaba de trazar una línea recta, sin
distraerse.
—Estás buenísimo —declaró con los brazos cruzados sobre el pecho,
embobada con su imagen.


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